San Pablo formula una de las frases más radicales del cristianismo: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (1 Co. 15:14).

No es una frase piadosa ni una metáfora espiritual. Es una afirmación arriesgada, casi escandalosa. Todo el edificio cristiano —la Iglesia, la esperanza, la moral, la oración y sus creencias— se derrumbaría si la resurrección no hubiera ocurrido realmente. La fe cristiana se juega todo en cuatro días: el pan de la última cena el Jueves Santo, la cruz y muerte del viernes, el silencio del sábado y la explosión de vida del domingo.

El cristianismo no nace de una idea, ni de un libro, ni de una ética admirable. Nace de un acontecimiento. De una mesa compartida, de un cuerpo destrozado, de una tumba cerrada… y de una tumba abierta.

Y el mensaje que atraviesa esos días es tan antiguo como el hombre y tan nuevo como el amanecer de Pascua: la muerte no tiene la última palabra.

El Jueves Santo: el Dios y el hombre que se tornan cuerpo y sangre

Todo comienza en una mesa. No en un templo majestuoso ni en una montaña sagrada, sino en una cena entre amigos.

El evangelio de Lucas narra que Jesús, al tomar el pan, dijo: "Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía" (Lc. 22:19). Y sobre el cáliz afirmó: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc. 22:20).

Con esas palabras se inaugura algo absolutamente nuevo. Jesús no deja un monumento, ni un sistema filosófico. Deja su presencia. El Dios invisible se vuelve servicio, a los pies de quienes lo siguen, y alimento.

La liturgia católica del Jueves Santo recoge este misterio en la eucaristía de la Cena del Señor. En el prefacio se proclama: "Él, verdadero y eterno sacerdote, instituyó el sacrificio de la nueva alianza y mandó a sus apóstoles perpetuarlo".

La eucaristía no es un recuerdo sentimental. Es un acto de entrega real. El pan es el cuerpo ofrecido. El vino es la sangre derramada, no desparramada, y en contra de toda tradición, dada a beber como tal.

El evangelio de Juan, que no relata la institución eucarística, ofrece en cambio un gesto aún más desconcertante: el lavatorio de los pies.

"Se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó" (Jn. 13:4). Luego lava los pies de sus discípulos, un gesto reservado a los esclavos.

Pedro se escandaliza: "Jamás me lavarás los pies" (Jn. 13:8). Y Jesús responde con palabras que atraviesan la historia: "Si no te lavo, no tienes parte conmigo".

La eucaristía y el lavatorio revelan la misma verdad: Dios se entrega hasta lo más bajo.

No domina. No aplasta. No se impone.

Sirve. Se entrega. Se da.

El himno de Filipenses lo expresa con fuerza reveladora: "Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando condición de siervo" (Flp. 2:6-7).

El Jueves Santo revela el corazón del cristianismo: un Dios y hombre verdadero, librado como comunión universal con todos los demás, en acatar Su memoria, por medio de Su cuerpo y de Su sangre.

Con razón, ese día se da por instituido —en contexto eclesial— el sacerdocio de Cristo Jesús.

El Viernes Santo: la derrota de Dios y del hombre

Al día siguiente todo parece acabarse.

El hombre que habló del Reino es arrestado de noche, abandonado por todos los que lo distinguieron y aclamaron el Domingo de Ramos y por sus discípulos.

Traicionado y renegado tres veces por un amigo (Mt. 26:47-50), —el mismo que haría las veces de piedra sobre la que decidió erigir su iglesia— (Mt. 16:18). Desamparado por sus discípulos (Mc. 14:50). Condenado por el poder religioso y político.

Isaías había profetizado ese destino siglos antes: "Despreciado y desechado por los hombres, varón de dolores… como uno ante quien se oculta el rostro" (Is. 53:3).

La crucifixión era la forma más humillante de ejecución romana. Cicerón la llamó "el suplicio más cruel y abominable". Era la muerte reservada para esclavos y rebeldes.

Y, sin embargo, el evangelio de Juan afirma algo desconcertante: en la cruz se manifiesta la gloria de Dios. "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn. 8:28; "Yo soy el que soy", Ex. 3:14).

En la cruz no vemos un accidente de la historia. Vemos el corazón de Dios expuesto.

El evangelio de Marcos recoge el grito más desgarrador de Jesús: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc. 15:34; cf. Sal. 22).

Es el grito de todos los crucificados de la historia. De los que mueren injustamente, de los que sufren sin sentido, de los que experimentan el silencio de Dios.

Pero el mismo salmo que comienza con abandono termina con esperanza.

La liturgia del Viernes Santo, en la Celebración de la Pasión del Señor, hace leer el relato de Juan. Allí Jesús proclama antes de morir: "Todo está cumplido" (Jn. 19:30).

No es un suspiro de derrota.

Es la consumación de una entrega total.

La cruz no es simplemente la cosa en la que mataron a Jesús. Es el lugar desde el cual Dios decidió amar hasta el extremo. "Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn. 15:13).

Juan lo resume así: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn. 13:1).

El Sábado Santo: el día del silencio sepulcral

Después de la muerte llega el silencio.

El evangelio lo describe con sobriedad: "José de Arimatea… colocó el cuerpo en un sepulcro nuevo" (Mt. 27:59-60).

Una piedra está rodada frente a la tumba.

Y luego… nada.

El Sábado Santo es quizá el día más humano de todos. El día en que parece ser que Dios ha desaparecido, como aquel día en el que la tentación acontece en el Jardín de Edén y Yahvé ni está, ni se pasea por el paraíso. El día en que la esperanza parece estar sepultada en y con el cuerpo de Jesús.

Los discípulos están dispersos.

Los sueños del Reino parecen absurdos destellos del mismo fracaso.

La liturgia de la Iglesia mantiene ese silencio. Durante el día no se celebra la eucaristía. Los altares permanecen desnudos. El sagrario vacío.

Es el gran sábado de la historia, el tiempo en que la humanidad vive entre la promesa y su cumplimiento.

Un antiguo texto de la Liturgia de las Horas describe el misterio de este día con imágenes poderosas: "Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme… Ha ido a buscar a Adán, nuestro primer padre, como la oveja perdida".

El Sábado Santo enseña algo esencial: la fe, como la vida humana, necesariamente pasa por la noche de la muerte.

Dios no siempre responde de inmediato. A veces, si no siempre, su obra se realiza en el silencio de la tumba, lejos de las miradas.

Pero ese silencio no es vacío.

Es gestación.

El Domingo de Pascua: la explosión de la vida

Al amanecer del primer día de la semana ocurre lo impensable.

Las mujeres, no los hombres, van al sepulcro.

"¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?" (Mc. 16:3).

Pero al llegar descubren algo imposible: "La piedra estaba corrida" (Mc. 16:4).

Y un mensaje que cambiará la historia de presentes y de ausentes:

“No os asustéis. Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado.

Ha resucitado, no está aquí” (Mc. 16:6).

La resurrección no es una metáfora espiritual, tampoco un símbolo de renovación interior. Los evangelios insisten en la realidad del acontecimiento.

El énfasis de ella resuena aún en todo oído que lo quiera oír: la resurrección no es imaginaria ni poética. Es corporal.

Jesús se aparece.

Habla.

Come con los discípulos (Lc. 24:41-43).

Invita a Tomás a tocar sus heridas: "Trae tu dedo aquí… y no seas incrédulo, sino creyente" (Jn. 20:27).

El que murió… vive.

Pero vive de una manera nueva, transfigurada. Ya no está sometido a la muerte.

Pablo de Tarso lo proclama con fuerza: "Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene dominio sobre él" (Rm. 6:9).

Por eso puede afirmar lo que parecía imposible: "La muerte ha sido absorbida en la victoria" (1 Co. 15:54).

De ahí que el Señor Jesús, el que un día solo fue tenido como "el hijo del carpintero" (Mt. 13:55) en la tradición de la fe cristiana, sea:

El Señor de la historia. La resurrección no es solo la rehabilitación de un inocente. Es el comienzo de una nueva creación.

Pablo lo explica con audacia: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron" (1 Co. 15:20).

La palabra primicia es clave. Significa que lo que ocurrió en Jesús ocurrirá también en la humanidad.

La resurrección no es un privilegio individual. Es la promesa del destino humano.

Por eso el Apocalipsis pone en boca de Cristo estas palabras: "Yo soy el Primero y el Último… Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del Hades" (Ap. 1:17-18).

Jesús se revela como Señor de la historia. No el señor según los esquemas del poder humano, sino el Señor que reina desde una cruz y desde una tumba vacía.

Principio y Fin Con la nueva realidad, Él es, para todo aquel que quiera filosofar y creer, principio y fin de todo, en todo tiempo y lugar. Así, volvemos entonces a la frase de san Pablo.

"Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (1 Co. 15:14).

A lo cual Pablo añade inmediatamente: "¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos" (1 Co. 15:20).

Esa afirmación lo cambia todo.

Significa que la injusticia no es definitiva.

Que el sufrimiento no es eterno.

Que el amor no termina en el sepulcro.

Significa que cada Viernes Santo de la historia está orientado hacia una Pascua.

La liturgia lo proclama con alegría en el Pregón Pascual de la Vigilia: "¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor!".

Porque incluso la oscuridad más profunda puede convertirse en lugar de redención.

La Pascua no es solo un acontecimiento pasado. Es una forma nueva de vivir.

San Pablo exhorta: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba" (Col. 3:1).

Creer en la resurrección significa vivir en consonancia con la lógica de la vida nueva.

Significa creer que el amor es más fuerte que la violencia.

Que el perdón es más poderoso que la culpa y que la venganza.

Que la esperanza puede florecer incluso en los cementerios de la historia y en la tumba de cada uno de los caídos en tantas guerras y trincheras que nos revelan los absurdos de la condición humana.

Los primeros cristianos resumían su fe en una sola proclamación:

"¡Cristo ha resucitado!"

Y la respuesta era y es:

"¡Verdaderamente ha resucitado!"

No se trata de una fórmula litúrgica. Sigue siendo una declaración revolucionaria.

Porque si Cristo vive, entonces la historia tiene sentido.

Si Cristo vive, entonces el mal no es definitivo.

Si Cristo vive, entonces la muerte no es el final.

Y epílogo: la palabra definitiva. La historia humana está llena de tumbas. Imperios que parecían eternos y desaparecieron. Poderes que creían dominar el mundo y fueron olvidados.

Pero en Jerusalén quedó una tumba distinta.

Una tumba vacía.

Y desde ese vacío resuena la palabra que atraviesa los siglos:

"No está aquí; ha resucitado" (Lc. 24:6).

Por eso el cristianismo se atreve a anunciar lo que ninguna voz humana había osado afirmar con tanta radicalidad: la muerte no tiene la última palabra.

La última palabra pertenece a la vida.

A la vida del Crucificado que sabe que todo está consumado. Y que vive.

A Jesucristo, el hijo del carpintero de Nazaret, abandonado del Padre, resucitado y, luego de su propia ascensión, sentado a la diestra de nuestro Padre.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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