Algunas palabras pierden densidad con el uso reiterado. “Crisis” es una de ellas. En el lenguaje cotidiano suele asociarse con deterioro, final o pérdida inevitable. Esta interpretación, sin embargo, no coincide plenamente con la comprensión desarrollada en distintos campos del conocimiento. En psicología del desarrollo y en la teoría de la resiliencia, la crisis también se entiende como un punto de reorganización, donde estructuras previas dejan de sostener la continuidad y obligan a construir nuevas respuestas adaptativas (Masten, 2014). Desde esta perspectiva, no toda crisis anuncia derrumbe; en muchos casos señala un umbral de transformación cuya naturaleza solo se comprende retrospectivamente.
Las crisis auténticas alteran la percepción de normalidad. Aquello que ofrecía estabilidad pierde eficacia y las certezas previas se vuelven insuficientes. Este proceso, aunque doloroso, cumple una función reveladora: expone límites, evidencia dependencias ocultas y sitúa a la persona o a la comunidad frente a la necesidad de decidir. La investigación sobre toma de decisiones en contextos inciertos muestra que la omisión también produce efectos, pues no actuar constituye en sí mismo una forma de elección con consecuencias acumulativas (Kahneman, 2011).
En estos escenarios aparece con frecuencia una reacción regresiva: el deseo de restaurar el estado anterior. No obstante, la literatura sobre cambio organizacional y adaptación humana indica que los sistemas que atraviesan crisis profundas no retornan a su forma previa, sino que evolucionan hacia configuraciones distintas, ya sea por aprendizaje o por deterioro (Taleb, 2012). Intentar reconstruir el pasado sin transformación no preserva la estabilidad; más bien prolonga la disfunción.
También resulta necesario precisar el concepto de oportunidad. Lejos de entenderse como azar favorable, diversos enfoques en educación y desarrollo humano coinciden en que la oportunidad emerge cuando convergen preparación previa, condiciones temporales y decisión consciente. Esta convergencia explica por qué situaciones similares producen trayectorias divergentes entre individuos o sociedades.
Numerosos fracasos históricos no derivan de errores visibles, sino de dilaciones prolongadas. La evidencia en estudios de comportamiento muestra que la postergación sistemática reduce la probabilidad de acción futura y estrecha progresivamente el campo de posibilidades (Steel, 2007). En ese sentido, el tiempo no es neutral: actúa silenciosamente sobre las decisiones no tomadas.
La tradición bíblica ofrece una lectura convergente con estas aproximaciones. Los relatos del éxodo, del desierto y de la crucifixión describen momentos en los que la salida no es evidente y la respuesta requerida es avanzar en medio de la incertidumbre. Teológicamente, la fe no elimina la crisis; la sitúa como espacio de confianza activa. Así, creer implica movimiento antes que certeza.
El presente histórico reproduce dinámicas similares en ámbitos educativos, económicos e institucionales. La cuestión central no radica en la existencia de crisis —fenómeno recurrente en toda sociedad—, sino en la capacidad de respuesta que estas provocan. La historia comparada muestra que muchas oportunidades colectivas se pierden más por indecisión interna que por presión externa.
La metáfora del grano de mostaza ilustra un principio coherente con la teoría del cambio incremental: transformaciones significativas pueden originarse en decisiones pequeñas, pero sostenidas. No eliminan la incertidumbre inicial, pero rompen la inercia que impide el comienzo.
Toda oportunidad posee un horizonte temporal limitado. La percepción de estabilidad momentánea suele inducir postergación, aunque sea precisamente en esos periodos cuando se cierran más posibilidades de cambio. Las pérdidas decisivas rara vez ocurren de forma estruendosa; con frecuencia se producen de manera gradual.
De este modo, la pregunta relevante de nuestro tiempo no es si atravesamos crisis, sino qué decisiones evitamos dentro de ellas. En los momentos de transición, el rumbo no se define por las emociones experimentadas, sino por las acciones emprendidas. A menudo, la diferencia entre deterioro y renovación no depende de los recursos disponibles, sino del momento en que se decide actuar.
NOTA BIOGRÁFICA
Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, ensayista y gestor académico dominicano. Doctor en Educación, desarrolla trabajo en formación técnica superior, pensamiento educativo y reflexión social desde una perspectiva humanista y cristiana. Escribe sobre educación, cultura, fe y vida pública.
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