Mientras José Bosch y la familia Gaviño se iban aclimatando a la realidad dominicana en el corazón del valle del Cibao, el escenario político nacional avanzaba con celeridad hacia el caos. Liquidado físicamente Heureaux, surgieron dos caudillos fuertes, Horacio Vásquez y Juan Isidro Jimenes Pereyra, pero los lilisistas (los seguidores de Heureaux) siguieron siendo una fuerza política importante.
Si Vásquez ganó su prestigio político por ser ajusticiador de Heureaux, Juan Isidro Jimenes Pereyra era muy popular por la expedición naval que encabezó el año anterior al tiranicidio intentando derrocar al dictador y que, a pesar de que fue un fracaso militar, le granjeó una gran simpatía entre los opositores al tirano.
Juan Isidro Jimenes Pereyra era hijo del presidente Manuel José Jimenes, nacido en Cuba, que había ocupado el Poder Ejecutivo dominicano entre 1848 y 1849. A la vez, Jimenes Pereyra fue el padre de Juan Isidro Jimenes Grullón, con quien Juan Bosch mantuvo un vínculo de varias décadas, al inicio de fraternal colaboración, y luego de intensos conflictos, tanto en el exilio como al regreso de ambos a República Dominicana luego del tiranicidio de Trujillo.
Mientras Juan Isidro Jimenes Pereyra era uno de los empresarios más ricos del país, el nivel socioeconómico de Horacio Vásquez era más modesto: se dedicaba a la agricultura y el comercio de frutos. "No poseía educación formal de alguna importancia, ni tampoco se le reconocía gran experiencia administrativa; en cambio, se aceptaba, aun por sus enemigos, que era poseedor de una reputación de honestidad intachable y poseedor de un gran sentido común" (Orlando Inoa). Su grave defecto, igual que el de su primo Ramón Cáceres, fue la adicción al poder, siendo capaces los dos de todo tipo de maniobra y engaño para intentar permanecer como gobernantes mientras vida tuvieran.
De la forma en que Jimenes Pereyra amasó gran parte de su fortuna, comenta Emilio Cordero Michel que: "Juan Isidro Jimenes, rico comerciante y burgués intermediario que usufructuó y se enriqueció con el régimen dictatorial lilisista aumentando sus caudales, se convirtió en su enemigo al sentir afectados sus intereses económicos por la nefasta política monetaria del régimen".
Jimenes Pereyra no fue el primero, ni será el último, en cambiar de bando por los beneficios o perjuicios que le ocasionaba un determinado régimen político. En todo el devenir de la historia dominicana las fidelidades políticas están condicionadas a lo que le conviene al "patriota" de ocasión. El transfuguismo político en el país es regla, no excepción.
Desde su gobierno de facto tras el tiranicidio, "Vásquez convocó a elecciones y pidió al país que votara por don Juan Isidro Jimenes, a quien Vásquez reconocía como jefe nacional del movimiento antililisista" (X, 312). Jimenes y Vásquez, el primero como presidente y el segundo como vicepresidente, asumieron el gobierno en noviembre de 1899 con el cuerpo de Heureaux aún tibio. La unidad lograda por ambos únicamente excluía a los lilisistas en ese momento.
La alianza duró poco y en dos años los horacistas derrocaron al presidente Jimenes y Vásquez asumió la presidencia. De socios pasaron a ser enemigos, no por divergencias ideológicas, sino por la ambición de cada uno por dirigir el país. Y como ellos, había decenas de jefes de menor relevancia en todas las regiones del país deseosos de llegar a la presidencia con votos o con botas. A las guerritas de esos caciques regionales se les denominó revoluciones.
Las "revoluciones" eran acciones armadas de jefes locales que buscaban acceder a puestos relevantes en el Gobierno dominicano. ¿La razón? "Los jefes y las masas que hacían esas 'revoluciones' luchaban porque necesitaban conquistar la seguridad económica y el ascenso social en un país muy pobre" (XI, 490). La primera novela escrita por Juan Bosch, titulada La Mañosa (1936), trata ese fenómeno al final del siglo XIX y el inicio del XX. Décadas después, Joaquín Balaguer publicó una novela llamada Los Carpinteros (1984) sobre el mismo tema.
La herencia de Ulises Heureaux fue agridulce. Fue un dictador que oprimió severamente al pueblo dominicano, especialmente a todo el que se le opusiera (o que él suponía que se oponía) y dejó una inmensa deuda en el erario que comprometió la soberanía dominicana por décadas. Por otra parte, lo señala claramente Orlando Inoa, "dentro de su mandato el país entró en la modernidad (…) se instaló la luz eléctrica, se inauguraron dos líneas del ferrocarril (del Cibao) y se estableció el cable submarino que conectó telegráficamente al país con los Estados Unidos y Europa. Y aumentó la producción de azúcar, cacao y café". Esa faceta de la tiranía debió ser un factor para atraer al país emigrantes españoles, incluidos José Bosch y los Gaviño.
La interpretación de Juan Bosch del papel jugado por Heureaux en la historia dominicana es la siguiente: "La etapa que debía llenar el paso del precapitalismo al capitalismo no podía ser recorrida si el país no estaba dirigido por una dictadura, así como en Europa se necesitó de los reyes absolutos para pasar del feudalismo hacia el capitalismo" (XII, 11). Esto lo expresa Bosch en su obra Capitalismo tardío en República Dominicana, publicada en 1986, donde muestra su personal interpretación marxista de la historia dominicana.
Un segundo aspecto relevante para entender ese periodo, previo al nacimiento de Bosch, y que él décadas después analizará, es la composición de clases sociales que la República Dominicana tenía al iniciarse el siglo XX. "La pequeña burguesía dominicana, en sus tres sectores" (alta, mediana y baja pequeña burguesía) "se había dividido en jimenistas y horacistas, y en esa pequeña burguesía estaban confundidos los que sirvieron a Lilís y los que fueron sus adversarios" (X, 313). Eso era consecuencia del atraso capitalista en el país y de que la lucha por el poder se articulaba en términos caudillistas, en los mismos términos de una sociedad rural precapitalista.
Compartir esta nota