La derrota de las grandes resistencias indígenas no significó el final de la oposición al dominio español en La Española. Significó algo militarmente más complejo: la transformación de la resistencia. Cuando las estructuras políticas de los cacicazgos dejaron de disponer de capacidad suficiente para movilizar grandes contingentes y disputar abiertamente el territorio, la confrontación comenzó a desplazarse hacia modalidades diferentes: fuga, refugio en regiones de difícil acceso, ataques localizados, rebelión y guerra irregular.

Durante las primeras décadas del siglo XVI, la estructura colonial se consolidó mediante ciudades, fortalezas, caminos, encomiendas, explotaciones agrícolas y centros mineros. El poder español aumentaba, pero no controlaba con igual intensidad todo el espacio insular. Las montañas, bosques y regiones apartadas constituían espacios donde la autoridad colonial encontraba mayores dificultades para ejercer vigilancia permanente.

Esta relación entre geografía y poder militar resulta fundamental. Controlar una ciudad o un camino no equivalía a dominar completamente una isla montañosa. El terreno podía convertirse en aliado de quienes escapaban del sistema colonial. Allí donde las fuerzas españolas necesitaban comunicaciones, abastecimientos y concentraciones de hombres, pequeños grupos podían sobrevivir mediante movilidad, conocimiento del terreno y dispersión.

A esa realidad se añadió una transformación demográfica decisiva. La disminución de la población indígena coincidió con la introducción creciente de africanos esclavizados. La sociedad colonial adquirió entonces una nueva composición y, con ella, aparecieron nuevas formas de resistencia.

La rebelión de africanos esclavizados ocurrida en diciembre de 1521 constituye uno de los primeros grandes episodios de esta nueva etapa. La respuesta de las autoridades demuestra que el problema no era solamente laboral. Desde la perspectiva militar, una población sometida podía transformarse rápidamente en fuerza insurgente cuando conseguía organización, movilidad y oportunidad.

Las ordenanzas dictadas posteriormente procuraron aumentar la vigilancia y reducir las posibilidades de nuevas rebeliones. La legislación se convirtió así en parte del dispositivo de seguridad colonial: controlar desplazamientos, reuniones y armas era también una forma de defensa.

Pero la fuga individual o colectiva planteaba otro problema. El esclavizado que escapaba de una hacienda y alcanzaba territorios difíciles de penetrar dejaba de encontrarse bajo control inmediato. Cuando varios fugitivos se agrupaban, podían constituir comunidades capaces de sobrevivir fuera del sistema colonial. El cimarronaje comenzaba de esta manera a adquirir dimensión estratégica.

El fenómeno no debe interpretarse únicamente como evasión. En determinadas circunstancias produjo espacios autónomos, redes de apoyo y grupos capaces de atacar propiedades, obtener alimentos y desafiar las comunicaciones. La autoridad colonial tenía entonces que perseguir adversarios que evitaban presentar batalla convencional.

Aquí aparece una característica que acompañará buena parte de la historia militar dominicana: el territorio como multiplicador de la resistencia. Montañas, bosques y caminos secundarios permitían a fuerzas inferiores compensar parcialmente su debilidad material mediante movilidad, información y conocimiento geográfico.

La resistencia indígena tampoco había desaparecido completamente. Su expresión más importante surgiría precisamente en un territorio donde esas condiciones alcanzaban extraordinaria importancia: las montañas del Bahoruco.

Allí, Enriquillo convertiría una rebelión localizada en un prolongado problema militar y político para las autoridades españolas. Su resistencia demostraría que una fuerza numéricamente inferior podía sobrevivir durante años si evitaba combatir según las reglas del adversario, aprovechaba el terreno y obligaba al poder superior a soportar los costos de una guerra prolongada.

La historia militar de La Española entraba así en una nueva fase. Ya no se trataba únicamente del choque entre grandes agrupaciones indígenas y expediciones españolas. Aparecía una forma distinta de confrontación: dispersa, móvil, territorialmente adaptada y difícil de eliminar mediante una victoria convencional.

En el próximo artículo examinaremos precisamente esa experiencia: “Enriquillo y la guerra de las montañas: territorio, desgaste y negociación en el Bahoruco”. Veremos cómo el espacio geográfico se convirtió en arma, cómo funciona una resistencia prolongada y por qué la Corona terminó recurriendo a la negociación allí donde la fuerza no había conseguido una solución definitiva

Justo Del Orbe

General retirado

Justo Del Orbe Piña, Gral. ®, Ejercito de República Dominicana, Historiador Militar. Geo-politólogo.

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