En las últimas décadas, la sociedad dominicana ha experimentado un paradójico y desigual proceso de modernización, caracterizado por un sostenido desarrollo económico y educativo, como también de deterioro institucional, individualización y un aumento de la polarización ideológica-cultural, que está afectando a las mujeres dominicanas de manera compleja y diferenciada.

Aunque las luchas de las mujeres dominicanas se iniciaron desde la era de Trujillo con el movimiento sufragista y la conquista del derecho al sufragio, en la actualidad estas disputas prosiguen en diferentes frentes: por reducir la brecha salarial, aumentar su representación política, por el derecho a vivir una vida propia y decidir sobre su cuerpo y sexualidad sin la amenaza de la violencia.

En ese sentido, desde una perspectiva de intersección —de encuentro entre clase y género— nos interesa destacar tres cosas para entender y contextualizar la diferenciación político-ideológica de las mujeres: primero, que la mujer dominicana no se puede considerar como un grupo homogéneo, como se expresa en algunos discursos, sino todo lo contrario, como algo complejo, heterogéneo y diferenciado. Segundo, cómo la participación laboral, el incremento de los niveles educativos y la diversificación de los roles sociales han impactado cultural e ideológicamente a las mujeres de la élite y clase media alta y, tercero, cómo la tasa de desocupación, los salarios bajos, la informalidad laboral, la economía del cuidado y el deterioro institucional están configurando —de forma diferenciada— la ideología política de las mujeres de clase media baja y precarizada.

Actualmente (2024-25), los datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) expresan que las mujeres son aproximadamente el 50,3 a 50,7 % de la población total del país, concentrada en las zonas urbanas. De esta cifra, el 41,7 a 43 % representa la población económicamente activa (PEA); además, son el 58 a 59 % de los profesionales contratados y cerca del 66 % de la matrícula universitaria son mujeres.

Sin embargo, a pesar de estos datos, el salario promedio de la mujer dominicana en el sector público es de 36-37 mil pesos, mientras que en el sector privado es de 31-32 mil mensuales. En ambos casos (en el sector público y privado), el salario promedio de la mujer dominicana se sitúa en el rango del 65-70 % de los trabajadores (formales) dominicanos que obtienen ingresos (promedio) por debajo del costo de la canasta familiar que, según los últimos datos del Banco Central (BC), oscila entre 48-50 mil pesos mensuales.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que las mujeres representan entre el 50 y el 64 % del sector informal en el país, con salarios más bajos que el sector formal. La mayoría de los trabajadores informales son mujeres. En la informalidad se expresa una mayor precariedad e inseguridad laboral. Además, las mujeres, a pesar de estar más capacitadas y tener más años de escolaridad que los hombres, enfrentan también mayor tasa de desocupación. Para el 2024, la tasa de desocupación abierta de la mujer dominicana se situó en un 7,5 %, frente a un 2,8 % masculina, lo que pone en evidencia que la mayoría de las mujeres dominicanas están en una condición socioeconómica de mayor vulnerabilidad y precariedad que los hombres.

Además, en la sociedad dominicana de las últimas décadas se ha estructurado una significativa diferenciación de las mujeres por niveles de ingresos, años de escolaridad y trayectorias individuales.

Primero, una élite (minoría) de mujeres ejecutivas, profesionales y empresarias con altos niveles de ingresos y educación, con experiencia globalizada e individualizada.

Segundo, una clase media alta de empleadas que —según las estadísticas nacionales— obtienen ingresos por encima del promedio, entre 70-75 mil pesos mensuales, con alto nivel educativo.

Tercero, una clase media baja, con ingreso promedio entre 35-30 mil pesos mensuales y nivel educativo promedio, que son la mayoría de la población asalariada.

Cuarto, las mujeres que pertenecen al sector informal y desempleadas, reducidas al trabajo doméstico no remunerado, con ingresos y nivel de escolaridad muy bajos.

Mientras la inserción al trabajo remunerado (capital económico), el acceso a la educación superior (capital cultural) y la diversificación de sus experiencias y roles sociales (capital social) han empoderado, globalizado e individualizado a las mujeres de la élite empresarial y la clase media alta profesional, la tasa de desocupación, la informalidad laboral, los salarios bajos y el deterioro institucional de la familia han convertido a las mujeres de la clase media baja y precarizada en dependientes de las redes de solidaridad familiar y las políticas públicas —clientelares, asistenciales— del Estado dominicano.

Por un lado, las mujeres de la élite y la clase media alta se han individualizado, están más interesadas en vivir su propia vida y fortalecer su autonomía individual, son más capaces de tomar decisiones políticas sin el tutelaje de su pareja. Aunque están impactadas por el deterioro institucional: el incremento del divorcio, la separación de los miembros de la familia y las consecuencias de la soledad, están más centradas en proyectos (económicos, políticos y profesionales) de autorrealización personal.

Aunque siempre hay que tomar en cuenta el contexto, en general, según algunos estudios de tendencias electorales, se estima que las mujeres de clase media alta: profesionales, intelectuales, ejecutivas, son ideológicamente más liberales que los hombres y defensoras de la justicia social, y sus decisiones políticas son más autónomas y reflexivas. Por el contrario, las mujeres de clase media baja y grupos precarizados son más proclives a la influencia política de su pareja, la política asistencialista y clientelista del Estado, más conservadoras y su voto menos reflexivo, más susceptibles de ser influenciadas por las representaciones de los líderes "carismáticos", las ficciones de las plataformas digitales y la política del espectáculo.

Mientras la élite y clase media alta abrazan un liberalismo centrado en derechos y la autorrealización individual, la clase media baja y precarizada se refugia en el clientelismo, la tradición, el orden y el comunitarismo, como estrategia de supervivencia ante la ausencia de los soportes institucionales y un Estado fuerte que garantice justicia social.

En términos generales, las mujeres dominicanas se han diferenciado y están experimentando también las consecuencias de la creciente desigualdad económica, la fragmentación social y la creciente polarización cultural-ideológica que está impactando y deteriorando la democracia dominicana.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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