Juan Luis Guerra le cantó al campesino que soñaba con que la abundancia cayera del cielo para que en el conuco no se sufriera tanto. El conuco era dominicano, pero el sueño no conoce fronteras. Podía pertenecer también a quien siembra en Brasil, recoge café en Colombia o espera la lluvia en el Corredor Seco de Centroamérica.

En América Latina y el Caribe no ha llovido café, pero el hambre disminuye desde hace cinco años. República Dominicana es el país más reciente de la región en salir del mapa mundial del hambre. Redujo la subalimentación desde más del 21% a comienzos de siglo hasta menos del 2,5% de su población, el umbral internacional para alcanzar la categoría de hambre cero.

Es una conquista que merece celebrarse. También plantea una responsabilidad: permanecer allí. Un país que alcanza hambre cero no puede permitirse retroceder.

Brasil demuestra que la advertencia no es teórica. Salió del mapa del hambre en 2012, volvió a entrar cuando la subalimentación aumentó durante los años siguientes y consiguió salir nuevamente. Para lograrlo recuperó y fortaleció políticas como las transferencias a las familias, la alimentación escolar, las compras públicas a pequeños agricultores y el aumento del salario mínimo.

Hambre cero no es un diploma permanente que se cuelga en una pared. Es una condición que debe protegerse cada día. Una red puede tardar décadas en construirse y comenzar a debilitarse cuando cambian las prioridades.

El movimiento contrario puede observarse ahora en Estados Unidos. En 2024, cerca de 48 millones de personas vivieron en hogares con inseguridad alimentaria. En casi uno de cada cinco hogares con niños hubo momentos en que faltaron el dinero o los recursos para adquirir suficiente comida.

A pesar de esa realidad, una reforma aprobada en 2025 amplió los requisitos laborales, restringió la elegibilidad y modificó el cálculo de los beneficios del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, conocido por sus siglas en inglés como SNAP. La Oficina de Presupuesto del Congreso anticipa que los cambios reducirán el número de participantes y el gasto federal en el programa.

Eso no significa que quienes pierdan la asistencia hayan mejorado sus ingresos o dejado de necesitarla. Algunas personas sencillamente quedarán fuera. Retirar una ayuda no elimina la necesidad que la hizo indispensable.

Las ayudas tampoco pueden ser la única respuesta. Combatir el hambre exige empleos, mejores salarios, educación, producción agrícola y condiciones que permitan a las familias sostenerse con sus propios ingresos. Pero mientras esas condiciones no existan para todos, debilitar la red puede convertir el progreso en retroceso.

Llegar a hambre cero, sin embargo, tampoco completa el camino. La estadística responde una pregunta fundamental: si la inmensa mayoría de la población consume las calorías mínimas necesarias. Después comienzan otras. ¿Puede comer bien? ¿Puede hacerlo todos los días? ¿Tiene la certeza de que también comerá mañana?

Durante mucho tiempo, en República Dominicana y otros países del Caribe, la salud parecía poder medirse a simple vista. Estar "gordo y colorao" era estar bien comido, saludable y hasta próspero. Hoy sabemos que las apariencias pueden engañar. Una persona puede ingerir suficientes calorías y, al mismo tiempo, sufrir deficiencias nutricionales, obesidad, diabetes o hipertensión.

El mundo ofrece una medida de esa distancia. Alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre en 2025. Pero la cifra crece hasta casi 2.700 millones cuando la pregunta deja de ser si consumen suficientes calorías y pasa a ser si pueden costear una dieta saludable. Casi una de cada tres personas puede llenar la barriga sin necesariamente alimentar bien el cuerpo.

El problema no siempre es la falta de alimentos. América Latina y el Caribe producen suficiente para cubrir ampliamente sus necesidades. Los productos pueden existir en los campos y los supermercados, pero permanecer fuera del alcance de quien no tiene cómo comprarlos. Una fruta disponible no es necesariamente una fruta accesible. Tampoco lo es una porción de carne, pescado o vegetales cuyo precio obliga a sacrificar otra necesidad del hogar.

Se dice que barriga llena, corazón contento. Pero mantener contento —y saludable— el corazón de una población requiere mucho más que llenarle la barriga hoy.

Requiere avanzar desde la cantidad hacia la calidad y la estabilidad de la alimentación. Una familia puede alcanzar el consumo calórico mínimo con los productos que más rinden y, aun así, no tener acceso regular a proteínas, frutas y vegetales. Eso ayuda a explicar por qué la subalimentación y la obesidad pueden convivir en un mismo país, una misma comunidad e incluso una misma familia.

Mejorar el acceso implica convertir el alivio de hoy en alguna certeza para mañana. No basta con tener asegurada la cena de esta noche. Una familia necesita saber que podrá almorzar mañana y que la alimentación de sus hijos no dependerá de una ayuda ocasional o de lo que quede al final de la semana.

República Dominicana acaba de demostrar que las políticas sostenidas pueden cambiar una realidad que parecía permanente. Su próxima meta no debe consistir solamente en conservar un lugar fuera del mapa del hambre, sino en conseguir que comer saludable deje de ser un privilegio.

Porque la mejor receta contra el hambre no consiste únicamente en llenar la barriga hoy. Consiste en alimentar bien a una población y lograr que el almuerzo de mañana no dependa de que llueva café en el campo.

Pedro Tocuyo

Pedro José Tocuyo es periodista, publicista y estratega en comunicación. Colabora con organizaciones de la industria turística en proyectos de comunicación y mercadeo, experiencia que enriquece su mirada como columnista de política, economía, sociedad y tecnología en medios internacionales.

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