Cada vez que se anuncia que el Producto Interno Bruto (PIB) de la República Dominicana creció, la cifra suele recibirse como una buena noticia sin más preguntas. Rara vez se plantea la que importa; cuánto de ese crecimiento corresponde a más producción y cuánto a precios más altos. Un país puede exhibir cifras nominales llamativas sin que los hogares compren más ni que la economía produzca más. Cuando el crecimiento descansa en la producción real, se fortalece la base del empleo y del desarrollo; cuando descansa en los precios, buena parte de la expansión es ilusión monetaria.

Con datos del Banco Central de la República Dominicana (BCRD), el resultado queda explicito. Entre 2008 y 2025, solo en el ciclo 2013-2019 la producción explicó la mayor parte del crecimiento nominal, con un 62.00 %. En los demás períodos dominaron los precios. Entre 2020 y 2025, por ejemplo, la producción explicó apenas el 34.90 % del aumento del PIB en pesos y el 65.10 % restante correspondió a precios. El primer semestre de 2026 rompe ese patrón, aunque con una advertencia que conviene no pasar por alto.

El método es sencillo. El PIB en pesos corrientes, o PIB nominal, puede crecer por dos razones: porque se producen más bienes y servicios o porque lo que se produce se vende más caro. Las cuentas nacionales del BCRD separan ambos efectos, ya que el PIB real mide el volumen producido y el deflactor del PIB mide la evolución de los precios de todo lo que la economía produce. A partir de ahí se calcula qué parte del crecimiento nominal corresponde a cada componente. Si el PIB en pesos crece 10.00 % y el real crece 5.00 %, aproximadamente la mitad del avance es producción y la otra mitad, precios. La descomposición se hace en términos logarítmicos, de modo que ambas partes sumen exactamente 100.00 %, y cada período se mide por el crecimiento efectivamente acumulado entre su inicio y su final, no por el promedio simple de tasas anuales, que distorsiona el resultado cuando hay años extremos como 2020 y 2021.

Se usa el deflactor y no el Índice de Precios al Consumidor (IPC), que es la inflación que se reporta cada mes, porque el IPC mide solo la canasta de los hogares, mientras el deflactor recoge los precios de todo lo producido, incluidas las exportaciones, el turismo, la construcción y la inversión. Para separar volumen y precios dentro del PIB, el deflactor es la medida correcta. El IPC, sin embargo, no se descarta. La diferencia entre la inflación del deflactor y la del IPC, que aquí llamaremos “la cuña”, es muy informativa. Si es positiva, los precios de lo que el país produce suben más que los de lo que consumen las familias, y parte del componente de precios no golpea directamente el bolsillo. Si es negativa, los hogares sienten más inflación de la que refleja el PIB. Como ningún indicador basta por sí solo, los resultados se contrastan con el empleo, los ingresos y la pobreza. El cuadro siguiente resume la descomposición.

Descomposición del crecimiento nominal del PIB, República Dominicana (tasas anuales compuestas, %)

 

Período

PIB Nominal PIB

Real

Precios (Deflactor) Inflación IPC  

Cuña

Peso de la Producción Peso de los Precios
2008-2012 10.30 3.70 6.37 6.06 0.30 37.00 63.00
2013-2019 9.77 5.95 3.61 2.70 0.91 62.00 38.00
2020-2025 9.53 3.23 6.11 5.44 0.67 34.90 65.10
2020-2021 8.95 2.46 6.33 5.99 0.35 28.30 71.70
2022-2025 9.83 3.61 6.00 5.17 0.83 37.90 62.10
Enero-Junio 2026 9.04 4.55 4.29 5.07 −0.78 51.40 48.60
               

Nota: el peso de la producción y el de los precios se calculan en términos logarítmicos y suman 100.00 %. La cuña es la diferencia entre la inflación del deflactor y la del IPC. Fuente: cálculos propios con datos del BCRD (PIB trimestral, serie homogénea con año de referencia 2018; IMAE e IPC).

Entre 2008 y 2012 la economía creció a fuerza de precios. El PIB real avanzó 3.70 % anual y el deflactor, 6.37 %, de manera que casi dos tercios del crecimiento nominal, un 63.00 %, fueron inflación. La crisis financiera global, el encarecimiento de las materias primas y las presiones cambiarias empujaron los precios en un contexto de escaso dinamismo productivo. El desempleo no mostró mejoras apreciables y la desigualdad se mantuvo alta. Fue, en términos claros, un crecimiento frágil.

El ciclo 2013-2019 fue, en cambio, el de mayor calidad. El PIB real se aceleró a 5.95 % anual y los precios moderaron su alza a 3.61 %. La producción explicó el 62.00 % del crecimiento nominal y en 2015 y 2016 rozó las tres cuartas partes. Influyeron la construcción, el turismo, las zonas francas y la estabilidad que trajo el esquema de metas de inflación adoptado por el BCRD en 2012. La cuña fue positiva, de 0.91 puntos, lo que indica que una parte del componente de precios correspondió a sectores como la construcción o el turismo y no al costo de vida de los hogares. Aun así, el empleo tardó en responder. El desempleo subió en los primeros años del ciclo y solo descendió de manera clara hacia 2017-2018, con un rezago de tres a cuatro años, mientras la desigualdad y la pobreza bajaban más lentamente que el producto. La lección es que el buen crecimiento sí llega a los hogares, pero con retraso.

La pandemia cambió el cuadro. En 2020 el PIB real cayó 7.90 % y en 2021 rebotó 14.00 %, pero el rebote apenas compensó la caída. En el bienio, la producción creció 2.46 % anual y los precios 6.33 %, por lo que el 71.70 % del crecimiento nominal fue inflación. El desempleo, que subió en esos años, se recuperó más lentamente que el producto.

La etapa 2022-2025 muestra que el reparto de los frutos importa tanto como su origen. La producción explicó el 37.90 % del crecimiento y los precios el 62.10 %, un perfil parecido al de 2008-2012, pero los resultados sociales fueron muy distintos. De acuerdo con el Ministerio de Hacienda y Economía, la pobreza monetaria bajó de 19.00 % en 2024 a 17.30 % en 2025, el nivel más bajo de la última década, con unas 172,000 personas que superaron la línea de pobreza en un año, y la pobreza extrema pasó de 2.40 % a 2.20 %. Que esto ocurriera con un crecimiento real de apenas 2.10 % en 2025 se explica por el mercado laboral y los ingresos. Según el mismo ministerio, el ingreso real por persona de los hogares aumentó 6.50 % ese año. El empleo y las transferencias, más que la expansión productiva, sostuvieron el avance social.

Un dato confirma el argumento central de este análisis: la inflación tiene un costo social medible. Hacienda estima que el crecimiento de los ingresos redujo la pobreza en 3.90 puntos porcentuales, mientras la inflación la elevó en 1.50 puntos y el deterioro distributivo, en 0.70 puntos. Sin la presión de los precios, la reducción de la pobreza habría sido sensiblemente mayor. La desigualdad, además, empeoró, pues el coeficiente de Gini subió de 0.386 a 0.389, un aumento relativo de 0.78 %. Persisten también brechas profundas, ya que tres de cada diez menores de 15 años, el 30.00 %, viven en pobreza, casi el doble del promedio nacional. La inclusión mejoró en términos absolutos, pero no en términos relativos.

En 2026 la economía produce más, pero la canasta aprieta. Las cuentas nacionales del primer semestre traen una noticia alentadora; el PIB real creció 4.55 % y la producción explicó el 51.40 % del crecimiento nominal, frente a cerca de 32.00 % en 2025. Es la primera vez desde 2019 que el volumen vuelve a pesar más que los precios. Los indicadores más recientes refuerzan esa lectura. Según el BCRD, el Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) creció 5.60 % interanual en septiembre y acumuló 4.60 % en enero-septiembre, liderado por la construcción (8.20 %) y los servicios financieros (7.80 %), y la entidad proyecta un crecimiento en torno a 4.50 % para el año. En el mercado laboral, la población ocupada alcanzó 5,271,005 personas en el segundo trimestre, 2.90 % más que un año antes, y la tasa de desocupación se ubicó en 5.30 %. El BCRD reporta además una pobreza monetaria de 13.75 % en ese trimestre, 2.90 puntos menos que un año antes, medición trimestral no comparable con la anual de Hacienda, pero de igual signo.

La advertencia está en la cuña, que se volvió negativa por primera vez en toda la serie. En el primer semestre el deflactor subió 4.29 % y el IPC promedio, 5.07 %, con una brecha de 0.78 puntos. La inflación al consumidor rompió en abril el rango meta de 4.00 % ± 1.00 %, alcanzó un máximo de 5.67 % en junio y, aunque descendió por tercer mes consecutivo, cerró septiembre en 5.12 %, todavía fuera del rango, con una inflación subyacente de 4.61 %. En promedio, la inflación interanual de enero a septiembre fue de 5.13 %, por encima de la del primer semestre. Ante esa persistencia, el BCRD elevó su tasa de política monetaria de 5.25 % a 5.50 % a finales de septiembre. Las familias sienten, pues, más inflación de la que muestran las cuentas nacionales, y está por verse si la mejora en la composición del crecimiento se sostiene cuando se publiquen las cuentas del tercer trimestre. Mientras tanto, el IMAE sirve como adelanto, pero debe leerse por su variación acumulada en el año y no por el promedio de doce meses, que arrastra el débil cierre de 2025.

Estos números dejan dos enseñanzas. La primera es que el crecimiento de alta calidad es posible, como lo demostró el ciclo 2013-2019 gracias a la coincidencia de tres condiciones: estabilidad con inflación baja, expansión de los sectores productivos y una mejora gradual de la política social. La segunda es que, aun con una contribución elevada de los precios, como en 2022-2025, un mercado laboral dinámico y transferencias eficaces pueden reducir la pobreza; pero la inflación le resta fuerza a ese avance, y el alza de la desigualdad recuerda que la calidad del crecimiento no depende solo de cuánto es producción y cuánto es precio, sino también de cómo se reparten sus frutos.

Informes internacionales recientes, como el IMD Latin America and Caribbean Prosperity Rating 2026, advierten que el crecimiento dominicano es real, pero descansa sobre una base comercial y financiera poco profunda, con el riesgo de quedar atrapado en una “trampa de prosperidad media”.

De ahí se desprenden tres prioridades de política. La primera es preservar la estabilidad de precios, para que la inflación no erosione los ingresos reales de las familias; el esquema de metas del BCRD ha demostrado su eficacia, y devolver la inflación al rango meta forma parte de la calidad del crecimiento, no es un asunto separado. La segunda es impulsar los sectores productivos capaces de crear empleo formal y de calidad, de modo que el motor del crecimiento se desplace de los precios hacia la productividad, aprovechando el mayor peso del volumen que muestra 2026. La tercera es fortalecer los mecanismos de distribución y protección social, lo que exige reformas que van más allá de la política monetaria; hacer más eficiente la inversión en educación, profundizar el sistema financiero y formalizar el mercado laboral, con coordinación entre la política fiscal, la social y la industrial.

El PIB en pesos, por sí solo, no mide la calidad del desempeño económico. Separar cuánto es producción y cuánto es precio, vigilar la cuña con la inflación que sienten los hogares y contrastar el resultado con el empleo, los ingresos y la pobreza permite una evaluación más exacta y menos complaciente.

El crecimiento que importa es el que llega a la mesa de las familias.

David Lapaix

Director de Programación Financiera y Estudios Económicos, Ministerio de Educación de la República Dominicana David es Ingeniero Industrial, con estudios en Economía de la Pontificia Universidad Madre y Maestra. Máster en Negocios de Barna Bussines School y en Diseño de Política Publico de la Escuela de Políticas de la Fundación Global. Es asesor en Proyectos de Inversión y Financiamiento Público/Privado y de índole industrial y comercial. Desde 2006 al 2007 fue Consultor para la Unión Europea en el Programa de Apoyo a la Política Sectorial; para el diseño del Marco de Gasto de Mediano Plazo del MINERD 2008-2018 así como el diseño del Diagnóstico y la base propositiva del mismo. De 2008 a la actualidad se desempeña como Director de Programación Financiera y Estudios Económicos del MINERD.

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