Una vez le mostré y regalé a Leonel un libro que podía dejar la lección de que Marx fue por lana y regresó traquilao.
No fue una ocurrencia ligera, sino una síntesis dominicana —casi caribeña— de una intuición histórica que me acompañaba desde hacía años.
La frase volvió a mi memoria al recordar dos escenas que, en realidad, forman parte de un mismo relato político e intelectual.
La primera ocurrió el 15 de diciembre de 2018, cuando nos reunimos en la Casa Nacional del Partido de la Liberación Dominicana para celebrar los 45 años de la fundación del PLD.
Aquella conmemoración, realizada junto a Reynaldo Pared Pérez, congregó a figuras que representan etapas enteras de la vida política dominicana.
Allí estaban, entre otros, Euclides Gutiérrez Félix y su esposa Flavia García de Gutiérrez, testigos y protagonistas de una tradición partidaria que se había construido sobre la obra y el pensamiento de Juan Bosch.
Pero no estuvieron el presidente de la República Danilo Medina y sus estrechos colaboradores, si bien la atmósfera tenía algo de balance histórico: un partido que miraba hacia su pasado mientras enfrentaba ya las tensiones de su porvenir.
Pero el libro no se lo entregué ese día. El momento simbólico ocurrió once días después, el 26 de diciembre, en su cumpleaños, en Funglode.
Fue allí donde le obsequié “Marx y el Barbero”, un texto singular que relata el viaje del filósofo materialista a Argelia, donde un barbero le quitó la barba que era y es aún el símbolo de su imagen en los libros de propaganda marxista.
Recuerdo la sorpresa de Leonel y su atención mientras le explicaba el sentido profundo del gesto: Marx había visitado la colonia francesa del norte de África y, enfrentado a una realidad histórica más compleja que sus categorías europeas, había regresado, como decimos en nuestro lenguaje popular, traquilao.
En la fila de recibo -conservo una foto de ese dia- Omar Fernández nos Mirabal con curiosidad a Leonel y a mi.
Aquella metáfora no era banal. Argelia no es solo un país africano; es un cruce de civilizaciones, imperios y memorias coloniales que siguen gravitando sobre Europa y sobre el mundo contemporáneo.
Durante más de un siglo fue colonia francesa, pero no una colonia cualquiera: fue concebida como una extensión del propio territorio de Francia.
Allí se proyectaron las contradicciones del proyecto republicano europeo: libertad proclamada en París, dominación ejercida en el Magreb.
Miles de colonos europeos —los pieds-noirs— se establecieron en esa tierra norteafricana, creando una sociedad híbrida, compleja y conflictiva, donde la cultura francesa convivía con las tradiciones árabes y bereberes.
La independencia de 1962 no cerró esa historia; la trasladó al interior mismo de la sociedad francesa.
Hoy, una parte significativa de la población de Francia tiene raíces en Argelia, lo que convierte a ese país magrebí en un componente invisible, pero decisivo, de la identidad contemporánea europea.
En ese escenario, el viaje de Karl Marx a Argelia adquiere una dimensión casi literaria. El pensador que había analizado el capitalismo industrial europeo y había imaginado la emancipación universal del proletariado se encontró, en el norte de África, con una realidad colonial que no se explicaba únicamente por la lógica de la fábrica o del capital, sino por la conquista, la religión y la identidad cultural.
Marx viajó enfermo buscando salud, pero halló una experiencia histórica que obligaba a ampliar —o al menos a matizar— su visión del mundo.
De ahí la imagen del filósofo sin barbas, enfrentado a un universo histórico que lo dejaba, si no vencido, al menos más silencioso: traquilao.
Esa reflexión conecta hoy con una nueva coincidencia histórica.
Argelia será visitada en abril próximo por el papa León XIV, y no es un hecho menor que esa tierra africana sea la patria de Agustín de Hipona, uno de los grandes Padres de la Iglesia.
San Agustín, cuya influencia marcó profundamente a Benedicto XVI y es estudiada con interés por figuras contemporáneas, como el vicepresidente estadounidense JD Vance, representa otra respuesta al drama humano: la del espíritu inquieto que solo encuentra reposo en la trascendencia.
La convergencia simbólica es poderosa. En la misma geografía se cruzan la sombra de Marx, el intérprete materialista de la historia moderna, y la voz de Agustín, el teólogo que comprendió al hombre como ser desgarrado entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios.
Ambos, separados por siglos y por visiones del mundo opuestas, dialogan silenciosamente en el suelo argelino. Uno observa las estructuras económicas; el otro, las profundidades del alma humana.
La guerra de independencia argelina fue, además, una crisis moral para Francia y para todo Occidente. Mostró que los derechos humanos proclamados en Europa podían coexistir con estructuras coloniales que los negaban en la práctica.
La descolonización marcó el fin de una época y abrió un ciclo nuevo, en el que millones de ciudadanos de origen magrebí pasaron a formar parte del tejido social europeo.
El pasado colonial no se disolvió en los tratados diplomáticos; quedó inscrito en la demografía, en la cultura y en la política del continente.
Por eso, el recuerdo de aquel libro regalado a Leonel Fernández en su cumpleaños de 2018 deja de ser una anécdota privada y se convierte en una clave interpretativa del presente.
“Marx y el Barbero” simboliza el encuentro entre el pensamiento moderno europeo y la historia profunda del norte de África.
Y ese encuentro continúa hoy, cuando la política, la religión y la memoria colonial vuelven a converger en la misma tierra que vio nacer a San Agustín y que sigue interrogando a Europa sobre su identidad, su pasado y su futuro.
En el fondo, aquella frase dominicana —Marx fue por lana y regresó traquilao— resume una intuición histórica mayor: que ninguna teoría, por poderosa que sea, puede abarcar la totalidad de la experiencia humana.
Las civilizaciones no se explican solo por la economía ni solo por la fe, sino por la compleja interacción entre ambas dimensiones. Y tal vez por eso, al escucharme aquella mañana en Funglode, Leonel comprendió que detrás de la broma caribeña había una reflexión sobre el destino de las ideas cuando se enfrentan a la realidad concreta de los pueblos, de las culturas y de la historia viva.
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