Este tiempo en que se vive a destajo hay que vivirlo replanteándoselo por la brevedad, sin dejarse provocar por lo contrario, incluyendo al soñar. Mientras más breve, más realizable. Y, en caso de que lo soñado no se pueda hacer realidad, el hecho de que sea breve mitiga el dolor. Fue algo breve y no hay por qué lamentarse.

En este tiempo, todo lo grande, grande de acuerdo a como se piense, trae problemas inimaginables al ser; al ser que finge aceptar todo pero que, en el fondo, lo rechaza todo. Siempre me ha llamado la atención, desde joven, el soñar en grande. No dejo de acordarme del político iluso con las cantidades; del enamorado que promete todo lo grande teniendo hasta la esperanza pequeña. Recuerdo una frase de décadas atrás (digo décadas para que no vayan a pensar que soy un anciano): «El que aspira a algo llega». Generalmente, el que aspira demasiado se olvida del límite y de que siempre el que ha conseguido «algo» de lo que ha aspirado lo magnifica, lo exagera. Solo con el vivir como se pueda debe constituir una aspiración que llene cualquier vacío dentro o fuera de uno mismo.

Soy enemigo a muerte de las aspiraciones sin trabajo, sin reconocimiento de las propias limitaciones. Sin una metodología gimnástica en la barra donde se desenvuelve el movimiento, si es de mujer, mucho más llamativo y exaltador. Del que corre por delante de su «sueño» como caballo desbocado con dos patas. ¿Está la sociedad dominicana en esa línea equinoccial, que provoca que sea engañada con los ojos abiertos y solo los cierre cuando ya es demasiado tarde? No voy a decir que sí. Si lo digo, me incluyo.

Debería pensarse que el verdadero sueño es aquel que ni dormido ni despierto se le pone caso. Somos el sueño del vivir, de estar vivo, cual sea la manera; si es sin joder al otro, mejor; si es sin involucrar al otro en nuestro ego de ser lo que ya no puede ser, le va mejor a uno que al que arrastra como al matadero su ego. El del ego ya no se ve a sí mismo ni con todos los ojos más abiertos de la cuenta.

Ahora mismo me estoy soñando despierto a la orilla del río de mi infancia; la brisa del río tiene una ventaja sobre la del mar: la del río nos intimiza el desamparo; la del mar aviva el fuego que lo alimenta.

En la casa, un televisor pequeño ya no tiene vigencia; tiene que ser uno del tamaño de las pantallas de los cines de antaño; al igual que la nevera, los muebles, la estufa, la cama, en fin, todos los bienes muebles, para que no podamos ni caminar y mucho menos levitar. Cuando se «sueña» en grande se termina del tamaño de la realidad en la que sale el sol; hacerlo: «Hay que arroparse hasta donde la sábana alcance, aunque se dejen los pies afuera», aunque siempre tendremos frío, no importa, la noche entera uno se la pasa por arropárselos. Esa es la nueva realidad a tomar en cuenta ante el «soñar en grande».

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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