Contamos con un discurso histórico pronunciado el 1 de julio de 1822 por el Dr. Andrés López Medrano, quien fungía como catedrático de Medicina. Este evento tuvo lugar en la iglesia del exconvento de Padres Predicadores, en Santo Domingo, marcando la ceremonia formal de apertura de las aulas y la restitución de la Universidad bajo el mandato del presidente de Haití, Jean-Pierre Boyer. López Medrano inicia su alocución estableciendo una profunda conexión entre el conocimiento y la prosperidad de las naciones: la cultura y la perseverancia en el estudio son los medios mediante los cuales los ciudadanos aprenden a cumplir sus deberes y a ser útiles a la sociedad, garantizando la armonía y la «verdadera regeneración del hombre». Las universidades son descritas como el «precioso albergue de las ciencias» y los únicos motores capaces de elevar a las naciones hacia la solidez y la estabilidad. El autor afirma categóricamente que sin sabiduría no puede existir un buen gobierno, prosperidad ni firmeza en las acciones del Estado. Para ilustrar este punto, utiliza ejemplos históricos de la Antigüedad (Esparta, Fenicia, Atenas y Roma), señalando que su grandeza provino de leyes análogas y varones admirables surgidos de la sabiduría, pero que decayeron cuando la filosofía y la pureza de costumbres fueron reemplazadas por «la barbarie, orgullo, fanatismo y tiranía de sus opresores».
El orador reflexiona sobre el pasado reciente de la parte oriental de la isla (Santo Domingo) y su estado de decadencia. Relata que la región había sido entregada a una «extraña dominación por un tratado» (del cual confiesa avergonzarse al recordarlo), lo que provocó una profunda decadencia, comparando a la patria con un «varón robusto» que se rinde a la postración por falta de alimento. Tras ser reconquistada y unificada políticamente a la República de Haití, el territorio recuperó su existencia política, aunque experimentó semanas de incertidumbre y ansiedad por la suspensión temporal de las actividades educativas. La reapertura de la Universidad se describe como el disipador de esos recelos, convirtiendo el dolor y la tristeza momentánea en una profunda alegría y marcando el verdadero retorno al esplendor.
El discurso detalla específicamente las disciplinas que formarían parte de esta renovada institución, las cuales Boyer ordenó que se impartieran con la dotación suficiente: gramática, para dominar el idioma de los sabios, considerado necesario para comprender los textos de los autores clásicos. Filosofía, orientada a enseñar a razonar con exactitud, investigar la naturaleza, analizar las pasiones del corazón humano y examinar los atributos incomprensibles de la Divinidad. Medicina, destinada a conocer, prevenir y curar las enfermedades que afligen a la especie humana y que, de otro modo, devastarían las poblaciones. Derecho Civil y de Gentes, para defender al inocente en la tribuna de las leyes, modificar el rigorismo judicial y castigar a los malvados. Derecho Canónico, enfocado en la disciplina eclesiástica. Teología Moral, una cátedra nueva (que antes no se enseñaba allí) para guiar la práctica del dogma y servir de norma inalterable en las obligaciones estrictas.
En su conclusión, López Medrano se dirige directamente a los estudiantes (la «amable juventud»), animándolos a aprovechar este renacimiento educativo. Celebra que esta nueva etapa educativa está libre de «odiosas distinciones» (haciendo alusión a la igualdad de oportunidades y la abolición de barreras elitistas o raciales del pasado) que el error inventó y el egoísmo sostuvo. Advierte que la carrera académica es «espinosa al comenzarla, pero muy gloriosa al concluirla», instando a los jóvenes a no desmayar, a ser estudiosos, honestos, religiosos y sumisos frente a la enseñanza.
Con este discurso, López de Medrano, quien era médico y filósofo, trataba de contentar a las autoridades de ocupación haitianas. Finalmente, no fue posible, y unos meses más tarde la Universidad Primada de América fue cerrada hasta 1914.
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