En las ciencias políticas clásicas, especialmente en el realismo internacional, se asume que los estados son actores racionales que maximizan su interés propio dentro de un sistema de restricciones estructurales. Ese marco sirve para explicar guerras, alianzas, sanciones y tiras y aflojas comerciales (push and pull). Pero algo ha cambiado en las últimas tres décadas: la clase política occidental —en especial en Estados Unidos y Europa— ha incorporado una mezcla de ideología moralizante y arrogancia histórica que distorsiona la racionalidad que el realismo económico predica y la teoría de juegos requiere.

Más que una supuesta “ideología liberal”, lo que en realidad alimenta comportamientos aparentemente irracionales en Washington y Bruselas es una mezcla de arrogancia y supremacía moral: la creencia de que la estabilidad global sólo puede basarse en la hegemonía occidental y en la expansión de valores democráticos liberales. Si esta arrogancia no se reconoce como tal, se interpretará todo conflicto externo como una batalla entre “bien” y “mal” en lugar de comprenderlo como una lucha por recursos, mercados y ventaja estructural en el sistema internacional.

Estados racionales vs élites ideológicas

La teoría de juegos no descansa sobre la fe en la bondad o maldad, ni en ideales abstractos. Parte de la premisa de que cada jugador es consciente de sus restricciones y responde de forma consistente a incentivos y penalizaciones. En ese sentido, China no responde —como actor estatal— a marcos morales externos, sino a señales que afectan sus capacidades económicas, su soberanía y su posición en la jerarquía global.

Por contraste, buena parte de la clase política euroatlántica —formada bajo la idea de su propio modelo como expresión del progreso universal— tiende a confundir interés nacional con expansión normativa. Este enfoque conduce a decisiones que, desde un punto de vista estrictamente racional, resultan difíciles de justificar si el objetivo real es maximizar el bienestar nacional.

Venezuela: no es energía, es restricción estratégica a China

Venezuela es paradigmático. Más allá de la retórica mediática que lo presenta como un intento por “recuperar petróleo” o “modernizar la infraestructura energética” —objetivos que, en términos puramente económicos, requieren décadas de inversión costosa y no producirían beneficios rápidos— el objetivo estratégico verdadero es restringir el acceso de China a recursos clave.

No se trata simplemente de explotar hidrocarburos sino de bloquear un actor rival dentro del hemisferio occidental, obligándolo a depender de fuentes menos eficientes o más caras (como Rusia), debilitando su posición competitiva y forzándolo a seguir comprando dólares estadounidenses para asegurar su suministro energético.

Ese tipo de movimiento sólo se entiende desde una lectura que combina teoría de juegos con análisis estructural de poder y no con valores normativos. 

Arrogancia racionalizada: el caso de Occidente

Muchos analistas observan este fenómeno como si fuera una “ideología democrática exportable”. Pero, al despojarlo de su barniz moral, lo que queda es arrogancia racionalizada: la convicción de que la posición histórica de Occidente le da derecho a dictar normas en un sistema global que hoy es multipolar de facto.

Esa visión tiende a ignorar la reciprocidad de intereses. China no sólo quiere crecer: quiere asegurar sus rutas energéticas, diversificar sus reservas, y reducir su exposición al sistema monetario occidental. Eso explica por qué Pekín ha promovido mecanismos financieros alternativos, acuerdos bilaterales en monedas locales y estructuras de comercio fuera del dólar. Cuando los instrumentos económicos se convierten en armas políticas —como es el caso del dólar y los bonos del Tesoro— entonces emergen tensiones que no se resuelven con discursos moralizantes.

El impacto de la economía interna en la racionalidad estratégica

La teoría de juegos también reconoce que los incentivos internos moldean la conducta externa. Cuando un país atraviesa dificultades económicas internas, su lógica racional puede derivar en decisiones más arriesgadas o cortoplacistas.

En 2026, hay señales mixtas, pero preocupantes para Estados Unidos. El debate sobre inflación persistente, expectativas de recortes de tasas y incertidumbre sobre la independencia del banco central reflejan una economía en transición, con tensiones visibles en el mercado financiero y la política monetaria.

Al mismo tiempo, diversos pronósticos económicos sugieren que el riesgo de una recesión —aunque no dominante— sigue presente en las evaluaciones de algunos bancos globales, con estimaciones que apuntan a una desaceleración económica significativa.

En términos de teoría de juegos, una economía que percibe el agotamiento de su margen interno tiende a modificar su función de pago: deja de priorizar la estabilidad de largo plazo y comienza a buscar ganancias estratégicas inmediatas en el exterior. En ese contexto, una economía en deterioro interno tiende a externalizar la búsqueda de soluciones, precipitando respuestas geopolíticas agresivas, sanciones, tarifas y otras medidas destinadas a aliviar presiones domésticas, pero que en la práctica solo trasladan y amplifican los riesgos hacia el exterior.

China entre dos desafíos

Desde el punto de vista chino, la estrategia exterior también está condicionada por su economía interna. A pesar de expectativas de crecimiento moderado en 2026 —por ejemplo, alrededor de 4.5 %, aún por encima del promedio global— Pekín enfrenta desafíos estructurales como la moderación de la demanda interna, el ajuste de la balanza comercial y la gestión de sus sectores financiero e inmobiliario.

Para China, la racionalidad estratégica pasa por asegurar fuentes de energía diversificadas, mantener superávits comerciales y proteger sus reservas de exportación de presiones devaluatorias. Eso explica por qué Pekín ha promovido mecanismos como la internacionalización gradual del yuan y estructuras alternativas al sistema financiero occidental.

Cómo influirá la economía en 2026: escenarios en juego

Si se aplica teoría de juegos, el año 2026 puede desplegarse en varios escenarios plausibles:

  1. Racionalización cooperativa:

En este escenario, ambos polos principales —Estados Unidos y China— reconocen que su interdependencia estructural hace que el colapso conjunto sea el peor resultado posible. Esto podría traducirse en un acuerdo comercial y financiero pragmático durante la visita de Trump a Pekín, reduciendo tarifas y abriendo canales de diálogo económico.
Resultado: mercados más estabilizados, menor presión sobre el dólar, y crecimiento moderado.

  1. Conflicto escalado por estrés interno:

Si la economía estadounidense se debilita y la política doméstica radicaliza respuestas simplistas (proteccionismo, aranceles punitivos), Washington podría intensificar su presión sobre China mediante sanciones económicas y restricciones tecnológicas. Esto podría llevar a una espiral de contramedidas chinas, desde la venta selectiva de bonos del Tesoro hasta la aceleración de acuerdos sin el dólar como centro.
Resultado: volatilidad financiera global y fragmentación del sistema monetario.

  1. Estancamiento estratégico:

Ambas economías se mantienen resistentes, pero sin resolver sus tensiones profundas, resultando en un equilibrio precario donde las crisis regionales (Oriente Medio, África, América Latina) sirven como zonas de presión indirecta sin producir una escalada abierta entre superpotencias.
Resultado: geopolítica tensa, aunque sin confrontación directa.

Conclusión parcial: la racionalidad distorsionada por arrogancia

La clave para entender este año 2026 no es buscar patrones de valores ni idealismos morales, sino aplicar una lectura estructural y estratégica. La arrogancia occidental no invalida el análisis racional, pero sí lo distorsiona, al hacer que decisiones geopolíticas sean percibidas como guerras morales en lugar de interacción estratégica entre sistemas económicos y políticos.

En teoría de juegos, la zona de equilibrio existe sólo si ambos jugadores reconocen la interdependencia de sus estrategias. Si uno insiste en dominar en vez de cooperar, el resultado puede ser peor para ambos. Ese es el dilema del 2026.

La historia demuestra que los sistemas no colapsan cuando todos fallan, sino cuando los actores actúan sin comprender el juego de poder que están jugando.

Ariosto Sosa D´Meza

Resido en Praga, República Checa. Soy egresado de la Universidad Karolina de Praga. Estudie Massmedia y periodismo. También soy egresado de la Academia Cinematografica Checa Miroslav Ondricek. Me dedico como colaborador externo (freelance) para varios medios de comunicación checos. Entre ellos Radio Praga, la revista política semanal Reflex y colaboro en producción en el área de documentales con varios canales de televisión checos.

Ver más