En la historia de las ideas y de la filología hispánica, pocos episodios ilustran con mayor elocuencia la degradación del juicio crítico por efecto de la ligereza libresca que el peregrino extravío cometido por el egregio romanista alemán Wilhelm Meyer-Lübke en su Einführung in das Studium der romanischen Sprachwissenschaft (1901)  Introducción a la lingüística románica (1914, Centro de Estudios Históricos de Madrid) . En aquella obra canónica, destinada a normar los criterios de la lingüística europea y vertida al castellano en 1914 por don Américo Castro, el maestro germano consignó una aseveración aberrante: afirmó sin ambages que en Santo Domingo y en Trinidad no se hablaba la lengua de Castilla, sino un dialecto «negro-español» (Negerspanisch), equiparable al créole o «negro-francés» de Haití, la Martinica, Cayena o la Luisiana.

El dislate no nacía de una observación sobre el terreno ni de un escrutinio de documentos primarios, sino del vicio de la deducción mecánica y el plagio inadvertido de una errata ajena: Gottfried Baist, en el monumental Grundriss der romanischen Philologie de Grober, había segregado a la República Dominicana del concierto de las repúblicas hispanas y, desprovisto de todo sentido histórico, confundió la tragedia fronteriza de la isla, atribuyéndole a la porción española el cuadro lingüístico que la economía de plantación y la catástrofe humana del mercantilismo francés habían engendrado en Saint-Domingue.

De un plumazo se expulsaba del mapa de la hispanidad a la cuna misma del idioma en América; a la tierra nutricia donde la lengua castellana se aclimató, ensanchó sus cauces y bautizó la flora y la fauna del continente; al solar insular que erigió la primera Real Audiencia , el primer Arzobispado y la Universidad de Santo Tomás de Aquino en el albor del siglo XVI. Se pretendía clasificar a un pueblo hispánico y soberano como un mero conglomerado de habla patualizada , atribuyendo la supuesta corrupción idiomática a la presencia del elemento africano.

Frente a esa monstruosidad teórica, la reacción de Pedro Henríquez Ureña no se hizo esperar, constituyendo uno de los capítulos más deslumbrantes de la vindicación nacional y de la filología crítica. En diciembre de 1919, desde las páginas de la Revista de Libros de Madrid, publicó su demoledor opúsculo: «La lengua en Santo Domingo; rectificación a Meyer-Lübke».

Henríquez Ureña no apeló al vano arrebato chovinista ni a la declamación sentimental; procedió con la serenidad quirúrgica del método científico. Desnudó de entrada el peso muerto metodológico de Meyer-Lübke al demostrar que su afirmación descansaba en el fango de una homonimia mal digerida: la confusión entre la República Dominicana y la República de Haití. Argumentó de manera concluyente la inexistencia absoluta de un habla criolla o negro-española en el territorio dominicano. Explicó cómo la decadencia del régimen esclavista a finales del siglo XVI y la precoz quiebra de la economía azucarera impidieron la formación de un sistema de plantación a gran escala como el antillano-francés. En el hato ganadero y la vida rural comunitaria, la población de color se fundió e hispanizó tempranamente, sin mediar la ruptura glotofágica que engendra los pidgins y los criollos, y suprime la lengua de referencia.

Demostró, con un acopio documental prodigioso que culminaría más tarde en su clásica monografía El español en Santo Domingo (1940), que el habla dominicana, lejos de la degradación imaginada en los gabinetes de Leipzig o Bonn, exhibía —tanto en el estrato letrado como en la entraña del campesinado iletrado— una tenaz y milagrosa lealtad a los arcaísmos del Siglo de Oro. El habla popular no era una jerga desfigurada, sino un relicario del castellano vivo de Nebrija, de Juan de Valdés y de Santa Teresa. La rectificación fue tan rotunda e incontrastable que el propio Américo Castro se vio precisado a enmendar los pies de página de la traducción de Meyer-Lübke, forzando a la romanística internacional a corregir el atropello.

El desmontaje definitivo del extravío teórico de Wilhelm Meyer-Lübke exige impugnar la falacia positivista que pretendió equiparar de forma mecánica la densidad de población de ascendencia africana con la gestación inexorable de un idioma criollo. Respaldada en la sociolingüística diacrónica y en la historia económica comparada, la filología demuestra que las hablas criollas no derivan de la pigmentación de los hablantes, sino de las condiciones extremas de la gran plantación intensiva: desproporción demográfica masiva, aislamiento físico en barracones y aluvión incesante de mano de obra bozaleña. En el Santo Domingo colonial aconteció un proceso diametralmente opuesto. Tras el colapso temprano de la industria azucarera en las postrimerías del siglo XVI y la clausura de la trata a gran escala, la economía insular involucionó hacia el hato ganadero comunero y la agricultura de subsistencia, propiciando una convivencia horizontal en la cual el amo blanco, el mulato y el peón negro compartían la montura, la intemperie y la brega con el ganado, afianzando el castellano como vehículo natural y cotidiano de comunicación.

Esa continuidad idiomática se corrobora en los legajos notariales, criminales y eclesiásticos de los siglos XVII y XVIII custodiados en la Real Audiencia, donde jamás se requirió la asistencia de intérpretes para tomar deposición a los criollos descendientes de africanos, quienes litigaban, testaban y reclamaban su libertad sirviéndose con naturalidad de las fórmulas del idioma hispánico. Lejos de la reestructuración gramatical radical que define a los criollos genuinos —como la pérdida de la flexión verbal y  el empleo de partículas preverbales de aspecto—, el habla dominicana conservó intacto el andamiaje morfosintáctico castellano, desde el cuadro completo de conjugaciones y clíticos hasta la retención de formas arcaicas como el futuro de subjuntivo. Asimismo, los fenómenos fonéticos regionales del país (la vocalización cibaeña, el rotacismo oriental (sustitución de la /r/ por /l/, la vibrante por la liquida) o el lambdacismo sureño(sustitución de /l/ por /r, la liquida por la vibrante )  no constituyen residuos degradados de un código servil, sino la continuación viva de variantes dialectales plenamente atestiguadas en la historia peninsular.

La prueba de contraste que ofrece la tipología lingüística es concluyente: cuando en el ámbito antillano cuajaron lenguas criollas de base hispánica o ibérica, el resultado fueron sistemas autónomos e ininteligibles como el papiamento de Curazao o el palenquero de San Basilio, fenómenos que nunca tuvieron correlato en Santo Domingo. Esta cohesión idiomática se convirtió, finalmente, en un baluarte geopolítico durante los veintidós años de dominación haitiana (1822–1844); de haber existido un dialecto híbrido o un patois asimilable al créole del régimen ocupante, la absorción cultural impuesta por Boyer habría triunfado sin oposición. Fue precisamente la lealtad al idioma de Castilla —mantenida con firmeza en el púlpito, en la intimidad del hogar y en la conspiración patriótica de La Trinitaria— el resorte fundamental mediante el cual blancos, pardos y morenos defendieron su fisonomía histórica, proclamando la República en 1844 bajo el amparo moral y soberano de la lengua española. En ese punto y hora, todo el honor de un país estuvo en manos de Pedro Henríquez Ureña.

El segundo desafío:  Max Leopold  Wagner

Casi al unísono, otro romanista alemán de no menor talla, Max Leopold Wagner, articulaba una teoría reductiva de diverso orden pero de igual signo deformador: el andalucismo radical del español de América. Wagner, en su obra El español de América y el latín vulgar (1920) y en ensayos posteriores, matizaba la tosca teoría vulgar del andalucismo generalizado proponiendo una «influencia surespañola». Sostenía que las tierras bajas, costas e islas de América —las Antillas, las riberas mexicanas, Colombia, Venezuela, el Río de la Plata y Chile— habían recibido un contingente abrumadoramente hegemónico de pobladores andaluces y extremeños durante la primera ola colonizadora, calcando sobre ellas la fonética meridional, mientras que las tierras altas del interior, pobladas con posterioridad, habrían recibido una corriente mesetaria y castellana.

Frente a esta tesis determinista, Henríquez Ureña acometió un esfuerzo de naturaleza ciclópea. Para desbaratar la entelequia de que el español americano era un mero trasunto de Sevilla o de Cádiz, comprendió que no bastaban las especulaciones fonéticas: había que vaciar los archivos y contar a los hombres uno a uno.

Con paciencia benedictina, se enclaustró en el examen de las nóminas coloniales. Analizó minuciosamente el Diccionario autobiográfico de conquistadores y pobladores de Nueva España de Francisco A. de Icaza y la Nómina de Conquistadores de Chile de Luis Thayer Ojeda, contrastándolos con las listas del Catálogo de Pasajeros a Indias del Archivo General de Indias. Logró componer un corpus estadístico sobre cerca de catorce mil colonizadores del siglo XVI. Los resultados arrojados por las cifras fueron demoledores:

  • En México (Nueva España): Sobre un censo depurado de 1,174 peninsulares, los andaluces sumaban 379 individuos (el 32.2%), mientras que los oriundos del Norte y Centro de la Península (Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, León, Aragón y Navarra) ascendían a 483 hombres (el 41.1%). La hueste castellano-norteña superaba con creces al elemento andaluz, desarmando la hipótesis de un monopolio sevillano.
  • En Chile: Los datos de Thayer Ojeda resultaron todavía más elocuentes: de un padrón de más de un millar de conquistadores, los castellanos de ambas orillas del Sistema Central sumaban el 27.3%, imponiéndose sobre los andaluces, que alcanzaban el 26.1%. Al agrupar el bloque lingüístico del Norte y Centro, la correlación se tornaba incontestable: 40.2% frente al 27% del mediodía peninsular.
  • En el balance continental global: De casi catorce mil pobladores documentados, los originarios de Castilla, León y provincias aledañas alcanzaban el 41.7%, en riguroso equilibrio con el 42.5% atribuible a Andalucía, Badajoz y Canarias en conjunto.

Quedaba pulverizado el mito: no hubo invasión unívoca ni trasplante mecánico del dialecto andaluz sobre el suelo indiano, sino una nivelación compleja, donde la matriz castellana actuó como armazón y fiel de la balanza. Las coincidencias fonéticas de las costas antillanas o pacíficas —como la pérdida de la aspirada o el seseo— debían entenderse como derivaciones naturales y procesos convergentes de evolución paralela de la lengua, y no como la imposición patrimonial de un clan regional peninsular.

A hombros de esta titánica faena archivística y de un dominio pasmoso de las literaturas coloniales, Henríquez Ureña propuso su célebre división de las cinco grandes zonas dialectales de Hispanoamérica, delimitadas no por el espejismo de las razas ni por la geografía caprichosa de los mares, sino por la interacción entre la matriz hispánica originaria y los grandes sustratos indígenas prehispánicos:

  1. La zona del Mar Caribe: Compuesta por las Antillas (Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico), la costa de Venezuela y la costa atlántica de Colombia. Caracterizada por la rápida extinción del sustrato arahuaco/taíno, la temprana conservación de arcaísmos castellanos y el debilitamiento consonántico propio de las hablas costeras.
  2. La zona de México y Centroamérica: Asentada sobre la formidable impronta del náhuatl y de las lenguas mayenses, notable por la preservación nítida de las consonantes y una pronunciada reducción de las vocales átonas.
  3. La zona andina: Comprendida por las tierras altas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste argentino; moldeada bajo el influjo del quechua y del aimara, de entonación reposada y consonatismo firme.
  4. La zona del Río de la Plata: Abarcando la Argentina, el Uruguay y el Paraguay; influenciada marginalmente por el guaraní en el litoral y singularizada por el voseo generalizado y la reestructuración fonética del yeísmo.
  5. La zona chilena: Definida por el antiguo contacto con el araucano o mapuche y una evolución fonética de notable originalidad prosódica.

Con este andamiaje, Pedro Henríquez Ureña no solo salvó la honra cultural de la República Dominicana ante el prejuicio de la academia europea, desarmando la peregrina fábula del Negerspanisch; rescató a la vez la historia del castellano en el continente entero de las anteojeras deterministas, legándonos el primer mapa científico, coherente y majestuoso de nuestra verdadera identidad lingüística.

La magna empresa filológica de Pedro Henríquez Ureña no consistió en una piadosa vindicación regionalista ni en un alegato sentimental; fue la demolición científica del prejuicio centralista metropolitano y de las simplificaciones mecánicas de la romanística europea —encabezada por figuras como Meyer-Lübke, Hanssen o Wagner— que reducían las hablas ultramarinas a una degradación anárquica o a un catálogo de barbarismos. Henríquez Ureña contrapuso a esa mirada de gabinete el rigor del método histórico-documental, demostrando que el español de América es un organismo de admirable cohesión cultural e histórica, animado por una dialéctica interna donde la unidad de la lengua culta dialoga armónicamente con la diversidad de sus soluciones regionales.

El primer bastión derruido por el maestro dominicano fue la falacia que condenaba al voseo continental como una rústica corruptela plebeya. Henríquez Ureña restituyó la prosapia histórica del fenómeno al demostrar que no representaba extravío alguno, sino la decantación legítima de las fórmulas de reverencia y señorío del Siglo de Oro. El anhelo de hidalguía de los conquistadores y encomenderos expandió horizontalmente el tratamiento señorial hasta tornarlo en el molde cotidiano de interlocución en el Cono Sur, Centroamérica y los valles andinos, reteniendo en sus paradigmas verbales (cantás, tenés, sos) la desinencia genuina de la segunda persona plural clásica (cantáis, tenéis), la cual el dialecto cortesano madrileño había sacrificado en favor de un tuteo simétrico. Desmanteló, asimismo, el espejismo de una América homogéneamente voseante, cartografiando cómo más de un tercio del continente —encabezado por las Antillas y México— se mantuvo inalterablemente fiel al tuteo.

Idéntica lucidez aplicó al desarticular el escándalo ortográfico de los censores letrados. Al toparse en la transcripción costumbrista con grafías como abaidonao o aicojolao, el gramático miope juzgaba consumada la ruina del idioma, incapaz de advertir que tras la vocalización o el relajamiento de la líquida latía el sistema fonológico del castellano más riguroso: abandonado y alcoholado. La distancia no residía en el núcleo de la lengua, sino en el abismo que media entre la rigidez de la imprenta y la palpitación del habla viva. El orden fonológico y la dualidad orográfica: La nivelación continental consagró el triunfo exclusivo del seseo predorsal sordo, clausurando cualquier manifestación de ceceo, e impuso un yeísmo dominante en las llanuras, frente al cual la distinción conservadora entre ll e y se atrincheró como un blasón en el espinazo andino, mientras el Río de la Plata reconfiguraba la palatal en un rehilamiento estrepitoso. Esta arquitectura fónica halló su articulación definitiva en la oposición entre tierras altas (donde el consonantismo tenso preserva la /-s/ y la /-d-/ intervocálica a expensas de la reducción de las vocales) y tierras bajas (donde la consonante implosiva se debilita o aspira, la dental se pierde en el uso llano y el vocalismo adquiere una resonancia plena y nasalizada ante la velarización de la /-n/ final).

  • La estructura morfosintáctica y el caudal léxico: América desterró de forma unánime el vosotros peninsular para erigir a ustedes en el deíctico supremo de la segunda persona plural; preservó la fidelidad etimológica del loísmo acusativo frente a la erosión del leísmo peninsular; y alumbró en la cuenca caribeña soluciones de ágil rendimiento expresivo, tales como el orden oracional no invertido en interrogativas («¿Qué tú quieres?») y la focalización intensiva del verbo ser («allí es que está»). A este andamiaje gramatical se sumó la sedimentación léxica de los grandes sustratos aborígenes —que tuvieron en el taíno insular su cantera primordial— y el fondo arcaico y marinero que los pobladores fijaron en la toponimia y en las faenas de la tierra.

Pedro Henríquez Ureña no inventó una excepción americana: restituyó al continente su auténtica dimensión imperial. El español de América se reveló así como la rama más fecunda y robusta del tronco hispánico, un territorio donde la lengua no fue a morir a manos de la barbarie, sino a consumar su más alta y luminosa universalidad.

La continuidad del esfuerzo de Henriquez Ureña: el proyecto de Peter Boyd-Bowman

El debate en torno a los orígenes del español americano y la llamada querella del andalucismo halló su más sólido basamento cuantitativo cuando la metodología de Pedro Henríquez Ureña fue prolongada, con rigor archivístico y precisión estadística, por Peter Boyd-Bowman. A la temprana muerte del polígrafo dominicano, su valioso fichero demográfico sobre los conquistadores y pobladores del Nuevo Mundo fue confiado a Boyd-Bowman por intercesión directa de Amado Alonso. Aquel legado original de catorce mil asientos sirvió de matriz para la edificación de una obra monumental: el Índice geobiográfico de 40.000 pobladores españoles de América en el siglo XVI, ampliado a más de cuarenta y cinco mil cédulas nominativas.

Con este arsenal de datos, Boyd-Bowman revalidó la tesis capital de Henríquez Ureña: el español de América no fue producto del monopolio demográfico de una sola región ibérica. En el cómputo total de la centuria, la Península participó de manera orgánica y diversificada en la aventura ultramarina, registrando en áreas continentales como México o Chile hasta un 42% de contingentes originarios de Castilla, León, las provincias vascongadas y Navarra, frente a una tasa andaluza que oscilaba apenas entre el 26% y el 31.5%.

La contribución determinante de Boyd-Bowman consistió en introducir la variable cronológica mediante cortes de veinte años, arrojando luz definitiva sobre la contraposición entre tierras altas y tierras bajas que Henríquez Ureña había formulado en el orden dialectológico. Durante el denominado período antillano (1493–1519), cuyo epicentro civilizador y administrativo residió en La Española, el contingente meridional —nutrido por mareantes y vecinos de Sevilla y la costa onubense— alcanzó una primacía cercana al 37% de los pobladores. Esta densa concentración originaria en las costas e islas del Caribe facilitó el arraigo temprano del fonetismo meridional, caracterizado por la distensión silábica, la aspiración de la /-s/ implosiva y la incorporación de un denso caudal léxico marinero. Por el contrario, a partir de 1520, la expansión hacia las altiplanicies continentales de México y los Andes coincidió con una masiva afluencia de pobladores castellanos, leoneses y extremeños, quienes, al afianzarse en las cabeceras de los virreinatos, consolidaron un consonantismo tenso y una norma cortesana más fiel al patrón centro-peninsular.

Asimismo, mediante el proyecto LASCODOCS y su Léxico hispanoamericano del siglo XVI, Boyd-Bowman renovó la hermenéutica del testimonio colonial al postular que la verdadera fisonomía de la lengua viva no debía rastrearse en las crónicas literarias pulidas por la retórica letrada, sino en la cantera de los documentos notariales y utilitarios: cartas familiares, mandas testamentarias, contratos mercantiles y pleitos criminales redactados en Santo Domingo entre 1514 y 1600. En esas páginas espontáneas, trazadas al correr de la pluma y libres de artificio académico, quedaron fijadas con exactitud cronológica las primeras vacilaciones gráficas y fonéticas de la prosa indiana, así como la aclimatación irreductible de los indigenismos antillanos —canoa, cacique, maíz, tabaco, yuca, bohío, hamaca—, demostrando documentalmente que fue en Santo Domingo donde el castellano, sin desarticular aún su cercanía matricial con la Península, inició la irreversible forja léxica del español de América.

 

Referencias bibliográficas

Referencias Bibliográficas Balaguer, J. (1958). Colón, precursor de la literatura dominicana. Impresora Dominicana.

  • Boyd-Bowman, P. (1971). El léxico hispanoamericano del siglo XVI. Centro Virtual Cervantes / Instituto Caro y Cuervo.
  • Coll y Toste, C. (1907). Prehistoria de Puerto Rico. Imprenta de El Boletín Mercantil.
  • Henríquez Ureña, P. (1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed. facsimilar). Editora Taller / Biblioteca Nacional. (Obra original publicada en 1940 por la Universidad de Buenos Aires).
  • Henríquez Ureña, P. (2003). Estudios lingüísticos y filológicos (Obras completas, Vol. IV, I. Pérez Guerra, Ed. e Introd.). Editora Universal / Secretaría de Estado de Cultura.
  • Pérez-Cerdá Maldonado, C. (2016). La influencia extrahispánica en el español dominicano [Trabajo de Fin de Grado, Universidad Pontificia Comillas].
  • Rosenblat, Á. (1967). La población de América en 1492: Nuevos y viejos cálculos. El Colegio de México.
  • Meyer-Lübke, Wilhelm: (1914) Introducción al estudio de la lingüística romance, traducido al castellano, anotado y adicionado por Américo Castro. 1926 (2.ª edición revisada y ampliada. Centro de Estudios Históricos / Junta para Ampliación de Estudios (Imprenta Clásica Española). Madrid, España.
  • Leopold Wagner, Max:   (1924)El español de América y el latín vulgar. Instituto de Filología, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Cuadernos del Instituto de Filología, t. I, n.º 1). Traducción al castellano de Carlos M. Grünberg, con notas críticas de Américo Castro y Pedro Henríquez Ureña (Buenos Aires), Argentina.
    •  «El supuesto andalucismo y la teoría climatológica». 1927, Revista de Filología Española (RFE), tomo XIV, págs. 20-32. Madrid, España.
  1. Gustav Gröber (director) y Gottfried Baist
  • Grundriss der romanischen Philologie (Enciclopedia / Manual de filología romance), dirigido por Gustav Gröber.: "Die spanische Sprache" («La lengua española»), redactado por Gottfried Baist. 1888 (1.ª edición, tomo I); 1904–1906 (2.ª edición corregida).

Manuel Núñez Asencio

Lingüista

Lingüista, educador y escritor. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad de París VIII y máster en Lingüística Aplicada y Literatura General en la Universidad de París VIII, realizó estudios de doctorado en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua (FLE) en la Universidad de Antilles-Guyane. Ha sido profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Tecnológica de Santiago y en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue director del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Tecnológica de Santiago y fue director del Departamento de Español de la Universidad APEC. Autor de numerosos textos de enseñanza de la literatura y la lengua española, tanto en la editorial Susaeta como en la editorial Santillana, en la que fue director de Lengua Española durante un largo periodo y responsable de toda la serie del bachillerato, así como autor de las colecciones Lengua Española y Español, y director de las colecciones de lectura, las guías de los profesores y una colección de ortografía para educación básica. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo de 1990 por la obra El ocaso de la nación dominicana, título que, en segunda edición ampliada y corregida, recibió también el Premio de Libro del Año de la Feria Internacional del Libro (Premio E. León Jimenes) de 2001, y el Premio Nacional de Ensayo por Peña Batlle en la era de Trujillo en 2008.

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