El problema de las revoluciones tecnológicas no es solamente lo que permiten hacer, sino lo que dejan de permitirnos hacer como antes. Cada innovación altera conocimientos, costumbres, relaciones de poder y formas de ganarse la vida. Lo que ayer representaba una habilidad indispensable puede convertirse hoy en un conocimiento prescindible. Lo que parecía imposible termina incorporándose a nuestra cotidianidad hasta volverse tan natural que olvidamos cómo vivíamos antes. La tecnología no llega sola. Trae consigo nuevas maneras de organizar la sociedad y modifica el valor que atribuimos a nuestras propias capacidades.

El fuego, la rueda, la agricultura, la escritura, la imprenta, la pólvora, las máquinas industriales, el tren, el avión y el teléfono celular forman parte de esta historia. Pero su importancia no reside en la cantidad de inventos acumulados. Cada uno alteró las posibilidades de actuación humana y contribuyó a reorganizar las relaciones entre las personas. El fuego permitió cocinar y protegerse, pero también amplió las posibilidades de convivencia. La agricultura transformó la relación con la tierra y los alimentos, hizo posibles nuevas formas de asentamiento y contribuyó a modificar las relaciones de propiedad, trabajo y poder.

La producción de excedentes agrícolas abrió posibilidades de almacenamiento e intercambio, pero también de apropiación y concentración de recursos. El desarrollo de las sociedades urbanas estuvo acompañado por nuevas jerarquías y formas de organización política. La tecnología podía ampliar la producción de alimentos sin garantizar que todos tuvieran acceso a ellos. Desde entonces, una contradicción atraviesa la historia humana. La capacidad de producir riquezas puede crecer mientras persisten, e incluso se profundizan, las desigualdades en su distribución.

La escritura introdujo otra transformación. El conocimiento comenzó a disponer de soportes que permitían conservarlo más allá de la memoria individual. Las tablillas de arcilla, el papiro, el pergamino y posteriormente el códice modificaron las posibilidades de registrar acontecimientos, administrar recursos y transmitir tradiciones. Pero también establecieron diferencias entre quienes dominaban los códigos escritos y quienes dependían de otros para acceder a ellos. Saber leer y escribir se convirtió en una capacidad vinculada con el ejercicio del poder.

La imprenta de tipos móviles desarrollada por Gutenberg en la Europa del siglo XV modificó las condiciones de circulación del conocimiento. Los textos podían reproducirse a una escala desconocida para los copistas europeos, debilitando determinadas formas de control sobre su difusión. Su expansión contribuyó a transformar las relaciones religiosas, científicas y educativas. Sin embargo, imprimir más libros no significaba que todos pudieran leerlos. La alfabetización y los recursos económicos continuaron determinando quiénes podían apropiarse de aquella revolución.

Hoy, la transformación del libro ha dado otro salto con los formatos digitales y los audiolibros. Es posible almacenar cientos de miles de textos en un dispositivo portátil y escuchar una obra mientras viajamos por carretera o hacemos ejercicios en el parque. Pero el cambio cultural va más allá de sustituir el papel por una pantalla. Una biblioteca que antes requería un espacio físico puede depender ahora de una plataforma, una licencia de acceso o un dispositivo electrónico. El lector gana movilidad, aunque también puede perder parte del control material sobre los libros que adquiere. La coexistencia del libro impreso, el digital y el audiolibro demuestra que las innovaciones no necesariamente eliminan las prácticas anteriores. Las reorganizan y modifican sus significados.

Algo semejante ocurre con el dinero. La sal, los cereales, el ganado y las conchas fueron utilizados en determinadas sociedades como medios de intercambio o referencias de valor. La moneda acuñada, el papel moneda, el crédito y las instituciones bancarias transformaron posteriormente las relaciones comerciales. Pero la revolución financiera contemporánea ha llevado el proceso a otra dimensión. Una persona puede recibir su salario, comprar alimentos, pagar servicios y enviar remesas sin tocar un solo billete.

El dinero circula mediante registros electrónicos y transferencias en tiempo real. La confianza se desplaza hacia las instituciones financieras, las plataformas informáticas y los sistemas de seguridad. La misma tecnología que facilita las operaciones puede excluir a quienes carecen de acceso digital o conocimientos para utilizarla. También aparecen nuevas vulnerabilidades relacionadas con el fraude, la privacidad y la dependencia de infraestructuras que el ciudadano no controla. La desaparición del efectivo en determinadas operaciones no significa que desaparezcan las relaciones de poder asociadas con el dinero. Estas adquieren nuevas expresiones.

La Revolución Industrial tampoco se limitó a sustituir la fuerza humana por las máquinas. Alteró la relación de las personas con el tiempo, el trabajo y sus propios conocimientos. El artesano, que dominaba su oficio y organizaba buena parte de su jornada, fue desplazado progresivamente por un sistema fabril en el que el reloj, la máquina y el propietario imponían nuevos ritmos de producción. El tiempo comenzó a medirse cada vez más por su rendimiento económico y las habilidades transmitidas durante generaciones perdieron parte de su valor frente a la mecanización.

La resistencia de los luditas ingleses, a comienzos del siglo XIX, expresa esa tensión. No luchaban simplemente contra las máquinas, sino contra unas condiciones de transformación productiva que amenazaban sus medios de vida y su autonomía. Detrás de aquella resistencia había una disputa por el control del trabajo, la supervivencia y el lugar que ocuparían los trabajadores en el nuevo orden industrial. La máquina no era únicamente un instrumento de producción. También podía convertirse en un medio para reorganizar las relaciones de poder.

La electricidad alteró una frontera cultural que durante milenios había condicionado la existencia humana, la separación entre el día y la noche. Amplió las posibilidades de trabajo, consumo y entretenimiento, pero también modificó los ritmos familiares. Los electrodomésticos transformaron las tareas domésticas sin eliminar necesariamente las desigualdades en su distribución. Con la radio y posteriormente la televisión, voces, imágenes y mensajes producidos fuera del hogar comenzaron a intervenir cotidianamente en la vida familiar. Las nuevas tecnologías no solamente entraron en las viviendas. Contribuyeron a reorganizar las relaciones que se desarrollaban dentro de ellas.

El transporte produjo otra ruptura en nuestra experiencia del espacio. El ferrocarril y el automóvil modificaron la organización de las ciudades, las comunicaciones y la circulación de mercancías. La aviación permitió recorrer en horas distancias que anteriormente requerían días o semanas. Las migraciones, el turismo, el comercio y las relaciones familiares adquirieron nuevas posibilidades. Pero la reducción del tiempo de desplazamiento no eliminó las desigualdades de movilidad. Mientras unos pueden cruzar continentes en pocas horas, otros encuentran barreras económicas, administrativas y políticas que limitan sus posibilidades de desplazarse.

El teléfono celular introdujo una transformación que experimentamos diariamente sin detenernos demasiado a pensar en sus consecuencias. Antes, una llamada llegaba a una casa, una oficina o un establecimiento. Hoy llega directamente a una persona, independientemente del lugar donde se encuentre. El teléfono inteligente concentró en un mismo dispositivo la cámara fotográfica, el reloj, la agenda, el periódico, la radio, la televisión, la biblioteca y el banco. Pero también convirtió a las personas en sujetos permanentemente localizables. El trabajador puede continuar recibiendo instrucciones fuera de su jornada y la vida privada queda expuesta a nuevas formas de vigilancia e intervención.

Las redes sociales han modificado las maneras de construir identidades, buscar reconocimiento y participar en la conversación pública. La comunicación permanente reduce determinadas barreras espaciales, pero también transforma las relaciones entre generaciones y los espacios tradicionales de socialización. La familia y la escuela ya no son los únicos lugares donde se transmiten conocimientos, valores y modelos de comportamiento. Los algoritmos intervienen en la selección de los contenidos que consumimos y en las formas de relacionarnos con el mundo.

Internet ha ampliado las posibilidades de acceder, producir y distribuir información. Sin embargo, disponer de millones de documentos no equivale a comprenderlos. La abundancia informativa convive con la desinformación, las desigualdades educativas y nuevas formas de concentración del poder. Las plataformas que facilitan el acceso al conocimiento también pueden controlar los datos, establecer las condiciones de circulación de los contenidos y orientar nuestra atención hacia determinados productos e informaciones.

Estas transformaciones revelan que las revoluciones tecnológicas no avanzan mediante una simple sucesión de inventos que sustituyen a los anteriores. La oralidad convive con la escritura, el libro impreso con el digital, el efectivo con las transferencias electrónicas y los medios tradicionales de transporte con la aviación. Las sociedades incorporan las innovaciones, las adaptan y reorganizan sus prácticas alrededor de ellas.

La historia de las revoluciones tecnológicas es, en definitiva, la historia de las transformaciones culturales de la humanidad. No basta con preguntarse qué nuevas capacidades proporciona una tecnología. También importa comprender qué conocimientos desplaza, qué relaciones modifica, qué formas de dependencia crea y quiénes se apropian de sus beneficios. Una sociedad puede disponer de instrumentos cada vez más avanzados sin que ello se traduzca necesariamente en mayor bienestar para todos. El desarrollo tecnológico amplía las posibilidades humanas, pero son las relaciones sociales las que determinan cómo se distribuyen sus resultados.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

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