La historia de las relaciones entre las repúblicas americanas lleva más de 200 años. Primero se inició con la independencia de las 13 colonias inglesas de la costa atlántica de América del Norte hasta la reciente adopción de la versión Trump de la Doctrina de Monroe. En todo ese tiempo, lo que Bolívar llamó "que los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar América de miserias en nombre de la libertad" no ha hecho más que crecer y confirmarse.
Durante todo el siglo XIX, de un pequeño espacio atlántico de la parte norte del continente, constituidos de colonos blancos de origen inglés y escocés, que se asentaron a base de eliminar las comunidades originarias, se han convertido en el azote de los países colonizados por España, Portugal y Francia, entre otros. Al inicio hubo dos fundamentos de esa evolución: la llamada Doctrina de Monroe —en realidad la doctrina formulada por John Quincy Adams en 1823— y la llamada teoría del Destino Manifiesto —la idea de que era un "designio de Dios" la expansión de las originales 13 colonias inglesas hasta el océano Pacífico e incluso más allá—, formulada por John O’Sullivan en 1845, después de la anexión de Texas.
Ese es el origen, junto con la proclamación de la independencia en 1776 —de la cual se celebra el 250 aniversario el próximo 4 de julio—, la redacción de la Constitución de 1787, once años después de la declaración de independencia, y las posteriores guerras, la elección del primer presidente de la República americana en 1789, que recayó en el héroe de la guerra de independencia, George Washington, y la consolidación del Estado federal después de la guerra contra México en 1846-1848 y la mutilación de más de la mitad del antiguo Virreinato de Nueva España.
La predicción de Bolívar fue confirmada por la historia. Los Estados Unidos "estaban destinados por la 'Providencia' a plagar América de miserias en nombre de la libertad". La consiguiente evolución fue confirmar mediante una serie de reuniones e instituciones ese "destino manifiesto". En 1889 y 1890 fue convocada en Washington la Primera Conferencia Internacional de las Repúblicas Americanas y en abril de ese año (1890) se fundó la llamada Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, cuya sede todavía ocupa, al día de hoy, la Organización de los Estados Americanos (OEA).
En estos 136 años mucha tinta ha corrido, como se dice en el argot popular. El "América para los americanos" se convirtió en América para los Estados Unidos. Muchas formas adoptó ese proceso. Desde la "Conferencia" de 1889 hasta la "Doctrina Monroe corolario Trump" o "doctrina Donroe", formulada en el pasado 2025. Recientemente, este "corolario" se vio expresado en la formación del "Escudo de las Américas" por los Estados Unidos y 12 países más de la región. Los más grandes, como Brasil, Colombia, Perú o México, no fueron invitados o no participaron.
Aparentemente, las dificultades que experimenta la nación norteamericana, tanto internamente como en Asia, Rusia, Oriente Medio, África e incluso en sus aliados de Europa Occidental, han conducido a un repliegue hacia "el patio trasero" que es América Latina y el Caribe. De Monroe a Donroe solo hay una constante: el continente americano es propiedad de los señores del norte. Países como México, Cuba, Venezuela y Colombia, entre otros, solo hacen esfuerzos para no sucumbir. Como dijo hace décadas el profesor Juan Bosch, el Caribe es la frontera imperial.
El reto es cómo continuar como naciones independientes, preservar la soberanía y poder practicar una neutralidad activa en la escena internacional. No podemos obviar que estamos en los límites de la frontera imperial, pero ello no debe significar convertirnos en yes sir de los mandatos de Washington o de la sede del Comando Sur en Miami.
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