Hay declaraciones que revelan mucho más que una simple diferencia política. A veces, sin proponérselo, dejan al descubierto el estado de ánimo de quien las pronuncia.
Detrás de ellas puede percibirse la inquietud que suele aparecer cuando un liderazgo comienza a ganar terreno y altera los cálculos de quienes se consideraban en una posición más cómoda.
En política, las palabras nunca son inocentes. Con frecuencia, terminan delatando el estado de ánimo de quien las pronuncia. Cuando un dirigente habla con serenidad, transmite confianza; cuando siente que el escenario comienza a escapársele de las manos, aumenta el volumen de sus declaraciones. Y es precisamente entonces cuando suele cometer errores.
Es una conducta tan frecuente como humana. Nadie está completamente a salvo de ella, ni siquiera los políticos más experimentados. La disputa por los espacios de poder genera ansiedad, y la ansiedad casi nunca es una buena consejera. Por eso, precisamente, cuando más conviene medir las palabras, es cuando más fácil resulta decir de más.
Quien siente la necesidad de responder a todo, de explicar cada movimiento suyo o del adversario o de descalificar constantemente al otro, corre el riesgo de convertir a su oponente en el centro del debate y, sin proponérselo, reconocer la importancia y la fuerza que este ha adquirido.
Existe una antigua enseñanza que no pierde vigencia: quien habla demasiado termina diciendo más de lo que quería decir. El exceso de palabras suele ser el primer síntoma de la preocupación. El exceso de explicaciones, por un lado, y de impugnaciones, por otro lado, puede generar errores, que de otro modo no se cometerían. La prudencia, en cambio, casi siempre acompaña a quienes sienten que conservan el control de la situación.
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En política existe una diferencia que a menudo se olvida: no todo adversario tiene la misma importancia. Hay adversarios tácticos, cuya confrontación responde a las circunstancias del momento, y adversarios estratégicos, cuyo crecimiento puede modificar el equilibrio de fuerzas. Cuando la ansiedad domina el discurso, esa distinción suele desdibujarse. Entonces ocurre una paradoja frecuente: en el intento de golpear a un adversario inmediato, se termina fortaleciendo a quien representa el verdadero desafío a mediano o largo plazo.
Hoy presencié precisamente una situación de esa naturaleza. Al intentar transmitir un mensaje, se escogió un momento poco oportuno y las palabras produjeron un efecto distinto del que probablemente se buscaba. Se pretendía debilitar a un adversario táctico, pero el resultado fue proyectar fortaleza sobre un adversario estratégico. La política está llena de ironías como esa: las palabras, cuando no se administran con prudencia, suelen trabajar a favor de quien menos se esperaba.
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