Uno de los rasgos que caracterizan al sistema político dominicano es la homogeneización de sus referentes ideológicos, de forma tal que resulta difícil encontrar diferencias fundamentales entre las visiones propias de cada partido político.
Anteriormente, los viejos partidos dominantes, PRD, PRSC y PLD, se autodescribían a corrientes políticas e ideológicas diferentes: la socialdemocracia, el socialcristianismo y el horizonte estratégico de la liberación nacional, respectivamente. Por otro lado, tanto Balaguer como Bosch, autores de una amplia bibliografía, dejaron plasmadas sus ideas acerca de la historia nacional y expusieron sus concepciones más profundas sobre la sociedad dominicana en la cual vivieron. Peña Gómez, a través de sus discursos, hizo lo propio. Nadie se llamaba a engaño en relación con lo que pensaban. Se diferenciaban no sólo por sus estilos y formas de actuar políticamente, sino por la naturaleza de la sociedad por la cual luchaban.
Sin embargo, los cambios globales y, en consecuencia, las transformaciones de la sociedad dominicana han determinado un acercamiento paulatino de las diversas corrientes partidarias, de tal modo que las diferencias sustanciales entre los partidos y sus liderazgos son mínimas, por no decir que no existen.
Es importante aclarar que no estamos ante la desaparición de las ideologías como concepciones del mundo que están presentes en las valoraciones y en los comportamientos en los cuales interviene el ser humano. Detrás de cada opinión y de cada acción hay una determinada concepción que actúa como fundamento de las mismas.
Por el contrario, se trata de que se ha producido una convergencia ideológica que no permite una diferenciación sustancial entre las formaciones políticas y sus liderazgos. Diferenciar, en términos de ideas profundas, a quienes han ocupado la Presidencia de la República desde 1996 hasta el día de hoy resulta difícil, aunque sí podemos diferenciar sus estilos.
Como parte de este proceso de confluencia ideológica se ha pasado a privilegiar la imagen, los gestos y las emociones, en detrimento de la exposición de ideas y proyectos de largo plazo. Es posible afirmar que aquellas facetas siempre han estado presentes en la práctica política, pero subordinadas a un ejercicio de exposición de creencias y proyectos anclados a una ideología.
Uno de los ejemplos más claros de esta situación se presenta en los procesos internos de los partidos políticos dominantes para la promoción de las candidaturas presidenciales. Sea cual sea la modalidad escogida para definir dichas candidaturas, la campaña interna se centra en las figuras de quienes ostentan las precandidaturas y en las alianzas internas que están propiciando para fortalecer sus aspiraciones. Esto no es malo en sí mismo, pero no hay debates de ideas ni de propuestas sobre los problemas nacionales y las soluciones que se proponen para encararlos.
Por la preeminencia que implica ser un partido oficial, el caso más evidente es el del llamado Partido Revolucionario Moderno (PRM), pero no el único. En el caso de los precandidatos presidenciales que ocupan posiciones en el Estado, la campaña se centra en propagandizar sus logros en el desempeño de las posiciones oficiales que ostentan, pero nadie conoce su visión de la sociedad dominicana ni del entramado mundial en el cual esta se inserta.
Existen problemas nacionales y mundiales que nos afectan y sería conveniente saber qué piensan los precandidatos presidenciales sobre ellos: ¿Qué idea tienen sobre la IA y sus aspectos negativos y positivos? ¿Alguna idea sobre los BRICS? ¿Qué opinan sobre el calentamiento global? ¿Qué ideas tienen sobre la cotidianidad de la violencia que caracteriza a la sociedad dominicana? ¿Cómo enfrentar ese problema? ¿Qué opinan acerca de la fragmentación del territorio nacional con la formación de nuevas provincias, municipios y distritos municipales? ¿Qué planes tienen para colocar al país en una mejor posición en las pruebas PISA? ¿Cómo piensan enfrentar los feminicidios? ¿Están de acuerdo con la llamada reforma policial o tienen otra propuesta en ese sentido? ¿Cuál es su visión sobre las relaciones con el vecino Haití? ¿Están de acuerdo con desarrollar una política de relaciones y comercio multilaterales o se subordinan a los intereses del vecino del Norte? ¿Cómo encarar la informalidad laboral? ¿Están de acuerdo con la explotación minera o con la defensa del medio ambiente? ¿Qué creen, qué piensan, qué proponen sobre estos y otros temas fundamentales? ¿Tienen alguna propuesta acerca de la privatización del sistema de seguridad social? ¿O sobre las carencias del sistema de salud pública? Y, lo que es más importante: ¿qué República Dominicana quieren contribuir a construir?
Nadie lo sabe.
Todo se trata de mostrar músculos, de ampliar sus alianzas internas y de formar equipos locales de apoyo, pero la cuestión es que en ningún lado aparece el debate de ideas y de propuestas. Por eso, establecer las diferencias fundamentales entre uno y otro es imposible; diferenciarlos por el contenido profundo de lo que piensan y creen es una tarea ciclópea.
La progresiva convergencia ideológica de los partidos ha reducido la posibilidad para diferenciar a los actores políticos; la competencia, incluida la competencia intrapartidaria, se desplaza hacia la personalización, la imagen, las alianzas de facciones internas y la movilización de apoyos. Los partidos se transforman, de organizaciones portadoras de proyectos colectivos, en maquinarias de competencia entre grupos organizados fundamentalmente alrededor de personas, y de búsqueda de cuotas de poder.
¿Qué significa el hecho de que la competencia política deje de organizarse alrededor de proyectos de Nación y pase a organizarse alrededor de personas?
Significa que el ciudadano tiene cada vez menos posibilidades de escoger entre proyectos diferenciados de sociedad y cada vez más debe hacerlo entre personas, estilos y equipos. La competencia política pierde su contenido programático y los partidos dejan de funcionar, en buena medida, como espacios de confrontación entre distintas visiones del país.
El problema no es que los políticos solo proyectan sus figuras ni que las campañas utilicen imágenes y emociones, sino que la persona sustituye al proyecto político como principal elemento de diferenciación política.
Estamos, por tanto, ante un debilitamiento sustancial de la ya endeble democracia dominicana.
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