A lo largo de la historia humana, la violencia no solo ha sido un instrumento político o militar; también ha sido revestida de significado religioso. Este fenómeno aparece en culturas muy distintas y en momentos históricos muy separados. Con frecuencia se ha presentado como una misión divina, un sacrificio necesario o una defensa de lo sagrado. Reducir esta relación entre violencia y religión a sociedades consideradas “primitivas” o “bárbaras” sería repetir una vieja interpretación del evolucionismo antropológico del siglo XIX que hoy resulta insostenible.

Durante mucho tiempo, autores como Edward Burnett Tylor o James George Frazer interpretaron los sacrificios rituales y las guerras religiosas como rasgos propios de sociedades primitivas. Bajo esta mirada, la humanidad habría evolucionado desde una fase “mágica y violenta” hacia una civilización racional y moderna. Sin embargo, la historia demuestra que las sociedades llamadas civilizadas también han sacralizado la violencia.

El filósofo y antropólogo René Girard ofreció una explicación diferente. Según su teoría del “chivo expiatorio”, las sociedades canalizan sus conflictos internos mediante la identificación de una víctima que concentra las tensiones colectivas. El sacrificio de esa víctima, real o simbólico restablece temporalmente el orden social y adquiere un significado religioso. La violencia, en ese contexto, no aparece como simple destrucción sino como un acto ritual que da cohesión al grupo.

Este patrón se encuentra en múltiples culturas. En algunas sociedades mesoamericanas, como la civilización Azteca, los sacrificios humanos se integraban en una cosmología donde el equilibrio del universo dependía de alimentar a los dioses con energía vital. En diversas sociedades africanas precoloniales, ciertos rituales de sacrificio tenían funciones políticas relacionadas con la legitimidad del poder o la renovación simbólica de la comunidad.

Pero la sacralización de la violencia no es exclusiva de esas sociedades. En las tradiciones religiosas de Occidente también encontramos ejemplos claros. En el Antiguo Testamento aparecen relatos en los que la guerra se interpreta como cumplimiento de la voluntad divina. Las narraciones sobre el antiguo pueblo de Israel describen conflictos militares entendidos como parte de una historia sagrada, en la que Dios guiaba a su pueblo. Incluso la conquista de territorios ya habitados, como Canaán, era presentada como parte de un designio divino.

Los relatos sobre la conquista de Canaán bajo el liderazgo de Josuè muestran guerras presentadas como mandato divino. Estos textos reflejan una época en la que religión, identidad política y territorio formaban una unidad inseparable. Para quienes transmitieron esas narraciones, la guerra no era solo un conflicto político, sino un acto de fidelidad religiosa.

La historiadora de las religiones Karen Armstrong ha señalado que estos textos deben entenderse dentro de su contexto histórico. Las sociedades antiguas vivían en entornos donde la guerra era una realidad constante, y la religión servía para interpretar y dar sentido a esa experiencia.

Un caso aún más revelador de la relación entre religión y violencia aparece en la ejecución de Jesucristo. Según los relatos del Nuevo Testamento, Jesús fue condenado a muerte mediante crucifixión bajo la autoridad del gobernador romano Poncio Pilato, durante el dominio del Imperio Romano sobre Judea.  Su muerte fue el resultado de una compleja interacción entre tensiones religiosas y preocupaciones políticas.

Para ciertos líderes religiosos de la época, sus enseñanzas podían interpretarse como una amenaza doctrinal. Para las autoridades romanas, cualquier figura capaz de movilizar grandes multitudes podía representar un riesgo para el orden público. La crucifixión de Jesús muestra cómo religión, poder político y violencia pueden entrelazarse en un mismo acontecimiento histórico. Paradójicamente, ese acto de violencia se convertiría en el acontecimiento central del cristianismo.

Lejos de desaparecer en la modernidad, la sacralización de la violencia reaparece en contextos contemporáneos. En el conflicto de Medio Oriente, por ejemplo, organizaciones como Hamas han incorporado elementos religiosos en su discurso político en su enfrentamiento con el Estado de Israel. El lenguaje religioso transforma así un conflicto territorial y político en una lucha percibida como sagrada.

Pero la relación entre religión y violencia también aparece en contextos aparentemente alejados de la política o la guerra. En el mundo del narcotráfico, por ejemplo, algunos líderes criminales recurren a símbolos religiosos para legitimar o proteger sus actividades.

En México, ciertos narcotraficantes muestran devoción por Jesús Malverde, una figura popular que algunos consideran protector de quienes viven fuera de la ley. También se ha extendido la devoción a Santa Muerte, una representación simbólica de la muerte a la que algunos individuos piden protección, fortuna o supervivencia.

Estas prácticas no forman parte de las enseñanzas oficiales de instituciones religiosas, que han criticado repetidamente la relación entre estas devociones y el crimen organizado. Sin embargo, el fenómeno revela algo profundamente humano. Quienes participan en actividades violentas buscan construir una justificación moral o espiritual para sus acciones.

La historia muestra así un patrón persistente. La sacralización de la violencia no pertenece únicamente a culturas antiguas ni a sociedades consideradas “bárbaras”. Aparece en civilizaciones complejas, en religiones universales, en conflictos políticos modernos e incluso en redes criminales contemporáneas.

Comprender esta relación no significa afirmar que la religión sea necesariamente violenta. Significa reconocer que los seres humanos han utilizado lo sagrado para explicar, justificar o ritualizar la violencia. Y reconocer ese patrón puede ser el primer paso para impedir que, en el futuro, lo sagrado vuelva a convertirse en un lenguaje para legitimar el conflicto.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

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