El Renacimiento fue un proceso epocal de reivindicación social en la historia de la humanidad, aproximadamente entre los siglos XIV y XVI. Con su impulso de avance revelador, la civilización y el hombre, como ente social protagonista del pensamiento y la razón, además de animal capaz de alcanzar las cumbres más altas, no solamente a través del saber científico para transformarlo y, desde allí, descubrir los secretos que guarda la naturaleza para apropiarlos a conveniencia y beneficio, sino también para convertirse en un ser tan sublime, dotado de una especial condición para retar a los dioses con posibilidades semejantes al más increíble de los talentos de la creación. Los artistas son los llamados dioses del universo.
Un Miguel Ángel Buonarroti con su Capilla Sixtina; una Anna Pavlova y su La muerte del cisne; un Ludwig van Beethoven y su Quinta Sinfonía; Leonardo da Vinci y la La Gioconda. Innumerables son los dioses de las artes de todos los tiempos; ahí están sus obras para el deleite y la admiración eterna de generaciones y generaciones. Jamás caducarán estas obras maestras: serán parte de la esencia misma del ser, que necesita expresar su existencia más allá del tiempo real.
Así también podemos hacer un gran listado de académicos, científicos, escritores y filósofos de todos los tiempos que han hecho de sus habilidades creativas panaceas idílicas para nuestro consumo físico y espiritual, impactando el diario vivir en un intento justificativo de nuestro existir, revestido de valores como propósito para la trascendencia y referente para la descendencia.
Esta preocupación humana se manifiesta desde la aparición misma del hombre en la Tierra. Prueba de ello son todos los hallazgos de arte rupestre que aún se conservan en cuevas de diversas partes del mundo como legado de la humanidad. El ser humano siente la necesidad de comunicarse; es un derecho inalienable contemplado también en nuestra carta magna.
Todo este tesoro mundial todavía es tangible hoy, proveniente de épocas diferentes. Lo hemos heredado gracias a la poderosa sensibilidad y al reconocimiento intuitivo del valor universal que personajes de linaje y poder, amantes de las artes y la cultura, otorgaron a los artistas y sus creaciones como parte de su ambiente vital, cuya misión indirecta conservó un legado que perdura hasta nuestros tiempos. Es esa mirada y ese sentimiento de quien intuye, en la apreciación, una creación única y especial, y que, con su vehemente cuidado, será después lo que atesoraremos como público para siempre.
¿Qué ha pasado hoy en nuestros países quintomundistas? Hay una mayoría de público que no entiende ni un ápice del sentir artístico en lo elemental. Se nos fue el alma a los dominicanos. Solo vemos interés en el dinero y la vulgaridad, la ostentación y la propaganda. Tendremos que hacer jornadas de talleres intensivos obligatorios, instalarlos como campos de concentración para la apreciación artística como requisito indispensable, para así, en algún momento, tener una administración gubernamental con sensibilidad y cultura; es decir, desde allí entender la importancia de una política cultural proyectiva hacia lo humano para la concientización nacional.
Igualmente pasa con nuestro empresariado, que dentro de sus santuarios culturales no tiene programas de educación artística ni programas de mecenazgo para los mismos hacedores de arte y cultura de la zona. ¿Cómo se supone que vamos a mantener la cultura sin gestores ni artistas y, por lo tanto, sin público? Igualmente, se hace necesaria la implementación de subvenciones para proyectos creativos que impacten a toda la sociedad. ¿Cómo pueden los artistas dejar su legado si no tienen cómo sustentar sus propias vidas?
Lo que es lo mismo: ¿cómo vamos a tener artistas y público si no se forman? Bien pudieran esos centros ayudar con este propósito, accionando un gran despliegue de educación artística para la transformación humana y, por tanto, ciudadana, porque también de allí saldrán los futuros profesionales del lugar donde estén enclavadas esas instituciones. Es tradición cargar al sector público con todos los planes y responsabilidades, esperando que lo resuelva todo, sin darnos cuenta de que somos corresponsables de la deriva de deconstrucción que lleva el país en lo que se refiere al arte, la cultura y la identidad nacional.
Con cuánto orgullo avistamos a un talento nacional que triunfa en el extranjero; sin embargo, aquí no somos capaces de identificarlo y formarlo. Cuando en algún caso sucede que un artista culmina su formación, somos tímidos para defender ese talento y ofertarle condiciones para su profesionalización, o también para que sea representante o embajador natural de nuestro orgullo identitario y, así, colocarlo como exponente de lo que somos como dominicanos en cualquier área en la que se destaque. Lo más triste es la huida temprana del talento, finalmente, que por falta de oportunidades abandona el país. Los perdemos para siempre, salvo alguna que otra excepción.
Tenemos un Ministerio de Cultura de la República Dominicana que alberga todas las instituciones culturales y artísticas del país, con un firme propósito fundamental por el cual se crea: la custodia y conservación de todo el acervo patrimonial tangible e intangible, la difusión del mismo, la formación y profesionalización del talento nacional, así como unir y proteger a toda la clase artística y cultural del país. No es un propósito sencillo, pero sí posible; definitivamente, es el refugio de toda nuestra identidad, la que nos posiciona únicamente como dominicanos.
Por tanto, se hace urgente que todos los insumos utilizados para producir arte estén exentos de impuestos, como mecanismo prioritario para abaratar los costos de producción de esta elevada actividad. Es decir, que con esta acción se pueda facilitar a la clase artística y cultural la producción de la obra creativa en sentido general para su legado. Sin embargo, operar cultura desde el Estado hoy es lo mismo que hacer un negocio empresarial. Imagínese que nos llaman industrias culturales para una economía naranja. Ignorantes quienes califican al arte como fábricas de productos y no como lo que verdaderamente significa e interpela: el alma de todo un pueblo.
Hoy, nosotros, los artistas de este país, nos encontramos en el umbral más vergonzoso, lamentable y desesperanzador. Ante la crisis económica y el deterioro de la canasta básica, el pluriempleo que campea en el diario vivir de un músico, un bailarín, un teatrista, un pintor, un artesano y pare de contar, definitivamente entorpece la actividad creadora y de producción artística. El derecho a una vida digna se hace más estrecho cada día; de manera que se ha quebrantado la inspiración, motor del talento. La lucha de titanes contra el diario vivir y el intento de no sucumbir llevan finalmente al abandono de la sublime actividad.
Nuestros artistas estelares, las grandes figuras de la escena, de la plástica o igualmente de las letras, casi siempre terminan sus vidas prácticamente en la indigencia, sin respaldo de ningún tipo, ni público ni privado. Sin embargo, todos nos beneficiamos de sus obras durante sus vidas, y su legado vivirá por siempre en el país y fuera de él. ¡Somos ingratos! Cuánto recibimos a cambio. Salvo muy contadas excepciones, quienes logran el éxito fuera del país ven cómo sus vidas cobran otro quilate. Qué paradoja.
Veo con tristeza cómo siempre se usa al artista para necesarios propósitos de entretenimiento banal, para alguna recreación puntual o para un momento de mera distracción, y no como actividad transversal merecedora de admiración y reverencia, capaz de impactar todos los órdenes de la vida. Digo esto en el sentido de que hay una grandísima población, a todos los niveles, ignorante del trabajo y de la formación profunda, difícil y costosa de un artista. Un hacedor de arte es un consagrado y no puede dedicarse más que a su misión. Esta actividad es un campo santo de ingenio e inspiración; no podemos someter a sus cultores a las preocupaciones mediáticas de la vida común. El desconocimiento de cómo se comportan quienes están llamados a velar por la causa despliega todo un manantial de desprecio hacia la más excelsa de las manifestaciones del ser humano: su desdoblamiento hacia lo artístico.
La clase cultural está en cuidados intensivos: olvidada, mancillada, politizada, secuestrada, sin oportunidades y, por tanto, desahuciada. Darnos cuenta y levantar la voz, avergonzados de todo lo que se ha soportado por décadas, hace aguas hoy. La pérdida de fe en el accionar desde el propio Ministerio de Cultura de la República Dominicana humilla hasta al más pequeño de los que aspiran a ser algún día profesionales del arte en la República Dominicana.
Pordioseros es la condición actual de nuestros representantes del arte: cuasi fallecidos, en un clamor permanente que no se oye en las esferas del poder. Nuestras instituciones culturales están desapareciendo por el deficiente manejo de sus direcciones. Huyendo están nuestros noveles artistas. Las escuelas de formación artística del interior nos hacen fruncir el ceño de preocupación; se percibe una gran pobreza académica con la que se desempeñan maestros y estudiantes. Mendigos: a eso nos han de llevar, dentro del plan macabro de este gobierno para finalmente desaparecer.
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