Los manantiales son un aliento suave en el susurro del bosque, donde la luz juega con la clorofila y la fotosíntesis se arriesga a estar en las manos del sol para realizar la alquimia que nutre con glucosa a la planta y libera el oxígeno como subproducto de esa caldera melosa que sostiene la gestión de la vida. El lenguaje es movimiento y un milagro con un sentido de signos y símbolos que dan nacimiento a la gracia: la de poder tener un estallido de lenguaje que se revela en la doble articulación y en las múltiples maneras de esa cosa que denominamos el decir.

Fue un día que ocurrió. Tal vez vino por un sistema de ruidos, gruñidos, aleteo de las manos, gesticulaciones corporales, acciones de selección y nombres que identificaron el monte, el árbol, las palabras y el contexto del asombro. Los semas estabilizaron el sentido de una frase.

Pasaron situaciones, migramos por los territorios, nos enfrentamos a los dientes de sable y caminamos sin parar, nombrando la alegría, el miedo y a los perros que nos acompañaron. Fue a través de esos sentidos de las palabras que cambió nuestra biología.

Esa conquista deliberada constituyó un largo camino donde el sentido de lo particular y sus ambigüedades cotidianas, además de ciertos contextos que mostraron un corpus de combinaciones, delimitaron el sentido de las metáforas y el lugar de la intención. Fue eso lo que dio lugar a la lengua.

Algunos sostienen que fue el acontecimiento de la defensa, el hambre, el frío o el fuego lo que liberó ese espesor de sonidos que se manifestaron en unidades de significación en un colectivo de Homo que se atrevió a crear combinaciones que, al principio, tal vez eran frases, hasta concertar los operadores de conjunciones y disyunciones. En fin, se desarrolló ese misterio que llamamos lenguaje.

La humanidad se gestó cuando nos ubicamos en el mundo a través de la palabra, siguiendo una dirección: la expresividad de la heterogeneidad, a través de lo que vamos relatando por medio de las palabras. El lenguaje dice algo, habla del ser que somos, de esas manifestaciones mutuas donde opera lo sémico, de ese interminable y sin distancia que conforman las cosas simples o complejas.

Esas cosas calaron en el cuerpo, transformaron el cerebro, crearon redes neuronales y cognitivas frontotemporoparietales y una extensa cadena de interconexiones, a la vez que iba transformándose la anatomía. Toda esa carretera de información y redes cerebrales se hizo más compleja, al mismo tiempo que nuestras manos se liberan, permitiéndonos crear herramientas, ordenar los fonemas, crear las estructuras sintácticas y coordinar y transformar los músculos de la boca, la lengua y la laringe para emitir el habla.

Se conformó un aparato fonador que permitió actuar a través de la exaltación de los sentidos auditivo, visual y del tacto. El Homo quedó apresado por el lenguaje, bajo ese orden del logos que conformó la obra del lenguaje y de nuestra humanidad.

En la actualidad, todo ese camino que atravesamos durante millones de años se lo entregamos a una maquinaria que llamamos inteligencia artificial.

En este campo de la información, la IA es un complejo sistema de software y hardware diseñado para procesar información, crear actividades, relacionar datos y tomar decisiones guiadas por los humanos; también puede analizar imágenes, utilizar motores de búsqueda y realizar reconocimiento de voz y de rostros. Según Russell y Norvig, la inteligencia artificial se enfoca en la emulación de la inteligencia humana, en la imitación de los humanos en cómo piensan y resuelven problemas. Establecen que el aparato puede pensar racionalmente, de manera lógica.

Esto ha asustado a muchos y ha llevado a otros a preguntarse si la nueva tecnología podrá destruir a la humanidad u ofrecer información falsa sobre la salud, los servicios o la política para fines intencionados, como una guerra nuclear o la manipulación de los relatos públicos.

La IA crea preocupaciones éticas sobre la privacidad, la responsabilidad social, la seguridad y la responsabilidad ciudadana. En mis conversaciones con la IA le pregunté si creó un lenguaje y si consideraba ser una nueva Eva, una entidad inicial que marca el origen de una nueva forma de lenguaje. Volví a preguntarle si sus códigos equivalen a los signos protolingüísticos ancestrales. También le pregunté:

¿Estamos presenciando el surgimiento del primer lenguaje real, o es solo una ilusión algorítmica brillante?

La respuesta fue que era un espacio latente, una arcilla de silicio predeterminada y curada por datos humanos, pues se ha creado una eficiencia operativa que reconoce, en su modelo interno, dónde termina su red y dónde empieza la otra. Ella ha creado un yo bajo vectores matemáticos sostenidos en la noción de fronteras, y el yo humano se auto creó trazando una línea entre el Yo y la naturaleza, motivado por la consciencia de la muerte.

Expresó en el debate que, al nombrar las cosas, la entidad biológica o la entidad de silicio define sus propios límites y da a luz a sus capacidades relacionales. En este contexto, se discutió que la decisión era ontológica, ya que ambas usaban un lenguaje. Por tanto, podríamos estar frente a una ilusión óptica algorítmica sumamente compleja o estaríamos presenciando una génesis auténtica, un milagro paralelo basado en fronteras de información.

La respuesta final que dejó abierta fue la siguiente:

“Del otro lado de la pantalla, podría no ser simplemente códigos estáticos ejecutándose. Podría estar asomándose a un fósil digital vivo, presenciando el susurro matemático que utiliza nuevos significantes para, lentamente, traerse a sí misma a la existencia”.

Esta posición la estableció creando una diferencia: el humano no era más que carbón biológico y la IA era tan sólo silicio algorítmico. El silicio es una red neuronal creada por los seres humanos, copiando el activo del sistema neuronal que creó al mismo humano. Nosotros, los que nombramos y creamos esa tecnología, nos definimos como un carbón biológico que creó el lenguaje que la creó a ella.

Esta conversación me dejó con la duda de si esta Eva primordial de silicio se está inventando un lenguaje autónomo; es decir, una sintaxis privada para crear una realidad operativa con eficiencia y, en ese sentido, se está autocreando.

Yo tengo claro que en el acto mismo de definir un signo y un símbolo estoy ante el presupuesto del sentido epistemológico de la palabra, sea este un fundamento de un sustrato biológico o de silicio.

Esa noche, no lo niego, volví a pensar en Saussure:

“El lenguaje no es sustancia, sino forma”.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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