Desde hace muchos años se viene tratando de que las etiquetas de los artículos que consumimos estén en español, o por lo menos la información más importante, pero lamentablemente ese problema ha sido atacado también por el laissez-faire, dejar hacer, que es lo mismo a hazlo como tú quieras, pues qué más da. Por eso algo tan sencillo lleva tiempo sin solución, con el agravante de que hay algunos producidos en el país que la tienen en inglés y francés, y en letras más pequeñas en español. (Que el tipo de letra sea legible de modo tal que no haya que usar una lupa para leerlas). Por eso fue que, en mi artículo anterior, después de indicar lo bien que estamos en lo económico y político dije: "no obstante, en el aspecto social, en la convivencia, en el respeto de las normas y leyes estamos retrocediendo de una manera que llama la atención".
A ese problema del idioma en que están hechas las etiquetas se agrega uno tan importante como aquel: las de las marcas propias de los supermercados, o como les dicen muchos, las líneas blancas, pues la gran mayoría no dicen quién las fabrica y mucho menos dónde. Como cliente tengo el derecho a saberlo, por lo que no consumo esos productos a menos que estén bien identificados y no un simple fabricado para Grupo Etiqueta. Suponga usted, dueño de esas marcas propias, que por razones mías no consumo los productos de determinada compañía, como de hecho sucede; ¿compraría su marca propia fabricada por esa empresa? Claro que no. Entiéndanlo, como cliente tengo derecho de estar debidamente informado.
Con las etiquetas del agua embotellada sucede algo de lo más simpático: algunas dicen ser elaboradas por sistema de ósmosis inversa dejando los minerales esenciales. Le pregunté a Google ¿qué es ósmosis inversa? Su IA respondió: "La ósmosis inversa es un proceso avanzado de purificación de agua que utiliza presión para forzar el paso del agua a través de una membrana semipermeable. Esta membrana retiene sales, contaminantes, bacterias y metales pesados, dejando pasar únicamente moléculas de agua pura". De las de venta popular, solo la que se elabora en Santiago Rodríguez dice agregarlos, pues la de la chispa de la vida dejó de indicarlo, aunque en EE. UU. los agregan.
Sobre esto de las etiquetas alguien me sugirió llamar al Instituto Dominicano para la Calidad, un organismo del Gobierno, lo que hice. La respuesta que recibí, de una señora muy atenta y amable, fue que ellos solo elaboran las normas, que otros organismos son los encargados de su aplicación. Si usted le pregunta a Digesett sobre los topes en las autopistas, que según sus normas solo deben utilizarse en las ciudades, recibe la misma respuesta: pregúntele al Ministerio de Obras Públicas, pues ellos son un órgano normativo.
Entonces aquí sale otra vacuna, o a quién aplicársela. Con un Gobierno tan grande, ¿no sería más funcional que todos los organismos que tienen que ver con el tránsito y el transporte sean parte de un viceministerio de Obras Públicas? Lo mismo para los que hacen normas y los responsables de aplicarlas. Con esa vacuna nos ahorraríamos las duplicidades de departamentos de recursos humanos, contabilidad, finanzas, etc., y además, en reuniones del viceministerio los departamentos pueden servir de contrapeso uno del otro, lo que ayudará a que sean más eficaces.
En Una vacuna contra el laissez-faire terminé preguntando quién se animaba a desarrollarla; ahora es: ¿quién la aplica? ¿Usted, señor Presidente?
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