Antes de llegar a esta instancia, estuve mucho tiempo esperando que bajara la marea de los dimes y diretes entre tus correligionarios y quienes te adversan. En ese interregno no había momento que no sintiera la necesidad de decirte que no fueras tan indulgente conmigo, tan sobreprotectora, que hubiera preferido que me dejaras curtirme más en los avatares de la vida, aprender de mis errores, pensar con mi propia cabeza. Tal vez dar paso a la duda metódica cartesiana o a su Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo). Pero como muchos, preferí guardar silencio. Eran más, y aún lo son, quienes embriagados de fastuosidad te aplauden y rinden pleitesía. Los pocos que te miran con recelo son considerados unos amargados y desencantados de la vida, unos perdedores, a los que la rueda de la historia les pasará por encima. A veces los avances tecnológicos vienen de la mano de cierta grandilocuencia populista o un optimismo desmesurado.

No te niego que me genera un dilema moral cuando pienso lo muy atados que están mis afanes y retos académicos a tu exuberancia cognitiva. Llegas como un demiurgo que nos salvará de la debacle, mientras que voces agoreras presagian el fin de la humanidad.

Ya los profesores están advirtiendo que en el aula, in situ, no soy tan listo como cuando me convierto en un fantasma digital que se refugia en el aula virtual y cuando realizo los trabajos con plazos de entrega. En el aula física apenas hablo, me expreso con poca fluidez. Cuando me encuentro entre las cuatro paredes del curso quisiera salir huyendo, pasar desapercibido. Ya no me acostumbro a tener compañeros a mi alrededor y me cuesta mucho seguir las letanías de un profesor durante dos horas, por más interesante que parezca la clase. Se me hace difícil hilvanar algunas ideas, sostener una conversación coherente, dialogar con ideas que surjan de mi asombro y curiosidad. Sin embargo, en la virtualidad me convierto en un "doctorando". ¿Réquiem al Homo sapiens? 

El pasado ciclo académico, con una asignatura relativamente fácil, elemental, que sólo requería de competencias en lecto-escritura, lo pasé mal con un profesor que todas las actividades evaluativas tenían como escenario el aula física. Allí no podía tener acceso a ti, estaba vedada tu presencia. Cuando llegaba a esa clase me daba la sensación que era como estar en “Jurassic Park”. Saqué lo mínimo para pasar, 70 puntos. En cambio en las demás asignaturas, en las que fui evaluado a través del aula virtual, todas fueron aprobadas por encima de 90. Desde luego, allí estabas tú como mi lazarillo que me resguarda del naufragio. Pero hasta cuándo este contubernio, este maridaje! Y cuándo ya no estés!

Ahora mi mayor temor es que cuando finalice mi carrera y comience a incursionar en el mercado laboral, a ti misma será que acudirán mis futuros empleadores para saber de mis reales y verdaderas fortalezas en mi oficio. Sin mucho rodeo, te confieso que soy una víctima más de este experimento incierto. Pero ya no hay tiempo para mirar atrás, imposible desandar el sendero trillado. Aquí estoy a tu merced, al punto que esta carta que escribí no hubiera sido posible sin ti.

J. Alberto Rodríguez

Sociólogo

Profesor universitario. Curioso e incansable oteador de quimeras evanescentes. Coleccionista de amigos y afectos. Melómano empedernido que apenas toca la puerta para que lo dejen entrar donde alguien escucha buena música. No me imagino la vida sin el cine, la literatura, y sin esa familia que me conforta.

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