Eric Hobsbawm, en La era del capital, que junto a La era de la revolución y La era del imperio integran su magistral trilogía sobre la historia moderna, trata el tema de la ciudad, asumiendo que el surgimiento de esta significaba la aparición de la sociedad que, por la diversidad de sus actores y agentes sociales, se imponía sobre la simplicidad de la comunidad rural. Entre esos agentes sociales, los principales eran esa gran masa de trabajadores atraídos por un potente desarrollo industrial y una élite empresarial que de familiar poco a poco devenía en compañías por acciones cada vez más sociales. Del enfrentamiento de esas dos fuerzas se institucionalizaron los derechos ciudadanos básicos de la democracia.

En breve, la idea que sobre este sistema se tiene: un sistema de partidos competitivos, elecciones cada cierto período para originar la circulación de los diferentes sectores de la clase política en el poder, libertad de opinión y el derecho a la participación y la representación. El escenario principal en que se desarrollaron las luchas que posibilitaron esas conquistas fueron, fundamentalmente, los grandes centros urbanos y fabriles de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX y la tradición insurreccional de la Francia del discurrir de ese siglo. En esta última se desarrollaron diversas corrientes del socialismo y en la primera la ciudad industrial, con sus grandes concentraciones de obreros, además de las simientes de los partidos políticos.

En ambos países se desarrollaron el mutualismo, el gremialismo, el sindicalismo y los partidos de orientación socialdemócrata, socialista y, finalmente, comunista, vinculados a esas agrupaciones en varios países, principalmente del centro y norte de Europa y también del centro y norte de Italia. Las migraciones hacia América, sobre todo al norte y hacia el Cono Sur, a finales del siglo XIX e inicios del XX, tuvieron un significativo impacto en las luchas sociales y políticas que fueron determinantes en la construcción de la democracia. Hago referencia a estas cuestiones para destacar que, en la construcción de este sistema político que, más que eso, es un método para lograr consenso, con sus luchas, la fuerza del trabajo fue determinante.

Pocas veces se hace justicia a esta circunstancia y se piensa que el sistema democrático surgió de la mente de algunos iluminados de las élites políticas y no de las luchas políticas entre clases sociales en irreconciliables conflictos que, a pesar de todo, hicieron posible determinados niveles de consenso para reconocer derechos claves a las fuerzas de trabajo, como el establecimiento del Estado de bienestar, a través del cual se reconocieron derechos fundamentales en el ámbito del acceso a servicios municipales y de derechos sociales y políticos de capital importancia para el desarrollo humano. Se podría decir que esos derechos se lograron fundamentalmente en Europa, y es cierto, pero el impacto de esa conquista se convirtió en bandera de luchas políticas y sociales en varios países fuera de ese continente.

La crisis de la democracia tiene décadas, ya la decía. Su inicio coincidió con la crisis del capitalismo de mediados de los años setenta. También coincide con el proceso de debilitamiento de las fuerzas gremiales y políticas que contribuyeron de manera decisiva a que el sistema democrático lograse importantes niveles de mejoría en las condiciones materiales de vastos sectores populares y medios no solo en Europa, sino también en América, en términos objetivos y subjetivos. A pesar de la alarma y los temores que provoca la crisis del capitalismo, pocos auguran su inminente colapso, no así en lo que respecta a la que vacía de contenido a la democracia. Los pensadores más agudos sobre este tema suelen utilizar muchos matices para situarlo objetivamente, pero el pesimismo es cada vez más acentuado y extendido.

Resulta sumamente peligroso que, ante la deriva conservadora y ultraderechista que hoy combate la democracia en Occidente, se tienda a subvalorar y, a veces, a negar el incontrovertible registro de las luchas de los sindicatos, los gremios, la sociedad civil y las fuerzas progresistas y de izquierda en la construcción de la democracia. Y no solo estos, sino sectores de la llamada derecha tradicional y de una intelectualidad que entonces vio, y que hoy ve, en esas luchas la mejor y única forma de lograr derechos, sin que faltasen emprendedores con sus pensadores que también en su momento entendieron que el conflicto no se resuelve sin el reconocimiento de las demandas dirigidas al sistema. Sin determinado grado de consenso.

Por consiguiente, el tema de los agentes sociales que, como en otras épocas, constituirían la fuerza motriz que impulsaría la exigencia de participación y representación realmente democrática y el reconocimiento de derechos ciudadanos es fundamental. Aquí tenemos más de una década discutiendo un código laboral sin llegar a un acuerdo por la debilidad del sector laboral y la fortaleza, tozudez e ignorancia de un sector empresarial y el apocamiento de otros que entienden la importancia de la fuerza del trabajo y no hacen nada. Cambiar este cuadro es una tarea ciclópea, solo abordable con la conjunción de una pluralidad de actores conscientes del momento actual y de la necesidad de una democracia que será tal solo si es definitivamente inclusiva.

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

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