"El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca." (José Martí)
El 21 de enero de 1924, falleció Vladimir Illich Uliánov (alias Lenin), dirigente máximo de la Revolución Rusa, sucumbiendo a una serie de dolencias exacerbadas por un intento de asesinato por parte de Fanny Kaplán (1887-1918), militante del Partido Social-Revolucionario, fuerza rival del Partido Bolchevique liderado por este. Poco después se desató una fuertísima polémica al interior del partido descabezado, entre dos revolucionarios rivales: León Trotski (1879-1940) y José Stalin (1878-1953).
La polémica giró en torno a una cuestión teórica acerca de si el socialismo es posible en un solo país o si necesita de su internacionalización revolucionaria para consolidarse como tal. La primera posición era defendida por Stalin, para ese entonces secretario general del partido, mientras que la segunda era reivindicada por Trotski, quien había dirigido triunfantemente al Ejército Rojo en la guerra contra las fuerzas contrarrevolucionarias entre 1917 y 1923.
Sabemos muy bien que Stalin "resolvió" esta polémica por medio de la fuerza bruta y no de la argumentación racional. Primero, Stalin expulsó a su adversario Trotski del Politburó en el año 1926 y posteriormente del partido en 1927. Luego lo exilió a Kazajistán y finalmente lo deportó de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1929. Con el paso del tiempo, el déspota sanguinario que se hizo con el poder en la URSS en contra de los deseos de Lenin exterminó a casi toda la familia de Trotski, hasta lograr enviar un espía a asesinar a su más grande adversario en México, en agosto de 1940.
El 14 de junio de 1928, nació en la ciudad de Rosario, Argentina, otro socialista revolucionario que comprendería bien —al igual que Trotski— la necesidad histórica del internacionalismo proletario: Ernesto "Che" Guevara de la Serna. Ejecutado el 9 de octubre de 1967 por el ejército boliviano bajo órdenes de los servicios de inteligencia estadounidenses, Guevara murió luchando por expandir la Revolución Cubana de 1959 a todo el planeta, particularmente la región latinoamericana.
En su momento, la Revolución Cubana —dirigida por el Dr. Fidel Alejandro Castro Ruz (1926-2016)— marcó un hito histórico en todo el continente, inspirando a incontables revolucionarios y revolucionarias que, al igual que en Cuba, se veían en la resistencia contra las fuerzas brutalmente dictatoriales y derechistas respaldadas por el imperialismo estadounidense en sus respectivos países. Poco después de asumir el poder, Castro implementó una larga serie de medidas progresivas en perjuicio de las élites que gozaban de total impunidad en sus actividades explotadoras y criminales en la pequeña isla caribeña, aupadas por la terrible represión de la sanguinaria dictadura de Fulgencio Batista (1901-1973), con pleno apoyo del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.
Como respuesta a estas significativas medidas, que buscaban beneficiar al grueso de la población mayoritaria de la isla, oprimida y empobrecida por una larga serie de gobiernos corruptos y represivos, el gobierno estadounidense —en ese momento presidido por la administración de Dwight D. Eisenhower (1890-1969)— impuso un nefasto bloqueo económico, comercial y financiero contra la República de Cuba en el año 1960. Desde entonces, este bloqueo ha pesado sobre el valiente y heroico pueblo cubano, manteniéndolo en pésimas condiciones materiales de existencia, a pesar de los esfuerzos del Estado posrevolucionario por aminorar los efectos de este a lo largo de los años.
No obstante, el gobierno de Castro también cometió una serie de gravísimos errores. El principal de estos fue subordinar al país económicamente ante la URSS, único socio comercial que se ofreció en aquel entonces a socorrer a la diminuta isla caribeña, frente al bloqueo impuesto por los Estados Unidos. Guevara había señalado que la URSS, en aquel entonces, tras décadas de estalinismo, se había tornado una superpotencia degenerada que había traicionado todos los principios del socialismo y se convertiría en una fuerza tan imperialista con respecto a Cuba como lo habían sido los Estados Unidos por décadas anteriores a la revolución.
La propuesta alternativa de Guevara fue unificar a Cuba junto a los demás países del llamado "Tercer Mundo", en búsqueda del auténtico desarrollo económico y social, creando un frente unido tanto contra el imperialismo estadounidense como contra el soviético. En parte como producto de estas discrepancias con el líder máximo de la revolución, el internacionalista Guevara optó por exportar la misma a países tan lejanos como el Congo y Bolivia, fracasando a fin de cuentas en ambos intentos debido a una estrategia militar errónea que le conduciría a la muerte.
Otro error del Estado posrevolucionario cubano encabezado por Castro fue desarmar a la población de la isla e instaurar un régimen represivo que continúa hasta el día de hoy. Si bien es cierto que la Revolución Cubana se ha hallado desde sus inicios en circunstancias extremas de hostigamiento por parte de su poderosísimo e inescrupuloso vecino del norte, esta cayó en la trampa tendida por su histórico enemigo, que buscaba —por medio del terror y el bloqueo— forzar al Estado cubano a recurrir a medidas cada vez más represivas para conservarse en el poder, alienando al propio pueblo que deseaba defender.
Eventualmente, esta brutal lucha entre los gobiernos cubano y estadounidense culminó en un agresivo proceso de restauración capitalista entre los principales sectores de la economía de la isla, que, siguiendo el modelo unipartidista de la URSS y demás países del mal llamado "socialismo real", se burocratizó y corrompió casi por completo. Todo esto evidencia la razón que tenían revolucionarios como Trotski y Guevara —los más grandes internacionalistas proletarios del siglo XX— con respecto a la necesidad de expansión internacional de los proyectos socialistas, so pena de sufrir degeneraciones y retrocesos en sus propósitos.
Sin embargo, las crecientes tensiones entre la administración Trump en Estados Unidos y el Estado cubano dirigido por Miguel Díaz-Canel (n. 1960) no deben interpretarse como una simplista lucha entre democracia y autocracia. El psicópata demencial que encabeza actualmente al gobierno federal estadounidense, así como sus secuaces, tales como el secretario de guerra Pete Hegseth (n. 1980) y el secretario de Estado Marco Rubio (n. 1971), no tienen en mente en lo absoluto los mejores intereses de los cubanos y las cubanas, por más que pretendan revestir sus declaraciones públicas de lenguaje épico en favor de la libertad.
En realidad, se trata de nada más ni nada menos que de un patrón histórico que venimos observando desde hace décadas en la conducta de la superpotencia más mortífera en la historia de nuestra especie: brutales sanciones económicas contra los países que le interesa intervenir, propaganda política contra sus gobiernos y, finalmente, intervención militar cuando lo considera necesario. Este patrón lo hemos visto anteriormente en los casos de Irak e Irán, y es el mismo guion que ahora está alcanzando su punto más álgido en el caso de Cuba.
Para bien o para mal, y con todos sus aciertos y desaciertos, la República de Cuba sigue representando los viejos sueños e ideales traicionados de la revolución socialista en nuestro continente. Su enemigo histórico ha logrado sabotear su proceso de la manera más terrible a lo largo de los años, desde su inicio el 1 de enero de 1959. A pesar de que el socialismo ha retrocedido por completo en el país, esta pequeña y valiente isla caribeña ha persistido siempre en sobrevivir a los duros embates del imperialismo más criminal de la historia. Si bien es cierto que, por el momento, se ha efectuado una gigantesca restauración capitalista en la isla —producto del aislamiento inducido por el bloqueo y todas las demás agresiones perpetradas por los Estados Unidos—, el camino adelante no pasa para nada por una intervención militar estadounidense.
Debería quedar claro para todo el mundo, especialmente tras el fiasco del secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro (n. 1962) —que mantuvo intactas las estructuras y el sistema tiránico completo del país latinoamericano, solo que ahora plenamente subordinadas al imperialismo estadounidense—, que los Estados Unidos de Norteamérica no representan ni han representado nunca la libertad ni la democracia para el resto de los pueblos del planeta, y ni siquiera para la gran mayoría de su propia población. Ahora, con el psicópata Donald Trump (n. 1946) encabezando a esta decadente superpotencia y llevando su lógica destructiva a sus últimas consecuencias, es evidente que el único interés del imperialismo norteamericano consiste en "liberar" a los países para subyugarlos vilmente.
En el caso cubano, también, es más el peso histórico y simbólico de destruir a una diminuta isla que se atrevió a hacerle frente por décadas, atravesando todos los altibajos inevitables en la construcción de un proyecto socialista revolucionario que se encuentra actualmente ahogado hasta el límite por un genocidio en cámara lenta que ahora muestra su sanguinario desenlace final, que cualquier beneficio material directo que el imperialismo estadounidense podría extraer al asfixiar cruelmente a un pueblo tan resistente como el cubano. Y, si Trump comete el gravísimo error de iniciar una guerra franca y abierta contra Cuba, es indudable que el pueblo cubano sabrá defenderse, incluso a sangre y fuego. Y, además, quienes estamos firme e incuestionablemente del lado de la humanidad, sabremos apoyarlo.
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