La conducta delincuencial que exhiben muchos jóvenes y adultos en nuestras calles, así como la creciente ola de asaltos, tiroteos y muertes violentas, no solo aterroriza, sino que también está poniendo en juego el porvenir del país. Si delincuentes y criminales terminan adueñándose de nuestras calles, todo se vendrá abajo: inversión, empleo, crecimiento y posibilidades de desarrollo.
Enfrentar esta calamidad es responsabilidad de todos, pero me limitaré a comentar tan solo lo que compete a los profesionales de las ciencias sociales: realizar estudios, estudios y más estudios, y exigir a los decidores políticos que los tomen en cuenta.
Comprender por qué ciertos jóvenes, cada vez a más temprana edad, adoptan comportamientos desviados es esencial para elaborar y poner en marcha políticas públicas de intervención y prevención de la delincuencia y la criminalidad.
Estos estudios deberían centrarse en tres universos: familia, escuela y comunidad.
La familia es el principal punto de referencia de todo joven. Es allí donde deben trasmitirse los valores de respeto, honestidad, responsabilidad, orgullo de pertenecer a una familia… Un entorno familiar sano, con padres presentes y con los recursos y conocimientos para proporcionar al niño o joven estabilidad material y emocional, raras veces pare a un delincuente.
Pero lamentablemente este no es el patrón predominante en nuestros barrios populares; predominan más bien las familias rotas, ausencia del padre o de la madre y, en ocasiones, de los dos; falta de afección y comprensión, así como permanentes conflictos y peleas. En ese ambiente, la búsqueda de un sentimiento de pertenencia en la calle y la adopción de comportamientos desviados se convierten en la solución fácil para niños y jóvenes.
Es aquí donde deben hacer acto de presencia las instituciones del Estado y las organizaciones de la sociedad civil, con trabajadores sociales, educadores y activistas comunitarios que ayuden a los padres o tutores de niños y jóvenes a comprender y atender sus necesidades, que no son solo de pan, sino también de afecto, sentimiento de pertenencia y apego a un conjunto de valores que los haga sentirse parte de algo, de una familia digna, de una colectividad.
Hay que examinar también el papel de la escuela: qué se está haciendo allí con nuestros niños y jóvenes. Esta no debe limitarse a la enseñanza de un conjunto de materias —por demás, de manera muy deficiente—, sino que debe también jugar su papel en el desarrollo personal y social del alumno: moldearlo, motivarlo y entusiasmarlo con actividades valorizantes.
Pero de poca cosa serviría todo esto sin eficientes programas de reducción de la pobreza y la exclusión social. Ambas realidades empujan a niños y jóvenes a la delincuencia para satisfacer sus necesidades o por un sentimiento de frustración frente a las desigualdades sociales. ¿De qué sirve terminar la escuela si esto no garantiza un empleo digno?
También hay que prestar atención a la comunidad. ¿Qué está pasando allí? ¿Es que nuestros jóvenes se sienten valorizados y apreciados en el barrio donde viven? ¿tienen allí un espacio que favorezca su desarrollo personal y los encamine a ser adultos responsables?
La integración comunitaria es clave para reducir los riesgos de delincuencia.
Vínculo entre delincuencia y criminalidad
De la delincuencia juvenil a la criminalidad en la adultez el camino es corto. Varios estudios reportan el traslado de conductas antisociales durante la infancia o la adolescencia a la adultez. Problemas de comportamiento en la temprana infancia, perturbación en la clase, agresividad, desobediencia y actitud desafiante con frecuencia conducen a la aparición ulterior de la delincuencia juvenil y criminalidad en la edad adulta.
Aquí la clave es la prevención: ayudar a niños y jóvenes a desarrollarse positivamente, proporcionándoles un entorno familiar, escolar y social sano.
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