El pasado viernes examinamos los aportes de Laudato Si para definir el perfil del egresado de una universidad católica, hoy veremos lo que nos brinda Fratelli Tutti. El propósito de estos artículos es clarificar cual es la nota distintiva de una universidad católica con relación a toda otra universidad.
Fratelli Tutti se publicó en un momento significativo de la humanidad cuando la humanidad llevaba enclaustrada varios meses debido al COVID y todavía no se tenía a la vista una cura. Curioso el dato, ya que muchos pregonaron que la experiencia dramática del aislamiento a que nos obligaban los Estados para enfrentar la enfermedad enseñaría a la humanidad a reconocer nuestra esencial igualdad y ser más solidarios unos con otros cuando superáramos el confinamiento. ¡Nada de eso ocurrió! Salimos de la pandemia con la guerra de Ucrania y año y medio después inició la terrible matanza del pueblo palestino ejecutado por el ejército de Israel ordenado por su gobierno. No mejoramos, empeoramos.
Previo a esos dos hechos Francisco iniciaba su Encíclica citando a Francisco de Asís: “escribía san Francisco de Asís (…) a todos los hermanos y las hermanas, y (les proponía) una forma de vida con sabor a Evangelio. De esos consejos quiero destacar uno donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él». Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”. Es el verdadero amor por el prójimo, no en cuanto próximo, sino en cuanto reconocimiento de su humanidad sin importar donde haya nacido o viva.
Por eso el subtítulo de la encíclica es “sobre la fraternidad y la amistad social”. Y lo explica claramente citando de nuevo a Francisco de Asís: “sólo el hombre que acepta acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos, se hace realmente padre”. Un antecedente hermoso del mensaje de los dominicos en el adviento del 1511 en Santo Domingo.
Es importante destacar que ambas encíclicas forman un cuerpo coherente, Laudato Si y Fratelli Tutti, no solo por ser inspirados ambos en el Santo de Asís, sino porque en ambos se tocan temas del otro. La responsabilidad por la naturaleza y por cuidar del otro es un solo acto y una única identidad del que se confiesa cristiano. Ambos temas, no es por azar, chocan de frente con la agenda neoliberal que la humanidad vive desde finales del siglo pasado y que amenaza con destruir la naturaleza y hundir en la miseria y el genocidio a millones y millones de seres humanos.
Todo egresado de una universidad católica ha de asumir ambos compromisos: el cuidado de la biodiversidad del planeta y crear condiciones materiales y espirituales que fomenten la fraternidad entre todos los seres humanos. Estas perspectivas han de estar insertas en todo currículo universitario y en todo perfil profesional de egreso, sin importar el nivel y la disciplina en que se forma el alumno.
Debe ser ambos documentos un criterio central para escoger a los docentes y a su vez dirigir todo proyecto de investigación, divulgación y extensión de la universidad católica. Enfatizo que esos dos mensajes del Papa Francisco no están dirigidos a los católicos, ni siquiera a los cristianos, sino a todos los hombres y mujeres que pueblan nuestro planeta. Exigir el compromiso con ambas Encíclicas no puede entenderse como integrismo religioso en la articulación de nuestras universidades.
Como parte de ese perfil del egresado debemos esforzarnos (siguiendo a Fratelli Tutti) en que los profesionales que salen de nuestras universidades no sean presa del individualismo, que no favorezcan la cultura del descartes, que enfrenten las desigualdades económicas que priorizan el capital sobre la persona, y que no se dejen seducir por los nacionalismos cerrados. El chovinismo es una patología social terrible. Es inconcebible que un profesional que salga de nuestras instituciones esté dedicado al servicio del enriquecimiento de las minorías o se alinee con la xenofobia o el racismo.
Es provechoso entusiasmar a nuestro alumnos a que se involucren en la política, ya que es una de las herramientas privilegiadas para conseguir mayor justicia y fraternidad. Una política al servicio del bien común, no del poder y menos de los poderosos, y que promueva modelos sociales y económicos que favorezcan la dignidad humana sobre la propiedad privada. De eso hay que hablar en las aulas de manera oportuna, definiendo nuestra identidad como universidad católica. Semejante a esto se debe defender el derecho de toda persona y toda familia a buscar una vida digna, incluso si eso implica moverse de su tierra natal, y como consecuencia de ello la necesidad de acoger e integrar a los migrantes que buscan en nuestra sociedad una vida digna. Nuestro obispos hablaron claramente de ello en el 1960 y en otras oportunidades.
No es posible esta fraternidad universal si no hay diálogo entre todos, de manera especial el diálogo intercultural y entre distintas creencias religiosas y sistemas filosóficos. La universidad católica debe ser siempre espacio para esa experiencia, que es la siembra de la fraternidad auténtica. No cabe en nuestro seno ninguna expresión de rechazo hacia personas que provienen de otras culturas y religiones, pero siempre apoyado en el diálogo fraterno y racional, reconociéndonos siempre en nuestra identidad católica que es lo que nos lleva a favorecer el encuentro y el diálogo.
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