“Difícil cosa es razonar una admiración”, escribió Jorge Luis Borges al referirse al poemario “Reloj del Sol”, publicado por el Mtro. Alfonso Reyes en 1926. Descanso en sus reflexiones para una elegía a Juan Manuel Guerrero, fenecido el pasado 20 de enero. Su partida prematura acongoja a la comunidad de abogados y estudiantes de derecho.
A Borges le asombró la primacía otorgada en esa obra por el mexicano a las anécdotas:
“Hay que interesarse por las anécdotas, lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad? Pero, además, suelen ser como la flor de la planta: la combinación cálida, visible, armoniosa que puede cortarse con las manos, y llevarse en el pecho, de una virtud vital”. (Alfonso Reyes, Reloj del Sol).
Colegas y alumnos estamos colmados de significativas anécdotas con Juan Manuel. En la opinión del argentino, Reyes dejó reformado el valor de estas secciones breves del destino de un hombre en otros contextos menospreciado.
El anecdotario de Juanma informa acerca de su personalidad ecuménica. El jurista y maestro llenó sus días con fervor por el saber con hechos pedagógicos y fabulosas conversaciones de sobremesa selladas con una singular hilaridad conectiva.
Transformaba cualquier breve momento en una oportunidad promotora de la unidad y la cooperación benévola entre abogados y estudiantes de derecho; y es por lo que, su legado está diseminado en el colectivo que hoy le honra y despide.
Cada anécdota es distinta, pero en todas aparecen esos ojos saltones, regalando atención plena a su interlocutor, y una sonrisa traviesa, que en simultánea anunciaba la próxima ocurrencia cavilada por esa mente ágil como abono a la conversación.
Borges comenta que las anécdotas suelen acompañarse de metáforas, ante la angostura lineal del relato. El relator persigue imágenes de categoría poética.
Nuestro amigo Juanma mantuvo un perpetuo alborozo juvenil por la amistad y el conocimiento, como muestra de su humildad. Una anécdota personal con él me acompaña en el duelo. Ocurrió a finales 2014, cuando estuvimos por semanas en barras opuestas en el Tribunal Superior Administrativo. Supo que, luego de la conclusión al fondo, me iba del país por tiempo indefinido.
A partir de entonces llevó dos procesos: ganarme la instancia y conseguir una sentencia de improbable revisión; y, tan pronto bajaba de estrado, en cada audiencia, buscarme con esa auténtica simpatía para afianzarse con la virtud de virtudes, la cortesía. El día que concluimos al fondo me despidió con cariño y exhortaciones de mantenerme cerca del derecho dominicano.
Guerrero tenía un entendimiento superior de nuestra disciplina como ciencia social y junto a sus compañeros docentes trabajó ese concepto aglutinador. Creía en la importancia de mantener aireado el debate con atractivas galerías de pensamiento jurídico.
En la despedida antes mencionada, me conminó a no abandonar mis esfuerzos. Ante este inesperado y doloroso adiós me debo a esa promesa.
En vida, sus alumnos le honraron con un hermoso acto. Ellos son su legado viviente, una multiplicación de su espíritu.
La última vez que compartimos de cerca fue en un almuerzo junto a Rafael Dickson, cuando fuimos preseleccionados para formar un tribunal arbitral colegiado. Aunque trabajamos unas semanas el acta de misión, la instancia no llegó a constituirse, pero el cariño fraterno se reafirmó entre nosotros.
Conservaré ese último retrato sibarita de Juanma sentado en esa pescadería haciendo bromas.
Remito a su esposa Yohanna, a sus hijos, a su hermano y compañero de faenas Manuel Fermín Cabral y al resto de su familia, un reiterado abrazo solidario.
Extrañaré su inconfundible salutación: ¡Cara amiga!
Buen viaje, caro amigo Juan Manuel.
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