"En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debe ir escoltada por un guardaespaldas de mentiras", dijo Winston Churchill. La verdad que se esconde tras el torbellino de estupideces de Donald Trump es que él quiere salir del embrollo que él creó. Todas las demás razones que él esgrime —desde el derrocamiento del régimen hasta la alteración del mismo— son solo ruido. En este momento, si Irán abriera el estrecho de Ormuz a cambio de que se le permitiera desarrollar armas nucleares, nadie podría estar seguro de que Trump rechazaría esa oferta; si Irán lo nombrara ganador inaugural del Premio de la Paz Ciro el Grande, las probabilidades de que aceptara aumentarían.
Esto es lo que Trump esperaba cuando comenzó a bombardear Irán: que su régimen colapsaría o se rendiría incondicionalmente en un plazo de 72 horas. Ese era el plan A. El plan B no existía, lo que significa que Trump está afanándose por volver a la situación anterior al plan A. Su objetivo bélico es el statu quo anterior. Si hubiera existido un plan B, Trump habría preparado a sus aliados; habría desplegado dragaminas y marines estadounidenses; habría acumulado reservas de petróleo; y habría inundado los Estados del Golfo con misiles interceptores. "Nadie estaba ni siquiera pensando en eso", dijo Trump sobre el ataque de Irán contra otros Estados del Golfo. Todo el mundo estaba anticipando la respuesta de Irán, excepto él. De hecho, los gobernantes del Golfo le advirtieron directamente al respecto antes del 28 de febrero. Tampoco importa cuán cuidadosamente el "Estado profundo" le expuso los riesgos. Lo que Trump no quiere oír, no existe.
Ahora Trump ha pasado a la contradictoria fase de la guerra de incentivos y penalidades. Irán se muestra inmune a ambos. En un momento dado, Trump amenaza con "una cantidad de fuerza y poder que Irán nunca ha visto ni presenciado antes". Luego, unas 36 horas después, él declara que EE. UU. e Irán han estado teniendo "conversaciones muy buenas y productivas". Pocos se creyeron esto último. Es una situación extraña en la que el mundo debe esperar por una declaración de Irán para comprobar si había algo de cierto en lo que dijo un presidente estadounidense. Irán respondió que no se habían celebrado ningunas conversaciones. ¿A quién le deberíamos creer?
El mundo tampoco puede confiar en las conversaciones indirectas entre EE. UU. e Irán. En dos ocasiones durante el último año, Trump ha atacado en medio de las conversaciones en curso. En un extremo se encuentra Steve Witkoff, el enviado de Trump, un hombre que no destaca precisamente por su cara de póquer. Después de que Vladímir Putin le dijo a Trump que Rusia no estaba proporcionándole a Irán datos sobre objetivos, Witkoff afirmó: "Podemos creer lo que dicen". En el otro extremo, supuestamente, está Abbas Araghchi, el ministro de Relaciones Exteriores de Irán. Él es un diplomático experimentado, pero no hay razón para suponer que habla en nombre de la Guardia Revolucionaria de Irán. Algunos en el entorno de Trump creen que Mohammad Bagher Ghalibaf, el presidente conservador del Parlamento, podría ser el Delcy Rodríguez (quien facilitó las relaciones entre EE. UU. y Venezuela) de Irán. Pero esto suena más bien a ilusión.
Sea como sea, Trump intensificará o suavizará sus invectivas dependiendo de la aparente posición negociadora de Irán. La única oferta que Irán nunca hará es renunciar a su capacidad para perturbar los mercados energéticos mundiales. Sin embargo, eso es precisamente lo que Trump debe lograr. Las conversaciones indirectas están, por lo tanto, destinadas a oscilar entre amenazas descabelladas y promesas desmesuradas, según el estado de ánimo de Trump. Cada vez que se descubra que él ha lanzado una amenaza vacía que no ha logrado empujar a Irán hacia la concesión deseada, él necesitará elevar su nivel de amenaza. Esto solía conocerse como la brecha de credibilidad. No hace falta ser adivino para intuir que, en algún momento, Trump insinuará el uso de armas nucleares. Eso no significaría que él tenga intención de usarlas. Pero las palabras imprudentes pueden tener peores resultados que hundir barcos. La otra opción es establecer una cabeza de playa estadounidense a lo largo de la costa iraní del estrecho de Ormuz. En este caso, una extensión de la misión sería casi inevitable.
Trump siempre podría optar por retirarse y dejar que otros se encarguen de las consecuencias. Como señaló Richard Haass, un alto funcionario de anteriores administraciones republicanas, eso equivaldría a una inversión de la regla de Colin Powell: "nosotros lo rompimos, ahora es de ustedes". Pero esa sería una retirada pírrica. Irán podría seguir manteniendo como rehén a la energía mundial hasta tener la certeza de que Trump no reanudará las hostilidades. Por supuesto, él podría prometer no empezar a bombardear de nuevo. Pero ¿confiaría Irán en su palabra?
Es demasiado pronto para evaluar el alcance del daño sufrido por el poderío estadounidense. Sin embargo, podemos estar seguros de que la tercera guerra del Golfo intensificará la carrera armamentista mundial, especialmente entre los aliados de EE. UU., cuya confianza se ha visto mermada. Asimismo, nos encontramos en los albores de un auge de las energías alternativas. La energía nuclear, los paneles solares y los aerogeneradores definitivamente necesitan minerales críticos. Pero, por el momento, no existe ningún "estrecho de Ormuz" que esté estrangulando el suministro de energía verde.
Lo que queda por ver es cómo Trump encontrará una salida a este atolladero. Él quería derrocar al régimen de Irán; ahora está levantándole las sanciones para que pueda vender más petróleo. En medio del torrente de engaños, exageraciones, inventos y bravuconerías, el objetivo de Trump es ahora dar marcha atrás. Con una planificación como esta, ¿quién necesita el caos?
(Edward Luce. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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