Hay adultos exitosos, inteligentes y admirados que en el fondo siguen sintiéndose insuficientes. Muchas veces, esa sensación comenzó en la infancia.
La baja autoestima puede repercutir seriamente en el desarrollo humano, desempeño deportivo, relaciones de pareja, productividad, vida social e incluso en la salud.
Autoestima no es creerse superior, sino aceptar, valorar y amar lo que uno es. Quien tiene autoestima no necesita hundir a otros para poder subir él. Como todos, tendrá errores o fracasos, pero tendrá la capacidad de perdonarse, comprenderse y animarse a volver a intentarlo cuando falle.
La autoestima no solo favorece una vida exitosa, también es esencial para experimentar la felicidad.
Es de suma importancia reconocer que no nacemos con autoestima, se desarrolla especialmente en la niñez.
Con frecuencia, los padres no saben cuándo están destruyendo o construyendo la autoestima de sus hijos, ni las repercusiones que esto tendrá en su futuro.
Cuando el niño nace no tiene idea de lo que él es, del mundo, de las normas sociales ni de los valores humanos. Pero en sus primeros años comienza a adquirir su formación humana.
Un adulto normalmente posee años de experiencia, educación, conocimientos y herramientas para comprender su realidad y tomar decisiones; eso lo capacita para vivir de manera independiente.
El "cachorro" humano no tiene ni siquiera un desarrollo neurológico completo al nacer. El cerebro humano alcanza cerca del 90 % de su tamaño adulto hacia los 6 años, aunque su maduración funcional continúa hasta la adolescencia. Además, sus conductas no están muy determinadas de forma instintiva como en los animales, sino que tiene que aprenderlas.
Un niño no está en la capacidad de evaluarse a sí mismo. No podría decir: soy un niño bello, agradable y juicioso, tengo una relación satisfactoria con mi familia y, de acuerdo con mis análisis y proyecciones futuras, puedo deducir que con el tiempo podré ser un adulto feliz.
Un niño necesita ayuda para saber quién es, cómo es, cuáles son sus cualidades y defectos. Además, requiere las referencias que le proporcionan el conocimiento de su entorno y de su cultura para poder dirigir correctamente su vida, por lo que necesita la orientación de sus mayores.
El espejo del niño son sus padres o cuidadores; si le muestran que creen en él, que lo valoran, lo quieren, que le tienen confianza y que no serían muy duros con sus posibles errores, lo están capacitando para dar lo mejor de sí mismo.
Diversos estudios han mostrado que la autoestima se relaciona con: mayor satisfacción vital, mejores relaciones, menor depresión y ansiedad, y mejor adaptación laboral y académica.
En la comunicación con los hijos no son solamente importantes las palabras, sino que es muy importante el tono con el que se les hable, los gestos, el contacto físico, las emociones que tengamos, porque el niño es muy sensible y perceptivo a todo eso.
Por otro lado, le afectan mucho: la soledad, el maltrato, las burlas, las humillaciones, ser ignorado o menospreciado.
Si lo comparas constantemente con los demás, le haces daño. Si se le dice que él es muy superior, se sentirá mal cuando se crea superado. Si se le dice que es inferior a otros, podría creerse incapaz y considerar que, por ser un perdedor, no tiene sentido aspirar a escalar posiciones en la sociedad.
Poner límites y corregir son acciones necesarias de los padres, pero algunos al hacerlo destruyen y otros construyen.
Si el niño no aprende a amarse a sí mismo, le será muy difícil amar a sus parientes o amigos. El aprender a valorarse, apreciar su condición humana, reconocer sus debilidades y descubrir o desarrollar sus capacidades, le permite comprender y conectar mejor con sus contactos.
Confundir la vanidad, la soberbia y el ego hipertrofiado con autoestima puede ser un grave error. En algunos niños se puede incentivar tanto la autovaloración excesiva que todo en la vida les parecerá insuficiente, y quienes los traten los considerarán insoportables.
Desarrollar en ellos la humildad no quiere decir producirles un complejo de inferioridad o enseñarles a menospreciarse, sino el poder reconocer sus valores reales y relacionarse con los demás sin exigencias exageradas.
Si a tu hijo le regalas y le resuelves todo, te mantienes luchando para que "no tengan dificultades en la vida" o les proporcionas lujos para que se destaquen, no tendrán oportunidades de desarrollarse y demostrarse a sí mismos para qué sirven. Cuanto más les das, más difícil puede resultarles desarrollar su autoestima.
Si quieres a tu hijo más que a tu vida, no le quites su libertad. Si él puede lograr afrontar sus propios retos, también podrá sentirse tan capacitado para la vida como tú.
Si recibe lo mismo que tú tienes, pero sin esfuerzo, no comprenderá el valor de ese estilo de vida.
Una de las tareas más importantes de la crianza no es formar hijos perfectos, sino seres humanos capaces de sentirse valiosos aun en medio de sus errores y dificultades. Y saber que, incluso con sus limitaciones, son amados.
Referencias:
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Rodríguez-Fernández, A., Ramos-Díaz, E., Ros, I., Fernández-Zabala, A., & Revuelta, L. (2021). Bienestar subjetivo en la adolescencia: El papel de la autoestima y el apoyo familiar. Psicothema, 33(1), 84–90. https://doi.org/10.7334/psicothema2020.185
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