No era un domingo cualquiera, en la ciudad de Santo Domingo oprimida por la férrea dictadura que controlaba hasta los más recónditos pensamientos, se celebraba el 450 aniversario de su fundación. Era festivo, las personas compartían y festejaban tranquilamente por todos lados, por igual en todas las provincias la vida seguía su curso cotidiano, la gente, muy ajena a lo que estaba por suceder cuando de repente el tiempo se detuvo, el suelo comenzó a rugir con una fuerza jamás experimentada por los dominicanos.
Un mortífero terremoto de magnitud 8.1 sacudía con fuerzas los cimientos de la isla con la potencia de 1000 bombas atómicas de Hiroshima que durante casi un minuto convertía la celebración en un episodio de terror colectivo. Ese día, hace ya ocho décadas, la República Dominicana vivió la mayor tragedia sísmica de su historia: un terremoto seguido por un devastador tsunami que transformó para siempre el paisaje y la vida de miles de familias.
Solo el ciclón San Zenón había provocado una pérdida de vidas comparable.
Aquella tarde transcurría con aparente normalidad. Mi madre tenía apenas doce años.
Se encontraba en casa junto a sus hermanos cuando un estruendo profundo, como si la tierra se estuviera desgarrando desde sus entrañas, interrumpió la tranquilidad de la tarde. El piso comenzó a sacudirse violentamente. Los muebles se desplazaban, las paredes crujían y el tendido eléctrico frente a la vivienda se convirtió en una trampa mortal.
Sus padres intentaron sacar a los niños, pero los postes se inclinaban peligrosamente de un lado a otro, casi tocándose entre sí. Esperaron el instante preciso. Contaron hasta tres y, en medio del vaivén de los cables, cruzaron corriendo la calle buscando un lugar seguro. Décadas después, aquel recuerdo sigue tan vivo como si hubiera ocurrido el día anterior.
Mientras tanto, en la entonces comuna de Julia Trujillo, hoy Nagua, otro episodio revelaba el lado más humano de la tragedia.
Mi tío abuelo Hernán Cabral, medio hermano de mi abuela Belén y primer alcalde del hoy Juzgado de Paz de la comunidad, comprendió que algo extraordinario estaba por suceder cuando observó que el mar comenzaba a retirarse. Aquella imagen, desconcertante para muchos, era el anuncio silencioso de una ola gigantesca.
Sin vacilar, ordenó abrir las puertas de la cárcel para que los presos pudieran salvar sus vidas.
La decisión pudo haberle costado caro, pero eligió salvar personas antes que custodiar barrotes.
Lo extraordinario ocurrió después: terminada la tragedia, todos los privados de libertad regresaron voluntariamente para continuar cumpliendo sus condenas. No hizo falta perseguirlos. Años más tarde, la ciudad reconocería la calidad humana de Hernán Cabral dando su nombre a una de sus calles, recordándolo también como educador y filántropo.
El terremoto de aquella tarde no fue un evento aislado.
La naturaleza volvería a estremecerse cuatro días después con otro gran sismo de 7.6. Entre ambos terremotos se produjeron miles de movimientos posteriores, conocidos por los especialistas como aftershocks, una larga secuencia que mantuvo en vilo a toda la población.
Las cifras oficiales nunca lograron reflejar la verdadera dimensión del desastre.
Se estima que más de dos mil personas perdieron la vida, aunque jamás se conoció el número exacto. Como ocurrió con otros acontecimientos durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, las estadísticas fueron reducidas y controladas por el régimen.
Durante muchos años se creyó que el epicentro del primer terremoto se encontraba en tierra firme, cerca de Samaná. Investigaciones posteriores demostraron que realmente se ubicó en el mar, al noreste de Miches, una explicación mucho más coherente con el enorme tsunami que se generó inmediatamente después.
Las olas del Tsunami alcanzaron picos por encima de los cinco metros en la franja comprendida entre Cabrera y El Limón, y un máximo de ocho metros en Playa Boca Nueva penetrando cientos de metros tierra adentro.
Sin embargo, las cifras nunca cuentan toda la historia.
Los verdaderos relatos sobreviven en la memoria de quienes estuvieron allí.
Don Francis me contó con los ojos aguados, recordaba que siendo apenas un niño vio cómo el mar comenzaba a retirarse mientras miles de peces quedaban varados y brincando donde antes hubo agua. Corrió a avisarle a su madre.
Nadie le creyó.
Minutos después el océano regresó convertido en una inmensa pared de agua. Entonces comenzó la desesperada carrera hacia tierra adentro.
Su familia consiguió salvarse, pero, muchos vecinos no corrieron la misma suerte.
Y, como suele ocurrir en las grandes tragedias, también surgieron historias que parecen desafiar toda explicación. Según Don Francis una señora mayor que permanecía postrada en cama y no hubo tiempo de sacarla…. Cuando se daba por perdida días después fue encontrada flotando sobre su propio lecho, viva e ilesa.
Historias como esta quizás no pase de generación en generación, fue historia viva de un sobreviviente. Hoy en este relato será parte de la memoria colectiva de la costa norte dominicana.
Los tsunamis suelen llamarse "desastres naturales", pero quizás esa expresión resulta injusta o incompleta. La naturaleza no actúa con intención; simplemente responde a las fuerzas que gobiernan el planeta desde hace millones de años. Son las comunidades humanas —especialmente las más vulnerables— las que sufren las consecuencias cuando no existe preparación suficiente para enfrentar estos fenómenos.
Ochenta años después, aquella tragedia continúa enviándonos un mensaje.
Los terremotos no anuncian su llegada.
No tienen intervalos.
No respetan calendarios ni esperan el momento preciso. Solo suceden!.
Por eso, recordar el 4 de agosto de 1946 no debe ser únicamente un ejercicio de memoria histórica. Debe convertirse en un compromiso con la prevención, el respeto a los códigos de construcción, la educación ciudadana y la preparación ante emergencias.
Porque la mejor manera de honrar a quienes perdieron la vida aquel día no es solo recordarlos.
Es asegurarnos de que, cuando la tierra vuelva a temblar porque va a temblar, estemos mejor preparados que ellos.
Compartir esta nota
