Las guerras no solo destruyen vidas, ciudades y países. También pueden destruir el alma: erosionar silenciosamente la capacidad de conmovernos ante el sufrimiento ajeno. Lo que ayer nos estremecía hoy apenas consigue detener nuestra mirada. Entre la reiteración del horror y la aparente normalidad de nuestras vidas, se revela una profunda contradicción. ¿Qué ocurre con nuestra conciencia cuando terminamos por aceptar como normal aquello que jamás debería serlo?
En la primera entrega de esta serie examinamos la fragilidad de la paz y la persistencia de la guerra, pese a las conquistas civilizatorias de la humanidad. Pero aquella reflexión dejaba abierta otra inquietud, acaso más perturbadora: lo que puede estar ocurriendo dentro de nosotros mientras la barbarie continúa desplegándose ante nuestros ojos. La exposición cotidiana a la violencia, la saturación informativa y la fugacidad de las noticias contribuyen a convertir las tragedias humanas en episodios pasajeros de nuestra atención. Una normalización que amenaza con debilitar nuestra sensibilidad moral y, silenciosamente, deshumanizarnos.
- Cuando el horror se vuelve costumbre
Las primeras noticias de una guerra suelen estremecernos. Despiertan indignación, compasión, miedo. Pero los días pasan, las imágenes se repiten, las víctimas aumentan y la tragedia continúa. La conmoción inicial, en cambio, comienza a disminuir. Lo extraordinario se vuelve cotidiano; lo insoportable, familiar. No porque el horror haya dejado de existir, sino porque nos vamos acostumbrando a su presencia.
Hay algo profundamente humano en esa capacidad de adaptación. Nadie puede permanecer indefinidamente consternado ante cada tragedia. La exposición reiterada al sufrimiento puede provocar agotamiento emocional, impotencia y mecanismos de protección frente a un dolor que sentimos distante y cuyas causas y consecuencias escapan, en gran medida, a nuestro control. No toda habituación, por tanto, constituye indiferencia.
Pero existe una frontera, a veces imperceptible, entre aprender a sobrellevar el horror y terminar aceptándolo como parte inevitable de la existencia. La atravesamos cuando las víctimas dejan de ser personas con historias, afectos y proyectos para convertirse en cifras que apenas consiguen conmovernos. Sabemos que otros sufren, pero ese conocimiento ya no logra interpelar nuestra conciencia. Está adormecida.
El peligro no reside en que nuestras vidas continúen mientras otros sufren. Reside en que lleguemos a vivir como si el sufrimiento, los abusos y las atrocidades de la guerra hubieran dejado de importarnos.
- Los mecanismos de la normalización
La habituación al horror también se alimenta de los mecanismos que contribuyen a normalizarlo. Vivimos expuestos a un flujo incesante de noticias, imágenes y relatos de violencia, donde una tragedia sucede a otra, hasta atragantarnos de información que apenas conseguimos digerir. Y seguimos tragando. En esa sucesión vertiginosa, el sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en un episodio más de nuestra rutina informativa. La guerra no desaparece; simplemente deja de ocupar nuestra atención.
Los medios de comunicación y las redes sociales desempeñan un papel ambivalente. Pueden revelar atrocidades, documentar abusos y movilizar la solidaridad, pero también trivializar el dolor cuando las imágenes de víctimas, ciudades e infraestructuras destruidas compiten con anuncios, entretenimiento y contenidos pasajeros. La tragedia se contempla, se comparte y se desplaza. A ello se suma cierta selectividad en nuestra compasión: no todas las víctimas reciben igual atención ni despiertan la misma indignación.
Pero la normalización adquiere una dimensión no solo inquietante, sino también indignante, cuando la destrucción se convierte en oportunidad de negocio. La producción y venta de armamentos, así como los contratos asociados a la reconstrucción, movilizan enormes intereses económicos. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), los ingresos de las cien mayores empresas de armamento y servicios militares alcanzaron en 2024 la cifra récord de 679,000 millones de dólares: casi seis veces el producto interno bruto de República Dominicana ese mismo año.
Mientras unos cuentan sus muertos, otros contabilizan sus ventas. Y acaso lo más perturbador sea la desinhibición con que pueden exhibirse esas oportunidades comerciales, como si el sufrimiento humano constituyera apenas un detalle secundario. Hasta del horror se hace negocio.
La normalización del horror alcanza así otra expresión perturbadora: cuando los beneficios económicos de la guerra llegan a presentarse con mayor naturalidad que sus costos humanos.
- Una normalización que deshumaniza
La consecuencia más inquietante de esta dinámica no es solamente que nos acostumbremos a contemplar el sufrimiento, sino que terminemos por aceptar su presencia como algo inevitable. Cuando la destrucción de vidas humanas se incorpora al paisaje cotidiano, algo comienza a deteriorarse en nuestra conciencia individual y colectiva. La barbarie deja de parecernos excepcional, aunque no haya perdido un ápice de su crueldad.
Esa erosión tiene consecuencias que trascienden nuestra sensibilidad. La indignación pública, la solidaridad y la exigencia de responsabilidades constituyen límites morales y sociales frente a la violencia. Cuando se debilitan, también puede disminuir la presión sobre quienes deciden, ejecutan o justifican las guerras. La indiferencia no provoca por sí sola las atrocidades, pero puede contribuir a crear condiciones que faciliten su tolerancia y perpetuación.
La guerra deshumaniza cuando reduce a las personas a objetivos, cifras o daños colaterales. Pero sus efectos también pueden alcanzarnos a quienes la contemplamos desde lejos; no porque compartamos la responsabilidad de los victimarios, sino porque corremos el riesgo de perder algo esencial: la capacidad de reconocer en el sufrimiento ajeno una expresión de nuestra humanidad común.
Epílogo
En La vida no vale nada, Pablo Milanés advierte que la vida perdería su sentido si continuara cantando mientras otros mueren, «cual si no pasara nada». Evoca también el grito mortal que ya no consigue conmover el corazón. Dos imágenes de una misma tragedia: no solo la de quienes pierden la vida, sino la de quienes podemos ir perdiendo la capacidad de conmovernos ante su muerte.
No está en nuestras manos, individualmente, detener las guerras, ni podemos permanecer indefinidamente consternados ante cada tragedia. Pero una cosa es reconocer los límites de nuestra capacidad de respuesta y otra, muy distinta, resignarnos a aceptar la barbarie como inevitable. Porque cuando dejamos de cuestionarla, corremos el riesgo de concederle algo más grave que nuestra indiferencia: nuestra aceptación.
¿Qué queda de nuestra humanidad cuando aprendemos a vivir cual si no pasara nada?
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