¿Quién lo hubiera imaginado hace 50 años? China, un país pobre, de mucha población, que había sostenido una larga contienda interna, una llamada revolución cultural de escasez. Dividida, porque su élite derrotada se había refugiado en Taiwán.
Así la encontró Richard Nixon cuando hizo su viaje exploratorio a China en febrero de 1972. Para enero de 1979, Estados Unidos y China iniciaron relaciones diplomáticas, y, a partir de ahí, forjaron una dependencia económica inimaginable.
En la década de 1960, Estados Unidos estaba en su clímax industrial. El costo de la mano de obra aumentaba mucho para el gusto de los empresarios, los medios de transporte iban mejorando, y el capital comenzó a buscar nuevos lugares para producir a gran escala a menor costo y suplir con productos de bajo precio el gran mercado de consumo estadounidense.
Pura lógica capitalista llevó entonces a que Estados Unidos hiciera de China su gran zona de producción barata. La maquila de México perdió fuerza y los países del Caribe y Centroamérica no tenían la mano de obra disciplinada para ser competitivos con China.
El capitalismo llegó para ser gerenciado por el Estado comunista chino. Se generó una clase empresarial bajo la sombrilla estatal y creció la clase media. Muchos chinos salieron de la extrema pobreza en la que habían vivido por largo tiempo.
Si China hubiese permanecido exclusivamente como una zona productiva de bajo costo para Estados Unidos, ni el mundo ni China hubiesen cambiado tanto.
Pero China aprovechó el sistema de producción establecido para convertirse en un poderoso productor de bienes de consumo baratos para todo el mundo; primero a través de las exportaciones a los comercios de cada país, y luego a través de sus propias tiendas y redes virtuales.
China produce alrededor del 30 % de los bienes industriales del mundo, y se estima que subirá a 45 % para el 2030.
Como resultado, la industrialización perdió impulso en muchos países capitalistas: comprar productos manufacturados a China se hizo más fácil y barato.
Así, el comercio en casi todo el mundo fue reemplazando la industrialización.
Hasta la década de 1970, el capitalismo existió en tensión entre la necesidad de acumular capital y ampliar el consumo. La producción barata china y la globalización mitigaron esa tensión al lograrse la masificación del consumo.
La entrada de China al juego económico mundial con su integración a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 rompió el círculo vicioso del capitalismo de mercado.
El capitalismo de Estado autoritario chino podía organizar la producción sin la competencia empresarial irracional y sin grandes conflictos laborales.
Con la diversificación de sus mercados de exportación, China también logró que el capitalismo dejara de ser un sistema de consumo para unos pocos.
Eso no significa que se haya eliminado la pobreza ni las grandes desigualdades socioeconómicas en el mundo, sino que las aspiraciones y posibilidades de consumo se ampliaron con productos más accesibles.
De pobre y aislada, China pasó a ser una pieza clave y controversial en el capitalismo global; ahora con un inmenso poder industrial, tecnológico y militar.
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