La Revolución Cubana nació como una promesa de dignidad frente a la desigualdad, la dependencia externa y la humillación histórica. Encarnó un sueño de justicia social que sedujo a generaciones dentro y fuera de la isla, especialmente en los pueblos del Sur global que vieron en ella la posibilidad real de una emancipación frente al colonialismo, el imperialismo y las élites locales subordinadas. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese horizonte liberador fue siendo sustituido por una lógica de cerrazón doctrinaria que terminó confundiendo la defensa del proyecto con la negación de toda crítica. El ideal se fosilizó. El poder se volvió autorreferencial. La utopía, en lugar de dialogar con la complejidad del mundo, se atrincheró en una narrativa única que convirtió la disidencia en traición y la pluralidad en amenaza.
La patología del encierro ideológico aparece cuando un proyecto histórico deja de dialogar con la realidad y comienza a dialogar únicamente consigo mismo. En el caso cubano, el bloqueo externo ha sido real, prolongado y brutal, y ha tenido efectos económicos devastadores. Pero también ha funcionado como coartada permanente para no revisar errores internos, rigideces estructurales, ineficiencias productivas y déficits democráticos acumulados. El Estado pasó progresivamente de ser instrumento de transformación social a convertirse en fin en sí mismo. La planificación se transformó en dogma. La escasez dejó de ser una anomalía para convertirse en normalidad administrada.
La épica revolucionaria terminó justificando el sacrificio indefinido de la vida cotidiana, como si el futuro siempre estuviera por llegar y nunca pudiera ser exigido en el presente. Toda ideología que se clausura termina convirtiéndose en prisión. Cuando un proyecto político no admite corrección, aprendizaje ni alternancia, pierde su legitimidad moral.
Cuba no fracasó por haber soñado demasiado alto, sino por negarse a revisar el sueño a la luz del tiempo histórico y de las transformaciones del mundo. El resultado ha sido una sociedad profundamente educada, con alta conciencia política y sentido de dignidad, pero atrapada entre la lealtad simbólica y la frustración material. El drama cubano no es solo económico ni político, es existencial. Es el drama de un pueblo al que se le pidió resistir sin fecha de vencimiento, mientras el proyecto que debía servirle dejó de escucharlo.
Esta quiebra de un proyecto histórico concreto ha sido utilizada de manera interesada por la ideología del capitalismo para legitimarse a sí mismo como modelo válido, natural e inevitable. El fracaso cubano ha sido presentado como prueba definitiva de la inviabilidad del socialismo, ocultando deliberadamente que el capitalismo ha operado históricamente como una poderosa maquinaria de reproducción de pobrezas, desigualdades y dependencias en África, América Latina y amplias regiones de Asia. La narrativa dominante ha reducido la complejidad histórica a una caricatura funcional a los intereses del poder global.
Un análisis histórico riguroso desmonta esa pretensión. Han sido numéricamente mayores las dictaduras sostenidas, promovidas o toleradas por regímenes capitalistas que aquellas vinculadas a proyectos socialistas. Golpes de Estado, regímenes militares, represión sistemática y violaciones masivas de derechos humanos han sido prácticas recurrentes en países insertos en la órbita del capitalismo periférico, muchas veces con el aval directo o indirecto de las grandes potencias económicas. Lejos de ser anomalías, estos fenómenos han sido expresiones estructurales de un sistema que prioriza la estabilidad de los mercados y la protección de intereses corporativos por encima de la vida y la soberanía de los pueblos.
Asimismo, los países capitalistas centrales han sido protagonistas fundamentales de guerras, intervenciones militares y genocidios a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Desde las guerras coloniales hasta las invasiones contemporáneas, la violencia ha sido un instrumento recurrente de expansión y control global. Estas guerras no han sido accidentes de la historia, sino componentes constitutivos de un orden económico que necesita asegurar territorios, recursos, rutas comerciales y hegemonía geopolítica.
En este contexto, el capitalismo no puede presentarse como modelo alternativo frente al socialismo, y mucho menos como horizonte ético universal. Su lógica de acumulación ilimitada, su tendencia a mercantilizar todas las dimensiones de la vida, su incapacidad estructural para erradicar la pobreza y la desigualdad, y su responsabilidad directa en la crisis ecológica global lo descalifican como proyecto civilizatorio. La promesa de bienestar que ofrece es selectiva, excluyente y profundamente desigual.
Frente al dogmatismo del socialismo cerrado y a la violencia estructural del capitalismo desregulado, la socialdemocracia emerge camino posible y viable, pero no como una utopía complaciente, sino como una tradición política que ha demostrado, con todas sus tensiones y límites, que es posible combinar democracia plural, justicia social, economía mixta y políticas públicas orientadas a la reducción real de la desigualdad. Su valor no reside en haber abolido el conflicto, sino en haberlo canalizado institucionalmente, reconociendo derechos, ampliando libertades y subordinando el mercado a la vida.
Reivindicar hoy la socialdemocracia es reivindicar la política como espacio de mediación ética, la democracia como práctica viva y el Estado como garante del bien común, frente a los encierros ideológicos y los mercados sin rostro que han dejado demasiadas víctimas en su camino.
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