Recuerdo cuando conectarse implicaba ocupar la única línea telefónica de la casa. No había celulares ni notificaciones constantes, y navegar era casi un ritual doméstico: alguien avisaba que iba a conectarse, otro protestaba porque esperaba una llamada, y el tiempo en línea se administraba con cuidado. En ese contexto, la tecnología no llegó como distracción, sino como ampliación. Mis tareas escolares empezaron a combinar los libros del librero familiar con consultas digitales, y esa mezcla temprana de lo analógico y lo emergente marcó mi forma de aprender.

En la República Dominicana, lejos de vivirse como una amenaza, esa conectividad inicial se celebró como algo positivo. Fue una ventana al mundo en un país que, contra muchos prejuicios, adoptó temprano las tecnologías de comunicación con entusiasmo y curiosidad. No era una ruptura traumática, sino una oportunidad.

Como toda innovación significativa, ese cambio no estuvo exento de recelos. Siempre hubo voces que advertían sobre los peligros, sobre la necesidad de vigilar, controlar o limitar. Nunca me resultaron del todo convincentes. Con el tiempo entendí que no hablaban tanto de la tecnología en sí, sino del temor que despierta aquello que no se comprende del todo.

El mismo patrón se había repetido antes con la electricidad, con la radio, con la televisión, e incluso con expresiones culturales tan cotidianas como la música. Pasamos de los casetes a los CD, luego a los MP3, y hoy a plataformas y herramientas capaces de producir, recombinar y recomendar contenidos en tiempo real. Cada transición vino acompañada de advertencias similares: la pérdida de calidad, el fin de la creatividad, el deterioro del gusto, la amenaza a lo conocido. Cada avance parecía alterar equilibrios que hasta entonces se creían estables.

Esa intuición se volvió más clara años después, en 2008, durante un viaje a China. Sabía de antemano que ciertas plataformas que usaba con normalidad no estarían disponibles. Alguien me lo había explicado antes de llegar. No me sorprendió ni me incomodó especialmente. Estaba ocupado explorando el país, conociendo lugares, personas y culturas, consciente de que, al regresar, podría compartir fotos y recuerdos como siempre.

Aquella experiencia fue reveladora precisamente porque no fue dramática. No hubo sensación de encierro ni de frustración. La vida seguía fluyendo con normalidad. Lo que cambiaba no era la existencia de la tecnología, sino la lógica que la organizaba. Comprendí entonces que no existe una única forma de experimentar la conectividad, y que esta siempre está mediada por decisiones políticas, culturales e institucionales.

Volviendo a la República Dominicana, esa constatación me ayudó a reinterpretar muchas de aquellas advertencias tempranas. No eran necesariamente malintencionadas. En muchos casos eran expresiones de desconocimiento traducido en necesidad de control. Cuando una sociedad no termina de comprender una herramienta, tiende a regularla desde el miedo antes que desde la reflexión. El problema es que ese impulso suele adelantarse a la evidencia y, con frecuencia, genera más tensiones que soluciones.

Hoy, frente al desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, me reconozco en dos tiempos a la vez. Por un lado, sigo siendo el adolescente curioso que ve en la tecnología una oportunidad para aprender, crear y ampliar horizontes. Por otro, soy consciente de que este ciclo ya lo hemos vivido. Cambia el objeto, pero no la reacción. Se repiten las advertencias apresuradas, los llamados a prohibir, las exigencias de control inmediato, los discursos que oscilan entre la fascinación acrítica y el alarmismo.

La historia reciente muestra que el problema rara vez ha sido la tecnología en sí. El verdadero desafío ha estado en cómo se gobierna su incorporación a la vida social. Gobernar no significa suprimir ni dejar hacer sin reglas. Significa comprender antes de regular, observar antes de imponer, y reconocer que las decisiones tomadas desde el temor suelen tener consecuencias duraderas.

Aquí entra en juego un factor que a menudo se subestima: la educación. No como acumulación de información técnica, sino como formación de criterio. Ninguna regulación sustituye la capacidad de una sociedad para discernir, evaluar riesgos, distinguir evidencia de opinión y ejercer juicio propio. Sin ciudadanos con pensamiento crítico, toda innovación se percibe como amenaza o como promesa milagrosa, sin matices. Y en ambos extremos, el resultado suele ser el mismo: malas decisiones públicas.

En el ámbito tecnológico, esas consecuencias no siempre son visibles de inmediato. Se manifiestan con el tiempo, en la erosión de la confianza, en la fragmentación de los espacios comunes, en la pérdida de oportunidades que solo se advierten cuando ya no están. Regular desde el miedo puede ofrecer una sensación momentánea de control, pero rara vez construye capacidades duraderas.

Las lecciones aprendidas son claras. El acceso, por sí solo, no garantiza libertad. Pero el control excesivo tampoco garantiza seguridad. Entre ambos extremos existe un espacio complejo donde se juegan decisiones clave sobre educación, innovación, participación y desarrollo. Ese espacio requiere algo que no siempre abunda en momentos de cambio acelerado: paciencia institucional y criterio histórico.

Quizás por eso vale la pena mirar atrás antes de apresurarnos a dictar sentencias sobre el futuro. Quienes crecimos viendo llegar estas transformaciones a los hogares, quienes las usamos primero como herramientas de estudio antes que como entretenimiento, quienes hemos experimentado distintas formas de organización tecnológica en contextos diversos, sabemos que ningún cambio llega a un terreno vacío. Llega a sociedades con miedos, expectativas y estructuras previas.

La pregunta relevante no es si el cambio es peligroso. La pregunta es qué dice de nosotros la forma en que reaccionamos ante él. Cada generación enfrenta sus propias innovaciones disruptivas. Algunas las gobierna desde la confianza informada. Otras, desde el temor a perder control. La diferencia entre unas y otras no está en la sofisticación de la tecnología, sino en la madurez con la que se asume que el cambio es parte de la historia humana.

El miedo, casi siempre, llega primero. La tarea pendiente es decidir si dejamos que sea él quien gobierne.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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