En el mes del carnaval, cuando el país se cubre de colores, comparsas y discursos celebratorios, resulta oportuno, y necesario, detenerse a pensar qué hay detrás de esa fiesta que cada febrero nos convoca. Más allá del espectáculo, el carnaval es memoria, sátira, estética popular, ritualidad, identidad, alegría compartida y catarsis colectiva. Y es precisamente en este contexto donde cobra especial sentido reflexionar sobre la vida y obra de Dagoberto Tejeda Ortiz, uno de los intelectuales que más profundamente ha contribuido a que entendamos el carnaval y la cultura popular dominicana como algo más que una celebración pasajera.
Durante más de seis décadas, Dagoberto Tejeda, sociólogo, investigador. escritor y folclorista, ha dedicado su vida a estudiar, interpretar y defender la cultura popular dominicana desde una perspectiva crítica, científica y comprometida. Su trabajo no se limita a describir tradiciones: las analiza como expresiones vivas de la historia social, la memoria colectiva y las tensiones que atraviesan a la nación. A lo largo de su trayectoria ha recibido múltiples reconocimientos, entre ellos la Orden del Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, lo que confirma que su impronta ha sido reconocida también de manera oficial.
Tejada no es un folclorista ornamental. No se conforma con exhibir máscaras, ritmos o rituales como piezas de museo. Su enfoque parte de una premisa clara: la cultura popular es un sistema complejo donde confluyen poder, resistencia, identidad y sentido de pertenencia. Desde ahí ha construido una obra que obliga a repensar el folclore más allá del consumo superficial que cada año se repite y se olvida.
Su investigación sobre el carnaval dominicano marca un antes y un después en la forma de entender esta manifestación. Donde antes predominaba una mirada meramente festiva o turística, Tejeda introdujo una lectura histórica y sociológica: el carnaval como espacio de transgresión simbólica, de crítica social y de reelaboración de la memoria colonial, africana y europea. Gracias a ese enfoque, el carnaval dejó de ser solo una fiesta popular para convertirse en patrimonio cultural y objeto legítimo de estudio académico.
Algo similar ocurrió con la música popular. Cuando géneros como la bachata eran marginados y considerados expresiones menores, Dagoberto Tejeda los abordó con rigor intelectual, demostrando que en sus letras y melodías se expresaban procesos sociales profundos: migración, exclusión, afectividad popular y construcción de subjetividades. Hoy, cuando esos géneros representan al país en escenarios internacionales, conviene recordar que hubo quienes los defendieron cuando no otorgaban prestigio ni reconocimiento.
Uno de los aportes más relevantes de Dagoberto Tejeda ha sido su vínculo con la Universidad Autónoma de Santo Domingo, esta casa de altos estudios desde la cual contribuyó decisivamente a institucionalizar la reflexión cultural. Como director de Cultura de la UASD, impulsó una visión crítica del quehacer cultural universitario, articulando investigación, extensión y compromiso social. En la actualidad, su trayectoria ha sido reconocida con la distinción de Profesor Meritísimo de la UASD, un título que honra no solo su labor docente, sino su impacto intelectual y ético en la vida universitaria.
Tejeda concibe el folclore como un ecosistema cultural, no como una reliquia inmóvil. Para él, las tradiciones evolucionan, dialogan con la modernidad y se transforman sin perder su raíz. Esta visión desmonta la idea de una identidad fija y esencialista, y propone una dominicanidad dinámica, contradictoria y en permanente construcción.
Su legado tampoco se limita al ámbito académico. Como gestor cultural, fue pieza clave en la creación y fortalecimiento de instituciones dedicadas a la preservación del patrimonio inmaterial, como el Instituto Dominicano del Folklore y el Museo del Carnaval Dominicano. En estos espacios, su pensamiento se tradujo en acción, demostrando que investigar la cultura implica también defenderla.
En tiempos de globalización acelerada, donde la identidad corre el riesgo de diluirse entre consumos rápidos y narrativas vacías, la obra de Dagoberto Tejeda adquiere una vigencia particular. Y quizás por eso, en pleno mes del carnaval, su pensamiento resulta aún más pertinente: nos recuerda que celebrar sin comprender es una forma sutil de olvidar.
Desde una experiencia profesional y personal en el ámbito artístico y cultural, como exdirector de Cultura Interino de la UASD y actual docente de la Escuela de Crítica e Historia del Arte de la Facultad de Artes, puedo afirmar que la impronta de Dagoberto Tejeda no es abstracta ni retórica. Su pensamiento ha influido de manera concreta en la forma de concebir la gestión cultural universitaria, entendida no como una simple agenda de actividades, sino como ejercicio de conciencia crítica y responsabilidad social.
Reconocer a Dagoberto Tejeda no debería ser solo un homenaje individual. Debería servir para replantearnos el lugar que ocupa la cultura en las políticas públicas, en la educación superior y en el debate nacional. Porque mientras la cultura siga siendo tratada como relleno y no como fundamento, seguiremos celebrándonos sin comprendernos.
Dagoberto Tejeda entendió hace tiempo que la cultura no se improvisa ni se decreta: se estudia, se piensa y se defiende. Y febrero, mes del carnaval, es un buen momento para recordarlo.
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