Les había prometido continuar con Hannah Arendt para mostrar ahora su grandeza teórica frente a Heidegger y la distancia que fue tomando respecto de su maestro. Una de las diferencias más profundas entre ambos puede formularse así: Heidegger piensa la existencia desde la muerte; Arendt la piensa desde el nacimiento. Este desplazamiento cambia la manera de comprender al ser humano, la libertad, la historia y la política.

En Heidegger, el ser humano es Dasein: existencia arrojada en el mundo, abierta al ser y situada en el tiempo. El Dasein no se identifica con el ser, sino que es el ente que se pregunta por él. Como afirma Heidegger, “el ente cuyo análisis es nuestro problema somos en cada caso nosotros mismos” (Heidegger, 1986, p. 53).

En el parágrafo 53 de Ser y tiempo, Heidegger desarrolla el ser-para-la-muerte, uno de los conceptos más conocidos de su obra. Allí la muerte no aparece simplemente como un hecho biológico, sino como la posibilidad más propia, inevitable e insuperable del Dasein. La Segunda sección, titulada “Ser ahí y temporalidad”, profundiza esta relación entre finitud, existencia propia y temporalidad.

Sin compartir las posibles consecuencias políticas de esta posición, me identifico mucho con la profundidad con que Heidegger piensa la muerte. También he reflexionado mucho sobre la muerte, tanto como sobre la vida. Todos vamos a morir inexorablemente. La muerte pone fin a nuestro para-sí proyectante: cesan la conciencia, los proyectos y la libertad vivida. Lo que permanece queda en el mundo y en la memoria de los otros.

Como explica Manuel Sacristán, la muerte ocupa un lugar central tanto en Heidegger como en Sartre, aunque Sartre no le reconoce el mismo valor para alcanzar el conocimiento propio o la autenticidad (Sacristán, 2007, pp. 107-109). En Sartre, la muerte viene desde fuera, interrumpe mis posibilidades y entrega mi vida a la interpretación de los demás.

Acepto, sin embargo, que pensar la existencia principalmente desde la muerte tiene un riesgo: la vida pública, la convivencia y la acción común pueden quedar en segundo plano. El ser humano aparece entonces como un existente que debe encontrarse consigo mismo en la soledad de su finitud.

Hannah Arendt piensa la muerte de manera diferente a Heidegger. Sin negar la muerte, introduce otra categoría: la natalidad. Nacer no significa solamente comenzar a vivir biológicamente. Significa que algo nuevo puede aparecer en el mundo. Cada ser humano que nace trae consigo la capacidad de iniciar, actuar e interrumpir el curso de lo ya establecido.

La natalidad se convierte así en una categoría política. Si únicamente fuéramos seres para la muerte, la historia estaría marcada por el cierre. Pero, como también somos seres nacidos, la historia permanece abierta. Los seres humanos pueden comenzar de nuevo, prometer, perdonar, actuar, resistir la destrucción y reconstruir un mundo común.

Julia Kristeva comprendió con claridad la importancia de esta categoría. Como recordé en mi artículo anterior, llegó a escribir una frase provocadora: “La vida en el sentido arendtiano será femenina o no será” (Kristeva, 2000, p. 63). Desde esta afirmación no impongo una ontología femenina separada del resto masculino de la humanidad, ni intento reducir la filosofía de Arendt a la maternidad biológica. La frase apunta a la vida, al nacimiento, a la pluralidad y al cuidado del mundo común frente a las fuerzas que lo destruyen.

Me parece importante que Arendt sea mujer, aunque tampoco quiero reducir su pensamiento a una esencia femenina, como sucede en algunas formulaciones del feminismo de la diferencia. La natalidad es una categoría ontológica y política. Sin embargo, tampoco resulta indiferente, por razones históricas y culturales, que una mujer haya colocado el nacimiento y la vida activa en el centro de una tradición filosófica tan marcada por la muerte.

Arendt no niega la profundidad del ser-para-la-muerte. Cambia el centro de gravedad de la existencia: de la muerte como posibilidad más propia, pasa al nacimiento como capacidad de comenzar junto a otros. A partir de ahí cobran nueva fuerza la acción política, la pluralidad, la libertad y la posibilidad de iniciar algo nuevo.

Hoy, en estos tiempos de violencia, desencanto y destrucción de la vida pública, esta idea resulta especialmente necesaria.

Siempre pensando en la muerte, a mí me hace bien animarme con la idea de que no hemos nacido solamente para morir. Hemos nacido también para comenzar. Y cada comienzo humano, por frágil que sea, contiene una promesa política y existencial.

 

Referencias

Arendt, H. (1993). La condición humana (R. Gil Novales, trad.). Paidós.

Heidegger, M. (1986). El ser y el tiempo (J. Gaos, Trad.4ta reimp.). Fondo de Cultura Económica

Kristeva, J. (2000). El genio femenino. 1. Hannah Arendt. Paidós.

Sacristán Luzón, M. (2007). Sobre Jean-Paul Sartre (S. López Arnal & P. de la Fuente, eds.). Ediciones de Intervención Cultural.