Más del 70 por ciento de los estadounidenses ya considera que la inteligencia artificial (IA) se está desarrollando "demasiado rápido". A medida que esta tecnología gana potencia y se invierten billones de dólares adicionales en su infraestructura, dicha inquietud se intensificará.

Con el tiempo, los populistas podrían aprovechar esta tecnofobia, haciéndose eco de la retórica antiinmigración y de la nostalgia por la industria manufacturera que han marcado la política durante gran parte de la última década. Es probable que pronto se generalicen consignas como "los empleos humanos primero" y propuestas políticas que van desde impuestos a la IA hasta prohibiciones sectoriales específicas.

La mayor parte de los temores se centra en la posibilidad de que los bots sustituyan los puestos de trabajo. Esta preocupación es especialmente prevalente en las economías avanzadas, donde una mayor proporción de la actividad económica procede del sector de servicios y de ocupaciones que requieren conocimiento intensivo. Estos empleos tienden a estar más expuestos a las alteraciones provocadas por la IA. Goldman Sachs estima que, en la próxima década, 300 millones de empleos en todo el mundo podrían verse afectados por la automatización.

Sin embargo, en EEUU —que probablemente servirá de laboratorio de pruebas para la política contraria a la IA, dado el papel central de Silicon Valley en esta tecnología—, la inquietud va más allá de la mera pérdida de empleos.

La expansión de los centros de datos está generando preocupación en algunos estados por el aumento de los costos energéticos y el uso del suelo. Otras inquietudes incluyen las vulneraciones de la privacidad, el riesgo de una mayor desigualdad y amenazas más amplias para la humanidad. Según encuestas de YouGov, más del 40 por ciento de los estadounidenses desconfía de la IA y se muestra escéptico respecto a su uso en cualquier sector.

Esta desconfianza ya está influyendo en la política y la regulación. Según el registro del US Data Center Moratorium, que rastrea los centros de datos en EEUU, 19 estados han impuesto restricciones a estas granjas de servidores o están considerando hacerlo. En el ámbito progresista, políticos como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez han reclamado una moratoria nacional para su construcción, mientras que la senadora demócrata Elizabeth Warren propuso el mes pasado gravar directamente a las empresas de IA. La tecnología también dividirá a la derecha, tradicionalmente más favorable a las empresas. En abril, el senador Josh Hawley instó a sus colegas republicanos a rechazar fondos de grupos partidarios de la IA, advirtiendo de un posible "costo político".

El discurso anti-IA podría extenderse a escala mundial a medida que otras naciones ricas aumenten sus inversiones en esta tecnología. Por ejemplo, el mes pasado un funcionario surcoreano planteó la posibilidad de aplicar un impuesto a los beneficios extraordinarios de los gigantes nacionales de los chips, Samsung Electronics y SK Hynix, calificándolo de "dividendo nacional".

Matt Gertken, estratega jefe de geopolítica de BCA Research, explica que en EEUU existe suficiente sentimiento negativo hacia la IA como para movilizar a los votantes. Esto podría desencadenarse de varias formas.

"Podría producirse un acontecimiento catalizador, como una gran perturbación económica relacionada con la IA, una brecha de ciberseguridad u otra aplicación nefasta de la tecnología, tal como vimos con el accidente de Three Mile Island en el sector nuclear o la crisis de las hipotecas subprime en la banca", afirma. "O bien, la presión política sobre la IA podría aumentar gradualmente a medida que crezca el descontento por la pérdida de empleos, el aumento de la inflación derivado de los elevados gastos de capital y la percepción de una creciente desigualdad".

El desafío para los defensores de la IA radica en que el impacto económico negativo se manifestará antes y de forma más visceral que las ganancias en productividad y empleo. Las industrias necesitan tiempo para optimizar el uso de la tecnología y generar nuevo valor y oportunidades. La automatización también amenaza a las élites de los sectores influyentes de trabajadores de cuello blanco, lo cual intensifica la posible resistencia.

Sin embargo, las respuestas drásticas ante la IA corren el riesgo de diluir sus beneficios. Un enfoque equilibrado apoyaría a las personas y a las empresas para que se adapten mejor a la tecnología, acompañado de marcos regulatorios mesurados. Esto implicaría respaldar iniciativas de recapacitación a gran escala y reformas para impulsar las empresas "startup", la creación de empleos y el desarrollo de infraestructuras.

No obstante, los gobiernos de las economías avanzadas tienen un historial deficiente en la gestión de las transiciones económicas provocadas por cambios significativos, como la globalización o la descarbonización. En consecuencia, los instintos proteccionistas de los populistas tienden a resultar más atractivos.

Dado que la evolución de la IA está superando la capacidad de reacción de los responsables políticos, la dinámica política en torno a esta tecnología resultará familiar. Es probable que los bots se sumen pronto a la lista de elementos de los que los votantes desean protegerse y que las clases profesionales lleguen finalmente a empatizar con quienes criticaron la inmigración y la deslocalización de empleos.

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