Como arquitecto y urbanista que ha dedicado su vida a la creación de infraestructuras de excelencia, entiendo que cualquier estructura, sea un rascacielos o un orden mundial, depende exclusivamente de la integridad de sus cimientos. Mi análisis sobre la crisis actual entre Irán y Estados Unidos no proviene de la especulación académica, sino de una trayectoria forjada en el epicentro de la historia contemporánea.
Tras tres años de estudios de máster en Gobernanza Global en Moscú, logré comprender la psique estratégica de los bloques del Este, pero fue en el fango y el concreto de la Guerra de los Balcanes donde mi visión se hizo pragmática. Durante tres años estuve en el "field" y ocho años en total serví como arquitecto de la misión de las Naciones Unidas (IFOR) asignado al US Army Corps of Engineers. Mi oficina fue en Sarajevo, Hungría y Eslovenia, y mi misión fue nada menos que la reconstrucción urbana de la nueva Bosnia y Herzegovina. Allí aprendí que diseñar una ciudad es, en última instancia, diseñar la paz o administrar las ruinas de la guerra.

Hoy, cuando escucho a propagandistas en medios internacionales hablar de una "guerra rápida" contra Irán, mi memoria regresa a las salas de mando de Bosnia. La guerra rápida es una ilusión de laboratorio; en la realidad de la ingeniería militar, cada acción genera una reacción en cadena que suele terminar en décadas de inestabilidad y reconstrucciones interminables que nunca logran devolver la cohesión original al tejido social.
El actual escenario en el Golfo Pérsico es un ejemplo de una falla de diseño estratégica en la política exterior occidental. Estamos viendo cómo se ignora sistemáticamente la soberanía de una nación que ha construido su defensa no solo en la ideología, sino en una arquitectura militar subterránea y resiliente. Irán no es la Bosnia que intentamos reconstruir; es una potencia que ha perfeccionado la ingeniería inversa y que hoy opera un centro de mando conjunto con Rusia y China.
Mientras algunos analistas sugieren que Irán "juega con fuego", mi experiencia en el TAC me dice que son ellos quienes están marcando el perímetro. Han desarrollado variantes de misiles hipersónicos y balísticos protegidos por la propia geología de su territorio, en búnkeres que escapan a la capacidad de detección de la inteligencia convencional. Atacar estas estructuras no sería una operación quirúrgica, sino un asalto a un sistema defensivo que ha sido diseñado durante cuarenta años para este momento exacto.
Desde mi perspectiva como arquitecto de infraestructuras críticas, la vulnerabilidad del sistema estadounidense es hoy estructural. Estamos intentando proyectar poder con una maquinaria que, paradójicamente, depende de sus adversarios. El caso del F-35 es sintomático: un prodigio de la aviación que hoy se ve comprometido porque China, el principal aliado de Irán, ha restringido el suministro de galio, un material indispensable para sus radares. Esto obliga a los ingenieros a colocar "pesos de gema" para compensar la falta de componentes, reduciendo la efectividad del arma que supuestamente debería garantizar la victoria.
Es una contradicción de diseño fundamental: no puedes ganar una guerra contra un bloque que suministra los materiales con los que fabricas tus armas. Esta debilidad estructural se extiende al ámbito financiero, donde el dólar, ese gran pegamento del orden mundial liberal, está siendo abandonado por los países BRICS en favor de activos tangibles como el oro y la plata.
La reciente carta de Irán a las Naciones Unidas es un documento que debe leerse con la seriedad de un plano de demolición. Al declarar que cualquier base o activo hostil en la región es un objetivo legítimo, Irán está fijando su propia "Doctrina de Seguridad", invalidando la presencia de fuerzas externas en lo que ellos consideran su esfera de influencia natural.
Si Estados Unidos persiste en la ilusión de que puede controlar el Golfo Pérsico como lo hacía en los años noventa, se encontrará con una respuesta que no solo involucraría misiles, sino la entrada activa de Rusia y China en el conflicto. Mi formación en Moscú me permite asegurar que el Kremlin no permitirá la caída de Irán, ya que lo considera un muro de carga esencial para su propia seguridad. Un ataque a Teherán sería el detonante de una reacción en cadena que podría llevar al uso de armas nucleares tácticas y al colapso definitivo del sistema económico global.

Estados Unidos ha descuidado su propio hemisferio, permitiendo que la influencia de sus rivales penetre en América Latina, mientras gasta sus recursos en intentar sostener una estructura obsoleta en el Medio Oriente. La lección de los Balcanes fue que la reconstrucción es infinitamente más costosa que la preservación.
Si no somos capaces de rediseñar nuestra diplomacia y aceptar que el tablero geopolítico hoy tiene múltiples centros de mando, terminaremos habitando las ruinas de un sistema que nosotros mismos ayudamos a colapsar por pura arrogancia arquitectónica.
La paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de un diseño justo y equilibrado donde cada nación tiene su espacio vital garantizado.
Compartir esta nota