La era digital nos ha dotado de diversos recursos para elevar nuestras voces con la garantía de ser escuchados. Así, las redes sociales, grabación de videos cortos, correos electrónicos entre otros, se unen a los ya consabidos medios tradicionales, como son la radio y la televisión.
El proceso de comunicación tiene varios componentes, entre ellos: 1) quienes emiten el mensaje, muchos de los cuales se auto denominan “influencers”; 2) el mensaje, o lo que se dice; 3) el canal utilizado para transmitirlo: redes sociales, tik toc, correos electrónicos, podcast, programas de radio o televisión; 4) receptor, quien escucha el mensaje) Y 5) EL impacto (que siente, piensa o hace la gente a partir de ponerse en contacto con el mensaje).
En una era muy distante de la revolución digital que vivimos hoy, donde los mensajes viajaban con una velocidad mucho más lenta, los Nazis alienaron el pensamiento de la población alemana con narrativas hostiles que presentaban a los judíos como seres detestables, traidores, desleales, infiltrados, invasores extranjeros y “libelos de sangre que secuestraban niños y usaban la sangre humana”. Los resultados posteriores fue una violencia genocida sin precedentes en la historia moderna hacia todo aquel que procediera de ese colectivo.
Discursos de odio dirigidos a degradar una población, resultaron muy atractivos para una nación vulnerada por la incertidumbre, la inestabilidad social y la humillación sufrida durante la Primera Guerra Mundial, como fue el caso de Alemania. Los políticos hostiles de la época, con Hitler como líder patológico a la cabeza, capitalizaron eso para aliviar sus frustraciones con consecuencias inenarrables para la humanidad.
Pero este ejemplo no es el único. Ya en la Roma antigua el Emperador Augusto, en su pugna por el poder con Marco Antonio, difundió la narrativa de que este último era un traidor que junto con Cleopatra se apoderarían de Roma, logrando así la predisposición del pueblo romano hacia este, y una guerra sangrienta de horribles consecuencias para consolidarse en el poder.
La Guerra fría, que inició a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, y “terminó” con el derrumbe del Muro de Berlín, y más adelante con la Peretztroika de Gorbachov, dividió al mundo en dos bloques de poder político, ideológico y militar enfrentados: el Bloque Occidental (capitalista), liderado por Estados Unidos, y el Bloque Oriental Comunista con la Unión Soviética como cabeza.
Ambos bloques se acusaban de que eran una amenaza existencial. La palabra comunista en occidente fue condicionada de forma tan aversiva que al asociarla a determinadas personas convertían a estas en blanco de rechazo y de violencia. El bloque capitalista se presentaba como el defensor del mundo libre, en contra de los del bloque socialista que supuestamente destruirían la civilización y “esclavizarían” a los pueblos mediante la subversión política.
En cambio, desde el Bloque Socialista se acusaba al capitalista de ser un grupo de potencias agresoras que saqueaban los recursos del tercer mundo y amenazaban la paz mundial con su militarismo. En síntesis, para los soviéticos, los líderes del bloque de occidente, los Estados Unidos, eran los Yankees opresores, mientras que para los norteamericanos los soviéticos eran el “eje del mal”.
Ahora el tablero mundial tiene nuevos actores y por tanto las narrativas hostiles que se usaron en la Guerra Fría perdieron actualidad. Parece que las narrativas cambian según los intereses. Ahora, varios países de medio oriente ven a los de occidente como los “infieles”, mientras que desde occidente algunos ven a sus pares de otras latitudes como “lunáticos, terroristas o fanáticos”.
Ante este panorama histórico, en un marco contextual donde los medios masivos para difundir estas narrativas no estaban tan diversificados o desarrollados como hoy, surge la pregunta, ¿Cuál es el impacto posible que podrían tener los discursos hostiles hacia determinados grupos y personas sobre la violencia que reciben?
Esta pregunta ha sido respondida por la teoría del contagio social, que plantea que la exposición frecuente a discursos radicales y hostiles guarda relación con la violencia que generan las personas que los reciben.
Para que el contagio social de las narrativas que llevan a la violencia sea posible, quienes reciben los mensajes hostiles deben exponerse en múltiples ocasiones a estos discursos. El mecanismo funciona para todas las formas de violencia, entre ellas:
- Difundir informaciones, imágenes o métodos que invitan al suicidio, aumentan el pronóstico de que estos ocurran.
- Las narrativas hostiles hacia grupos étnicos, raciales o colectivos ideológicos y religiosos, aumentan las posibilidades de que sus miembros sean violentados.
- Los discursos peyorativos hacia las mujeres, que incluyen normalización de la violencia cuando estas la reciben, incrementan la frecuencia y la intensidad con que ocurren.
El efecto contagio de los discursos de odio (hostiles) pueden derivarse de dos fuerzas relacionadas pero diferentes a la vez: el efecto Copy Cat, en el cual las personas “copian” directamente las conductas que ven en los diferentes medios, los cuales aumentan su poder de cobertura con la incorporación de los nuevos dispositivos electrónicos y la difusión irresponsable de mensajes cargados de hostilidad.
La otra fuerza de contagio de odio son las organizaciones de adoctrinamiento que promueven activismos de algunos grupos que se consideran superiores a otros, o con más merecimiento histórico, y que se sienten amenazados con perderlo. Aquí entran grupos de hombres que piensan que los avances sociales de las mujeres son una derrota para ellos, un ejemplo, la Manósfera, término como se designa hoy a quienes aprovechan las redes sociales para difundir mensajes hostiles hacia las mujeres.
Muchos se preguntan cómo ha sido posible que en poco tiempo el mundo se ve amenazado con perder gran parte de las conquistas humanas que han hecho posible la convivencia, sobre la base de respetar el derecho internacional y los valores universales de justicia, bienestar y libertad.
Uno de los errores cuando intentamos comprender algo es obsesionarnos con encontrar respuestas. De ahí que termino este artículo, más que dando respuestas, formulando algunas preguntas que nos lleven a varias reflexiones:
- ¿Estamos preparados para distanciarnos de las narrativas de odio una vez somos expuestos a ellas?
- ¿Hasta qué punto quienes impulsan las narrativas hostiles hacia los demás no se dan cuenta que con ellas dañan el espacio social donde también deben convivir?
- ¿Qué tan poderoso es el apego que sentimos a ciertos privilegios para defenderlos e imponerlos, aunque esto promueva violencia y se lleve de encuentro las vidas de miles de personas?
- ¿Qué tan despiertos estamos para no dejarnos confundir por aquellos que usan narrativas hostiles para descalificar personas y grupos, solo en el interés de preservar privilegios históricos y mantener el odio intergeneracional?
- ¿Que estamos haciendo para cuestionar las narrativas que promueven el odio y luego se traducen en acciones violentas?
Cierro citando a Martin Luther King cuando decía: “no me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los sin ética y los deshonestos. Lo que más me preocupa es el silencio e indiferencia de los buenos”.
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