El pasado 27 de febrero el presidente Abinader anunció en su discurso que iniciará una reforma educativa y curricular orientada a diseñar un nuevo sistema educativo capaz de formar el capital humano necesario para duplicar el tamaño de la economía al 2036. Para tal fin, “promoverá un amplio proceso de consulta y concertación para garantizar que la transformación educativa sea un proyecto colectivo, que trascienda gobiernos y consolide una visión de país compartida”.
Este anuncio fue saludado por varios sectores de la opinión pública, aunque no parece haber despertado el entusiasmo que se espera frente a un tema tan necesario y urgente, ya que, a más de 35 años de iniciada la anterior reforma, las frustraciones han superado a las satisfacciones. Las cifras con que el presidente acompañó su motivación de la iniciativa son una expresión de que todavía permanecemos en niveles que el país se propuso superar desde finales de los años 80. Esas cifras hablan de logros muy modestos en tasas de cobertura y permanencia; desempeños mínimos, como haber pasado de un promedio de 300 a 306 puntos en matemáticas; equipamiento básico; capacitación de docentes; nuevas aulas; entrega de textos, útiles y otros aspectos que en este momento ya deberían ser un recuerdo del pasado.
No es momento de enfocarnos en analizar las causas de los resultados insatisfactorios en materia de educación; las mismas están contenidas en numerosas investigaciones y estadísticas oficiales, así como en análisis de organismos internacionales, expertos e investigadores que han mostrado las fallas y han presentado cientos de recomendaciones de mejoras, aunque pocas de ellas han sido puestas en práctica.
La realidad que está a la vista es que el país está inconforme y frustrado por la calidad de los ciudadanos y ciudadanas formados por el sistema educativo en las últimas décadas, especialmente por sus debilidades para convertirse en seres humanos pensantes, éticos, participativos, cumplidores de las normas, críticos, autosuficientes, productivos y felices. No es que no haya gente con esas cualidades, es que no son suficientes como para elevar los promedios nacionales y sacarnos del grupo de países con bajos resultados educativos, altos niveles de corrupción, conflictividad, accidentes de tránsito, desorden, dependencia de subsidios, entre otros males que nos afectan.
Hace trece años se logró el aumento del presupuesto para educación preuniversitaria, lo cual ha impactado en las condiciones de vida y de trabajo de profesores, estudiantes, personal administrativo y directivo, pero no en el aprendizaje de los alumnos y la satisfacción de la sociedad y de los sectores productivos.
Las reformas educativas siempre serán necesarias, pero hay que cambiar los paradigmas que han regido las anteriores y buscar alternativas diferentes, ya que repitiendo prácticas que han fracasado no habrá otros resultados. A continuación, me permito aportar algunas observaciones y recomendaciones para la próxima reforma:
- Gran parte de las reacciones al anuncio de reforma educativa se refieren a la propuesta hecha por el Gobierno de cambiar la actual distribución de los niveles y modalidades de todo el sector educativo. Discutir la conveniencia o no de este posible cambio no está en los propósitos de este artículo y ruego porque no se convierta en el centro de atención de la reforma, ya que los pobres resultados de la educación pública se producen en las aulas y escuelas, y eso no va a cambiar porque se unan varios ministerios.
- Cuatro planes decenales, un cambio de la ley y varios pactos, desde 1990 a la fecha, han contado con amplia participación, pero las escuelas públicas no muestran transformaciones sustanciales en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
- El país necesita una reforma educativa que trascienda los listados de demandas, ya que la satisfacción de necesidades materiales no suele traducirse en cambios sistémicos capaces de transformar una sociedad. Pongamos un ejemplo: en todas las reformas se ha asignado prioridad y grandes recursos a la construcción de escuelas y aulas. Esto se ha hecho, pero ¿ha influido el gran aumento de la cantidad de maestros, aulas y computadoras en el aprendizaje de los niños? Lo que dicen los indicadores oficiales y la opinión generalizada es que no lo ha hecho.
- La reforma educativa debe ser conducida por una masa crítica de vanguardia, con una clara visión de Estado y del mundo al que aspiramos, fuertemente comprometidos con el derecho de todos los niños y jóvenes a una educación pública de calidad.
- El sistema educativo dominicano se caracteriza por una gran inequidad. Quienes tienen recursos envían a sus hijos a colegios privados porque no confían en la educación pública. Los indicadores muestran diferencias entre los resultados por sector (público y privado); por estratos sociales, región, tipo de gerencia, entre otras características. Es un error ignorar estas diferencias en una reforma. Hay escuelas y colegios que funcionan bastante bien, que forman profesionales y técnicos que compiten en cualquier parte del mundo, científicos, artistas, deportistas, creativos, emprendedores, gente buena que estudia, trabaja duro y ama su país; por otro lado, hay escuelas y hasta regiones enteras sumidas en una baja calidad extrema.
- Los promedios nacionales nos colocan en niveles bajos o mediocres, pero no toda la educación dominicana funciona igual. Con el mismo currículo se forman personas muy diferentes. Las características de las escuelas o colegios, públicos o privados, que muestran buenos resultados son ampliamente conocidas; entre ellas se destacan: que son gerenciados con capacidad, compromiso y cierta autonomía; toman decisiones valientes y oportunas sin pretender que el Gobierno lo resuelva todo; no se sientan a esperar a que cambien los currículos, van adoptando prácticas efectivas, fortaleciendo la gobernabilidad, buscando soluciones, aprendiendo de casos exitosos, midiendo resultados y rindiendo cuentas.
- Un tema fundamental a discutir en la reforma es el relativo a la selección de las prioridades educativas de nuestra nación, frente al enorme cúmulo de conocimientos, materias, capacidades e información que ha producido la humanidad hasta ahora y la imposibilidad e inutilidad de memorizarlo todo y hacerlo en los primeros años de la vida. Los currículos de primaria y secundaria, para cada uno de los cuatro ciclos de tres años, contienen unas 450 páginas llenas de contenidos teóricos y dominios esperados que no solo son imposibles de lograr, sino también inútiles; no dejan tiempo para crear capacidades de discernimiento ni las habilidades para usar las herramientas modernas disponibles. Cada año escolar es una carrera de maestros y alumnos para dar un vistazo superficial a cientos de temas; el currículo está lleno de repeticiones de lo mismo, con el resultado de que prácticamente todo se olvida. Al llegar a la universidad hay que volver a enseñar lo básico y la mayoría se gradúa de profesional sin recordar casi nada.
- En lugar de elaborar pesados y rígidos documentos llenos de buenos deseos, que pronto se vuelven obsoletos sin que la mayoría de los docentes y mucho menos los estudiantes lleguen a dominarlos, muchos países han avanzado estableciendo con claridad y firmeza unos pocos principios, fundamentos y lineamientos básicos sobre los cuales se vaya construyendo e innovando, adaptables a las diferentes realidades y a los cambios acelerados que está experimentando el mundo.
- Frente al enorme cúmulo de conocimientos y su rápida obsolescencia, los sistemas educativos tienen ante sí el reto de cambiar los paradigmas, recurriendo a crear sabiduría e innovación, más que acumulación de datos, apoyándose en los más elevados principios filosóficos, éticos, morales y de fraternidad sobre los que se han cimentado los mejores ejemplos de la civilización humana. De esto trataremos en un próximo artículo.
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