Pretender solucionar la delincuencia en el país mediante la eliminación física de quienes delinquen es un grave e inútil error institucional. A lo largo de la historia dominicana, atravesada por la dictadura de Trujillo, los gobiernos de Balaguer y posteriores administraciones, el Estado ha recurrido sistemáticamente a la violencia y al terror como herramientas de control.

En el pasado, esta represión se ensañó —bajo la falsa etiqueta de delincuencia— contra jóvenes con ideales revolucionarios. Hoy el método se repite bajo la falacia de combatir «fuego con fuego», dirigido a una juventud que es producto de un sistema falto de propuestas. Esto no hace más que evidenciar que la violencia estatal jamás ha resuelto el problema, sino que lo prolonga en el tiempo.

Desde una perspectiva psicológica y neurobiológica, la conducta agresiva no es un fenómeno unidimensional ni atribuible exclusivamente al entorno marginal o a la crianza individual. Las ciencias cognitivas y la psicología conductual señalan que la violencia es un constructo multifactorial donde interactúan componentes neurobiológicos —como la disfunción en la regulación de la corteza prefrontal y los neurotransmisores— junto con variables del entorno. Responder institucionalmente con más violencia solo activa respuestas de indefensión aprendida y refuerza subculturas de agresión.

En el plano sociopolítico, la realidad contemporánea es el resultado de un sistema que niega a la juventud oportunidades de crecimiento, apostando a que los sectores vulnerables queden atrapados en las drogas y la criminalidad para mantener intactos los privilegios del poder. La transición de aquella violencia política del siglo pasado a la delincuencia instrumental de hoy —impulsada por el consumo rápido y la acumulación material— recae directamente sobre la ausencia de políticas públicas efectivas, la falta de desarrollo integral y la discriminación en la aplicación de la ley.

El problema estructural no se resuelve con represión punitiva, sino transformando las condiciones que moldean el comportamiento desde la infancia. Hasta que no se rediseñe un pacto social comprometido con el bienestar de las nuevas generaciones y se desmonte la doble moral sistémica, la violencia seguirá siendo el síntoma de una sociedad que se niega a sanar. La solución exige, por tanto, superar la improvisación punitiva y exigir una verdadera rendición de cuentas a los tomadores de decisiones. Y algo más, volver también a la familia…

Bernardo Rodríguez Vidal

Psicólogo clínico

Bernardo Rodríguez Vidal / Periodista, psicólogo clínico y organizacional, con maestría en Alta Gerencia. Consultor en gestión de riesgo de desastres y temas ambientales; dedicado a la labor social y política de manera incansable desde su juventud.

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