Toda universidad católica ha de ser primero que todo una universidad, no es redundancia, ya que en las cuatro décadas que llevo viviendo como alumno, docente y administrador en el ámbito universitario católico me he topado con personas ajenas a la institución que reclamaban que fuera una suerte de tituladora de gente beata o peor aún, que asumiera discursos integristas que están muy lejanos de la Doctrina Social de la Iglesia y el humanismo cristiano. Usualmente esas solicitudes provienen de personas con bajo nivel educativo y que desconocen absolutamente lo que es una universidad, o militantes de extrema derecha. Este es un extremo.
El otro extremo es la de aquellos que consideran que la universidad católica debe centrarse en formar “recursos humanos” para el gran capital, sin “distraerse” con temas éticos o pensamiento crítico, reduciendo su labor a un conocimiento técnico especializado y “adatado” al sistema neoliberal que orquesta la realidad de la economía mundial. El modelo por competencias va en esa dirección. El egresado por tanto debería asumir una suerte de condición de privilegiado en una sociedad tan desigual como la nuestra e indiferente al sufrimiento de los más pobres. Este perfil convierte en inútil la calificación de católica, ya que cualquier universidad de capital privado tiende a desarrollar ese perfil de egresado.
¿Qué es entonces una universidad católica? Tenemos dos grandes documentos que iluminan nuestra misión institucional. El primero, ampliamente conocido, es Ex Corde Ecclesiae del año 1990. El otro es más reciente: Veritatis Gaudium, del 2017. Del primero es bueno señalar que impulsa la calidad académica, la libertad de cátedra responsable y la formación de los estudiantes orientados hacia el bien común y el servicio a los más vulnerables. La universidad católica no está para promover el neoliberalismo, ni formar herramientas humanas para satisfacer la codicia de los grandes capitales. El núcleo duro de la universidad católica es por tanto la búsqueda de la verdad, la defensa de la dignidad humana y en consecuencia el mensaje de Cristo.
El segundo documento está orientado principalmente a la formación en las Universidades Eclesiásticas, pero aporta elementos importantes para toda educación superior católica. Enfatiza la necesidad de una formación interdisciplinar, válido para todas las áreas de conocimientos. La importancia de trabajar en equipo y a nivel más amplio formar redes de investigadores que permita horizontes teóricos más ricos y diversos. La relación entre teología y acción pastoral en este documento del 2017 se correspondería a que toda universidad católica debe investigar y formar profesionales en función de las necesidades de la sociedad (no del neoliberalismo) y en ella promover el desarrollo material y espiritual de los más necesitados.
¿Qué implicaciones tienen estas orientaciones pontificias en el currículo de las universidades católicas y el perfil de sus egresados? Lo primero es que la universidad católica está llamada, en función de su naturaleza y misión, a la formación con la mayor calidad posible de las habilidades éticas, humanísticas y sociales, por un lado, y la formación técnico-profesional del área disciplinar específica. El médico, abogado o ingeniero formado por una universidad católica debe ser capaz de ser un ciudadano comprometido con su comunidad, orientado a la justicia social y sensible a las necesidades de los más pobres, tanto como ser de los mejores profesionales de su área.
Para lograr esto el currículo universitario y los docentes e investigadores de la universidad católica deben estar vinculados a sus áreas disciplinares con el mayor nivel posible de calidad, con igual intensidad que con las cuestiones éticas, humanísticas y sociales. Esto se debe logar con una oferta sólida de cursos de ética, filosofía, teología, historia, sociología, política, literatura, artes y estudios generales. Sin importar la carrera que estudie el alumno debe ser expuestos a la reflexión más honda posible sobre la dignidad humana, el pensamiento crítico, la realidad social (local, regional y mundial) donde se desarrollará su actividad profesional y orientarse de manera trascendente en la vida.
Dos aspectos básicos en la formación de hombres y mujeres integrales como profesionales en el contexto de la universidad católica es la complementariedad de la experiencia de aula con actividades exteriores a la misma y ralentizar el tiempo de la experiencia universitaria.
Del primero hay muchos ejemplos. Obras de teatro, apreciación de la música y la pintura, expediciones a zonas históricas y naturales relevantes, conferencias y diálogos con figuras relevantes que contribuyan a una maduración de la óptica humana y profesional de los alumnos, incluso la experiencia internacional. Generar formas de servicio a las comunidades con carencias para que no todo sea teoría. Son muchos los testimonios de grandes líderes y profesionales que reconocen que esas experiencias los marcaron tanto o más que lo aprendido en aula.
De lo segundo hay mucho que analizar y decir. Hace algunas décadas se introdujo la tendencia de convertir a jóvenes en profesional a toda prisa, a veces en dos o tres años. Las universidades tienden elevar el stress de los alumnos y docentes con calendarios académicos de pocas semanas y sin tiempo para madurar reflexiones o ideas. Hoy sabemos que la adultez, a nivel del cerebro humano, se alcanza alrededor de los 30 años de edad, por lo que esa celeridad en titular a muchachos y muchachas no los convierte necesariamente en adultos. No tienen tiempo para pensar, para viajar, leer literatura o simplemente andar con amigos y amigas hablando de mil cosas. Aconsejo leer la Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación del 2024. ¡Mucho está perdiendo esta generación de estudiantes que sí tuvimos las anteriores!
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