Si hay algo que me molesta, y espero que a ustedes también, son esos que logran posicionarse en el poder de nuestros pueblos bajo un falso nacionalismo. Y no es que yo crea en esas pendejadas de pertenencia, pero sí me indignan aquellos que venden sus pretensiones bajo esos "principios".

Yo nací en Santo Domingo, pero reconozco que no todo lo que eso me da como identidad es lo mejor. Uno, como individuo, tiene el derecho de escoger, más adelante, si eso en lo que uno se desenvolvió es realmente lo que decide ser. Es decir, tengo la libre voluntad de cambiar.

Y precisamente porque no creo en los nacionalismos de cartón es que tampoco reniego del lugar donde nací y crecí. Dicho esto, no rechazo ni menosprecio mi origen. ¿Que hay lugares mejores? Sin duda, pero ya Martí lo dijo: «Nuestro vino es de plátano, pero es nuestro vino». Seguirá doliéndome esa patria, por encima de todo aquello de lo que adolezca, porque aspiro a que se supere y continúe en busca del bienestar que estos individuos han pospuesto desde siempre.

La ola injerencista norteamericana no es algo nuevo. Desde siempre han manipulado gobiernos de América Latina a base de fuego, presión económica y desprecio, por mirarnos como seres de poca monta, serviles y ordinarios. Nos han considerado poco fiables y sin verdadero sentido de patria, y la historia demuestra que han encontrado suficientes cómplices para intervenir una y otra vez en nuestros asuntos.

Pero esto siempre fue algo oculto o, digamos, manejado con cierta discreción. Sin embargo, da pena ver cómo hoy en día ya es un asunto claro y enarbolado con pasión, de forma descarada y servil.

Individuos como Milei, en Argentina; Pereira, en Bolivia; Kast, en Chile; Noboa, en Ecuador; y el recientemente «elegido» Abelardo de la Espriella, en Colombia, entre otros, representan para muchos de nosotros claros ejemplos de subordinación al poder norteamericano.

Ya lo dije una vez en la televisión: dejémonos de hipocresía y declarémonos gringos todos y punto. Olvidémonos de esa pasión nacionalista y entreguémonos a los yanquis, ya que tanto los admiramos y vivimos locos por irnos a vivir con ellos.

Tengo un grupo de amigos que me dicen que me vaya para Cuba, Venezuela o Nicaragua, ya que no tengo derecho a expresar lo que pienso viviendo en los Estados Unidos. Pero precisamente estoy ejerciendo la libertad de expresión de la que tanto ellos han parloteado.

Si durante décadas han impuesto dictaduras a su gusto, hoy las formas han cambiado. Ahora colocan a sus acólitos bajo la legalidad de elecciones y campañas millonarias que confunden a los incautos, porque les resulta más barato y, además, va en concordancia con su empeño democrático.

Podrán decirme malagradecido y comunista, pero uno no se muda de barrio para quedarse callado ante los entuertos que encuentra en el nuevo. La culpa no es de quienes viven en él, sino de quienes lo dirigen, hasta que aparece alguien y les quita la venda.

Es por eso que muchos norteamericanos que votamos por Trump estamos compungidos por tantos desaciertos. Muchos han despertado del letargo y se han dado cuenta de abusos e incoherencias que antes preferían ignorar. Lo que no sabían, porque la verdad es que de historia saben poco, es que buena parte de esas prácticas no comenzaron ayer: siempre han estado ahí.

Ahora espero que todos esos ingenuos de América Latina que votaron por los vendidos también despierten y entiendan que el problema no es la etiqueta de «comunista», «socialista» o «capitalista». El problema son los que se venden, los que hipotecan la soberanía y los intereses de sus pueblos. Porque solo podremos llegar más lejos cuando dejemos de actuar como satélites de otros y entendamos que nuestro desarrollo depende, primero, de nosotros mismos.

Muchos deseamos regresar, y muchos lo hacen, solo para darse cuenta de que nuestros países podrían estar a otro nivel si sus recursos, instituciones y gobiernos estuvieran realmente al servicio de la gente. Pero, ¡coño!, tenemos tantos charlatanes y vendidos que nunca terminamos de llegar. ¡Salud! Mínimo Vendenero.

Máximo Caminero

Artista

Máximo Caminero; artista plástico dominicano residente en La Florida. Su labor cultural navega ya por más de treinta años entre la pintura y las letras. Sus escritos tocan temas filosóficos, políticos, cotidianos, anecdóticos o como a él le gusta llamar “Todas Las Puertas”. Autor del libro “Patricio, Todas Las Puertas” novela existencialista con pinceladas de humor y realismo mágico.

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