Me encanta escuchar a las personas hablar bien, hacer buen uso del lenguaje. En varias oportunidades he escrito sobre esto, pero es que cuando me encuentro con personas que encantan al hablar soy repetitiva con el tema.
Hace mucho contaba que me gustaba hablar con un lenguaje común, utilizar términos que no son usados por personas con cierto nivel cultural, pero una de estas mañanas descubrí el porqué. Crecí en un hogar de maestros, en mi casa no se podían utilizar mal las palabras, ni tampoco usar motes. Mi papá no toleraba palabras dichas de manera incorrecta. Al instante corregía. Creo que eso me ha motivado a hablar como me dé la gana, es una forma de protesta tardía.
Luego de ese aprendizaje tuve que implementar el mismo método con mis hijos, algo que le trajo problemas a mi hijo mayor cuando en la primaria le tocó una maestra que decía, por ejemplo, "íbanos" y él bajito corregía "íbamos". La maestra se daba cuenta de que él estaba como un fiscalizador y ahí marcó su sentencia.
Los maestros nos cuidamos al hablar frente a los alumnos porque en la medida en que cometamos errores, ellos los cometerán. Somos sus referentes y si algunos no tienen muy buena dicción, entonces, en los hogares como en el que crecí, tenemos las reglas.
Yo disfruté de las mejores maestras en el Colegio Inmaculada de La Vega, la mayoría eran monjas españolas, pero las dominicanas no se quedaban atrás. Doña Elsa y Amantina Grullón, doña Bitín Despradel, doña Peggy Battle, doña Nelissa Nieto, doña Ramona Amorós, todas con una dicción envidiable.
El que me guste escuchar a las personas hablar con buen lenguaje no quita el que disfrute cómo hablan algunos cibaeños, con esa "i" bien "soná". Soy cibaeña, pero en La Vega no se habla con la "i".
Cuando mi hermana y yo vivíamos en una pensión de unos banilejos aquí en Santo Domingo, en Gazcue, también vivía uno de los jóvenes más buenmozos que he conocido. Provenía de una de las familias más ricas y aristocráticas de Santiago, pero era fascinante oírle hablar… qué "i" que yo disfrutaba.
También tenía un vecino con unas gemelas, su madre era de Santiago. Mi hijo mayor disfrutaba al preguntar a su padre: "Jovanny, ¿cómo se llaman tus hijas?": Michelle y Chantal. No, Michei y Chantai, así les decía su madre. Él le decía: "Luicho… no relajes".
Todo esto viene a propósito de dos casos que me han sorprendido. Hace unos años mi hijo y yo fuimos a visitar a mi amiga Maribel, ella no se encontraba, pero estaba su hija Mary Laura. Nos pasamos un buen rato conversando con ella; cuando nos fuimos, el primer comentario que hicimos fue de lo bien que hablaba. Ella es abogada con posgrado en Londres, es políglota. Tiene un metal de voz precioso y habla pausado, entonando perfectamente y de una forma que es entendible. Quedamos fascinados. Pero pienso que así mismo hablaba Maribel. ¡Cuánto la extraño!
El otro caso se trata de una jovencita llamada Natacha, su madre se llama Rosanny. Estaba yo en la funeraria por la muerte de su abuelo. Un familiar me pidió que hiciera una lectura en la misa, pero siempre he sido muy tímida para hablar en público; les dije que no. Esa jovencita fue quien leyó. Me quedé sorprendida: su entonación, las pausas, el cuidado al pronunciar cada palabra… Luego, al cabo de un año, la encontré en el cumpleaños de un pariente, compartimos la mesa, me fijé en su forma de conducirse; tenía el pelo recogido en un moñito atrás, lucía muy linda. Su mamá estaba presente también, me dijo que la hija estaba de término en la universidad, que estudiaba mercadeo o publicidad, no recuerdo; entonces comprendí por qué hablaba tan bien: es que su mamá habla así, pausado y entendible. Si a esa niña la descubren en un noticiario de televisión, de seguro la contratan.
Disfruto mi manera de hablar, pero más disfruto el escuchar hablar tan bien a los demás que hace que me sorprendan, porque son pocas las personas que pueden tener un dominio de la palabra de forma tan bien empleada y que cautiven con el metal de voz.
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