Esto hay que decirlo bien alto y claro, sin rodeos: la cultura latinoamericana no vive solo en los libros. Nunca lo ha hecho.

Si leyéramos la región con un poco menos de solemnidad y un poco más de oído, veríamos que la cultura se mueve del barrio al mundo sin pedir permiso, sin notas al pie y sin traducción simultánea.

Eso pasa en Puerto Rico, en Santo Domingo, en Medellín, en Buenos Aires, en Ciudad de México y en Río.

Pasa en los audífonos, en el colmado, en la guagua, en el live, en el comentario caliente, en el barrio y en cada like.

Pasa, también, en lugares poco sacros.

Y ahí —nos guste o no— Bad Bunny y Alofoke, entre otros, juegan en primera.

Bad Bunny lo dijo sin vueltas, casi sin teoría: “Yo hago lo que me da la gana”.

Esa frase no es solo ego: es una posición cultural. No pedir permiso. No neutralizar el acento. No bajar el volumen para gustar.

Cantar desde el Caribe como se habla en el Caribe. Desde Vega Baja, sonando en Madrid, Bogotá, Santiago, Nueva York, Santa Clara y más allá.

Puerto Rico es chiquito en el mapa, pero gigante en la bocina.

Bad Bunny no canta como estrella distante. Canta como pana: triste, rabioso, enamorado, confundido.

Un día te dice “si veo a tu mamá” y al otro te desmonta el mito de que “el macho no llora”.

Eso, en esta región, remueve cosas.

Porque aquí al hombre le enseñaron a aguantar, no a sentir. Y de pronto, el tipo más escuchado del continente se pinta las uñas y dice que está roto.

Eso también es cultura. Aunque no pase por la universidad, ni por la esquina de los libros empolvados o la colina de los laboratorios.

Y ojo: Bad Bunny no se vuelve global por dejar de ser local. Se vuelve global por insistir en lo local.

Eso Martí lo sabía antes de Spotify: el mundo entra, sí, pero el tronco no se negocia.
El acento no se corrige. El barrio no se maquilla.

“Yo soy de aquí”, aunque el algoritmo sea mundial.

Ahora bien, si Bad Bunny es la voz que suena, Alofoke es la esquina por donde todos cruzan. Micrófono abierto. Debate prendido. Entrevista viral.

Alofoke entendió algo que muchos —intelectuales o no— no quisimos ver a tiempo: la cultura urbana no iba a pedir permiso para existir. Iba a crear sus propios medios, sus propias reglas y sus propias encrucijadas.

Desde Santo Domingo armó plataforma, industria y ruido.

Ahí se lanzan artistas, se caen, se pelean, se reconcilian.
Se mezclan dembow, reguetón, chisme, perretas, sexo, negocio y calle.

¿Es limpio? No. ¿Es ordenado? Tampoco. ¿Es real? Totalmente.

Y por eso importa.

Cuando Bad Bunny dice que República Dominicana fue de los primeros lugares donde se sintió querido, no es halago gratuito. Es frecuencia compartida.

Puerto Rico y Quisqueya vibran parecido: islas marcadas por colonia, goce, pobreza, desprecio y música como salvación.

Y Alofoke está ahí, no como poeta, sino como operador cultural.

El que conecta barrio con industria. El que hace sonar lo que otros no querían escuchar.

Nada de esto es nuevo.

Martí habló de pensar desde lo nuestro. Henríquez Ureña pidió rigor sin negar la realidad. Mariátegui recordó que no hay cultura inocente. Borges defendió mezclarlo todo sin culpa. Lezama apostó por la imaginación. Rama advirtió sobre el poder detrás del símbolo. Y Paz leyó las heridas, las rupturas y la soledad histórica.

Hoy, todo eso reaparece.

No en el ensayo. En el beat.

No en la biblioteca. En el stream.

No en la ciudad letrada. En la ciudad digital.

Bad Bunny no resuelve el lío latinoamericano: lo canta.

Alofoke no lo explica: lo prende.

En el ínterin, muchas aulas bailan de espaldas a la realidad. Y más universidades imprimen títulos ajenos a cualquier laboratorio, libro vivo o calle concreta.

Bad Bunny no soluciona esas tensiones: las vive. Y Alofoke no las teoriza: las administra.

Uno desde el escenario. El otro desde el medio.

Ambos muestran que la cultura latinoamericana de hoy no está solo en el aula vacía o el texto ilegible, sino también en el reguetón, el dembow, la entrevista viral y el debate caliente.

  1. Desde República Dominicana, entender esos fenómenos no es rebajarse. Es saber dónde está ocurriendo la conversación real.

La cultura no siempre habla fino. A veces grita. A veces se equivoca. A veces se contradice. Pero sigue siendo cultura. Y, como casi todo en América Latina,
no se trata de encontrar una esencia pura ni una respuesta final.

Se trata de habitar el choque: entre lo global y lo local, entre el barrio y el mundo, entre la bocina y el libro.

Ahí seguimos.

Pensándonos.

A todo volumen.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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