Antes conseguir una visa gringa era sencillo. Borrosamente recuerdo que, a mediados de los ochenta, mis papás nos llevaron a un pueblo polvoriento de la frontera, quizás Del Río, quizás Eagle Pass, en Texas. Uno tenía que demostrar que tenía «algo» y que, sobre todo, no deseaba instalarse en la poderosa nación del norte. La gente enseñaba las escrituras de su casita, los flacos ahorros de la cuenta bancaria y debía insistir en que si quería ir al otro lado, era para ir a gastar: que si una tele sony, que si unos tenis nike, pues según los enterados, antes estaban prohibidas las importaciones, por eso usábamos zapatos made-in-mexico, aunque se llamaran Canadá.

Después de mirarnos con suspicacia, el oficial nos puso un sellote en el pasaporte, que nos autorizaba a entrar for ever. Lo más sorprendente fue el costo del tramite: cero dólares. Más tarde, se dieron cuenta de que era mejor cobrar y otorgarlas por 10 años, mi sello-visa también pereció, pero todavía pasé cuando ya no funcionaba, el guardia fronterizo me dijo algo así como: «It’s good but this is the last time…», y me lo devolvió con una una ominosa leyenda de cancelado.

No sé si viene al caso, pero me acuerdo de lo que nos contaba un profesor, que en los cincuenta o sesenta, cada 4 de julio, la autoridad gabacha, feliz por los festejos patrios, abría de par en par sus puertas: «Vengan amigous, discover our great America», lo malo es que a muchos ya no les quedaban ganas de regresar. ¿Sería verdad o era un mero truco para capturar nuestra atención?

Ya sabemos que en estos tiempos trumpianos, obtener el dichoso papelito para ver de cerca a Mickey Mouse se ha vuelto una misión (casi) imposible. Además, los yankees lo están usando para presionar a gobiernos y funcionarios, pobres, como si no tuvieran ya suficientes medios de coerción… Me parece que uno de los primeros que recibió tarjeta roja, si se me permite el símil simplón, fue Oscar Arias, ganador del Nobel de la Paz y ex presidente de Costa Rica. Ahora, otro ex presidente, es decir, el hijazo de su vidaza, acaba de correr la misma suerte: Andrés Manuel López Beltrán.

Pese a que no le veo mayor gracia salvo la de ser hijo de quien es, sería la ocasión ideal para comentar las travesuras de otros hijitos mimados, como aquel que fue regañado por su papá, don Gustavo, por fumar algo más que tabaco con Jim Morrison o los hermanos Zedillo, cuyos guardaespaldas golpearon al equipo de seguridad de la banda U2 porque querían estar más cerquita de Bono…

Ya me distraje, Andrés hizo pública una carta dirigida a Mr Donald, en la que se quejaba (en español) de haber sufrido una «burda y perversa canallada» luego, como Doña Florinda, la del Chavo del Ocho, le aconsejó que no se juntara con esa chusma, léase con el humanista de Marco Rubio. Por último, invadido por un exceso de mexicanidad alegó que la cancelación de su visa era un peligro mayor para la soberanía y nos convocaba a defenderla, poco le faltó para citar el Himno nacional (un soldado en cada hijo te dio…).

La reacciones de la comentocracia fueron previsibles: que si la DEA ya le encontró un dinerito de dudosa procedencia; que si esta afrenta no puede pasarse por alto. Me hubiera gustado que alguien le hubiera aconsejado: nada de olas, Andy, don’t make waves, y me pregunto porque mejor no dijo que no tenía ganas de visitar el país de las barras y las stars, que no necesitaba ese papelucho, que lo devolvía a sus dueños, que viajar a USA en estos momentos era impensable, que se solidarizaba con los migrantes, consentidos en demasía por los amigables del ICE.

Más aún, por qué nadie en el gobierno ha aprovechado el momento para aplicar el principio de reciprocidad: Si mis ciudadanos necesitan visa, pues los spring braekers de Cancún, también. Imagino la escena del tejano que, con cara de what pretende entender a la secretaria del consulado de Dallas que le habla de un sellito, necesario para completar la formita amarilla de la solicitud para la obtención del documento que…

En pocas palabras, si así se lo propusiera, el gobierno mexicano podría incluir al pueblo de los Estados Unidos en la lista donde ya conviven los de Haití, Brasil, Perú o la República Dominicana, que saben que su burocracia es tan indescifrable como las estelas mayas de Calakmul.

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

Ver más