Tras obtener su independencia en 1776, Estados Unidos heredó una economía frágil, fragmentada y profundamente endeudada. La guerra había dejado a las antiguas colonias con finanzas públicas desordenadas, sin ingresos fiscales estables y con fuertes tensiones entre regiones. El sur permanecía anclado a una economía agrícola basada en plantaciones y trabajo esclavo, mientras el norte comenzaba a desarrollar un comercio dinámico y una incipiente actividad manufacturera. Existía un nuevo orden político, plasmado en la Constitución, pero aún no un proyecto económico coherente. La figura que dio forma a ese proyecto fue Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro (ministro de Hacienda), y uno de los arquitectos fundamentales del desarrollo económico estadounidense.

Nacido en el Caribe británico en condiciones sociales precarias, Hamilton emigró muy joven a Nueva York gracias al apoyo de comerciantes que reconocieron su talento. Huérfano y sin linaje, su ascenso fue producto de una combinación poco común de disciplina intelectual, ambición política y visión estratégica. Se formó en el King’s College (hoy Universidad de Columbia), participó en la Guerra de Independencia como oficial del Ejército Continental y se convirtió en colaborador cercano de George Washington, lo que le permitió ver de cerca las debilidades institucionales de las colonias y la necesidad de un gobierno federal fuerte.

Hamilton asumió el Tesoro en 1789, con apenas 34 años, durante el primer gobierno de George Washington. Desde esa posición diseñó una estrategia integral que combinó política fiscal, sistema financiero y protección industrial. Su objetivo no era simplemente ordenar las cuentas públicas, sino sentar las bases materiales de la soberanía nacional. Para Hamilton, la independencia política solo podía sostenerse sobre una economía sólida, diversificada e industrialmente desarrollada.

Desde el Tesoro, Hamilton presentó tres informes que estructuraron su programa económico: el Informe sobre el Crédito Público, el Informe sobre el Banco Nacional y el Informe sobre las Manufacturas. En el primero propuso que el gobierno federal asumiera las deudas contraídas por los estados durante la guerra, pues entendía que la deuda era el precio de la libertad y un instrumento para construir confianza. Con esa medida buscaba establecer la credibilidad del nuevo Estado, crear un mercado financiero funcional y vincular los intereses de los acreedores al éxito del proyecto nacional.

En el segundo informe planteó la creación del Banco de los Estados Unidos (inspirado en el Banco de Inglaterra) con la finalidad de ordenar la emisión monetaria, facilitar el crédito y servir de soporte al sistema fiscal. Esta propuesta sentó las bases del sistema financiero estadounidense y anticipó el papel central que más tarde desempeñarían los bancos centrales.

Sin embargo, el informe más innovador y polémico fue el de 1791 sobre las manufacturas. En él, Hamilton sostuvo que una nación verdaderamente independiente debía contar con una base industrial propia. Él advertía que la dependencia de bienes manufacturados extranjeros hacía vulnerable al país tanto económica como militarmente. Para fomentar la industria, propuso una política activa del Estado: subsidios selectivos, estímulos a la innovación y, especialmente, aranceles a las importaciones.

Hamilton defendía la imposición de aranceles moderados como una herramienta estratégica (no como un rechazo al comercio internacional). Los aranceles cumplirían una doble función: proteger a las industrias nacientes frente a la competencia extranjera y generar ingresos fiscales para financiar al gobierno federal. Esta visión rompía con el liberalismo clásico de Adam Smith y retomaba elementos del mercantilismo, aunque adaptados a las circunstancias de un país joven y rezagado industrialmente.

El argumento central de Hamilton era que el libre comercio beneficiaba principalmente a las naciones ya industrializadas. Los países en desarrollo necesitaban tiempo, protección y apoyo institucional para alcanzar niveles comparables de productividad. En este sentido, su pensamiento anticipó teorías posteriores sobre la industria naciente y el desarrollo económico.

El Congreso rechazó inicialmente el Informe sobre las Manufacturas. Muchos legisladores del sur temían que el proteccionismo implicara una transferencia de ingresos desde la agricultura hacia la industria del norte. Otros desconfiaban de los subsidios estatales y del poder que acumulaba el gobierno federal. No obstante, el rechazo fue temporal. Con el paso de las décadas, gran parte de las propuestas de Hamilton se implementaron, especialmente tras la Guerra Civil, cuando el norte industrial impuso su visión económica.

De hecho, el conflicto entre librecambio y proteccionismo fue uno de los factores estructurales de la Guerra Civil estadounidense. Abraham Lincoln, heredero intelectual del hamiltonianismo, defendió abiertamente los aranceles y el fortalecimiento del Estado federal. El triunfo del norte consolidó tanto la política proteccionista como la supremacía del gobierno central, dos de las causas por las que Hamilton había luchado desde los orígenes de la república.

El legado de Hamilton trasciende su tiempo. Su modelo de Estado desarrollador influyó en pensadores como Friedrich List y en las estrategias de industrialización de países que llegaron tarde al desarrollo, desde Alemania hasta Japón. La idea de que el mercado, por sí solo, no garantiza el desarrollo, y que el Estado debe desempeñar un papel activo en la construcción de capacidades productivas, encuentra en Hamilton uno de sus primeros formuladores modernos.

Hamilton murió trágicamente en 1804, tras ser herido de muerte en un duelo con el vicepresidente Aaron Burr, sin ver materializada su visión. Hoy su rostro figura en el billete de diez dólares y su pensamiento sigue siendo objeto de debate, especialmente en momentos de resurgimiento del proteccionismo y de cuestionamiento del orden económico liberal.

Alexander Hamilton fue el arquitecto de la economía estadounidense. Su obra demuestra que el desarrollo económico es un proceso político e institucional, y que las naciones no se construyen únicamente con mercados, sino con ideas, poder y estrategia. En ese sentido, Hamilton sigue siendo una figura central para comprender no sólo el pasado de Estados Unidos, sino también los dilemas del desarrollo en el presente.

Alexis Cruz Rodríguez

Economista

Doctor en Economía (Ph.D.) por la Universidad de Surrey, Inglaterra, con un Magíster en Economía Financiera de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca. Es licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). Tiene amplia experiencia en ministerios, bancos y organismos internacionales. En el ámbito académico ha impartido docencia en diversas universidades dominicanas y extranjeras. Ha sido director de la Escuela de Economía de la Universidad Católica Santo Domingo y de las maestrías en Economía Aplicada y Economía para Negocios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Sus ensayos académicos han sido publicados en revistas especializadas de circulación internacional. Es autor de los libros Ceteris Paribus. Biografías de economistas dominicanos (2023) y Exchange arrangements, currency crises and macroeconomic performance (2022). Actualmente es viceministro de Economía en el Ministerio de Hacienda y Economía y anteriormente fue viceministro de Análisis Económico y Social del MEPyD.

Ver más