La primera guerra del Golfo, en 1991, marcó el inicio de la era unipolar. China y la Unión Soviética quedaron atónitas ante la sofisticada campaña militar estadounidense, y el mundo superó una crisis petrolera para abrazar la globalización. La segunda guerra del Golfo, que comenzó en Irak en 2003, simbolizó la extralimitación. Resulta tentador afirmar que la tercera guerra del Golfo marca un momento de desintegración. Sin embargo, la nueva era que despunta no es tan sencilla de definir. La guerra muestra algunos de los fracasos de Estados Unidos, pero también cuán asimétricamente poderoso es y cuán anárquico será el planeta sin su compromiso sostenido con el orden. Incluso para sus adversarios, eso es aleccionador.
Las deficiencias están a la vista. Una guerra con objetivos difusos carece de apoyo bipartidista en el Congreso y es impopular entre los votantes. Ha fracturado las relaciones con la OTAN. Si se prolonga, el alza de los precios del petróleo incrementará los ingresos de Rusia en más de 80 000 millones de dólares anuales, cifra superior al déficit presupuestario total del Kremlin en 2025. Los recursos militares estadounidenses se han desviado de Asia, supuestamente la prioridad. Los inventarios de municiones, esenciales en una eventual guerra con China, se han reducido: al menos una quinta parte de los misiles Tomahawk y un tercio de los interceptores THAAD ya fueron utilizados. Los drones baratos que destruyen centros de datos en los Emiratos Árabes Unidos y plantas de gas en Catar resultan asombrosamente costosos de detener. La guerra le cuesta a Estados Unidos 9000 millones de dólares por semana.
Al mismo tiempo, las fortalezas de Estados Unidos se han exhibido de manera imponente. En tres semanas ha destruido la mayor parte de la fuerza aérea, la armada y el complejo industrial militar de Irán, tras haber atacado previamente sus instalaciones nucleares. Muchos de los líderes iraníes han sido eliminados. La selección de objetivos asistida por inteligencia artificial ha permitido dirigir 9000 ataques. Si bien el poder aéreo no puede cambiar un régimen, su ferocidad y precisión parecen mayores que nunca. El desdén por la ONU y por la mayoría de los aliados agiliza la toma de decisiones.
Estados Unidos disfruta además de su propia asimetría. Aunque sus acciones desestabilizan la economía mundial, el impacto interno es comparativamente menor. A diferencia de 1991 y 2003, Estados Unidos es ahora un exportador neto de energía cuyo PIB es relativamente insensible a la crisis petrolera. Un exceso de oferta mantiene los precios del gas natural dentro del país bajos y estables. El aumento en los rendimientos de los bonos del Tesoro a dos años es moderado. Se estima que el impacto en las ganancias de las empresas del S&P 500 será de apenas un 2 a un 5 por ciento. Entretanto, la paradoja del refugio seguro —cuanto más desestabiliza Estados Unidos al mundo, más compra el mundo sus activos seguros— ha vuelto. El dólar se ha apreciado.
La etapa siguiente más probable no es un cambio de régimen ni la capitulación de Irán. Lo ideal sería que Estados Unidos reuniera la voluntad para organizar un laborioso sistema de escolta de petroleros y buques portacontenedores a través de Ormuz. Pero podría alcanzar un acuerdo que deje a Irán con una amenaza latente sobre Ormuz y ponga fin a los combates. Los mercados energéticos apuestan por esto último, razón por la cual los repuntes del petróleo en las últimas semanas aún han dejado los precios por debajo del pico de la crisis de 1979-1980 en términos ajustados por inflación. Si tal acuerdo se concretara, algunos analistas creen que sería un golpe demoledor a la credibilidad y la disuasión estadounidenses, comparable al fiasco anglo-francés de Suez en 1956. En realidad, la dependencia de los países respecto de Estados Unidos podría aumentar.
Tras la guerra, sea cual sea su desenlace, los países del Golfo, y quizás Europa, buscarán grandes inversiones en defensa aérea con sistemas estadounidenses, complementados con tecnología israelí y ucraniana. Si los países del Golfo construyen nuevos oleoductos que sorteen Ormuz, su primera opción será que Estados Unidos los proteja. Los países de Asia y Europa que deseen reducir su dependencia del gas catarí descubrirán que Estados Unidos es el proveedor de equilibrio más evidente: ha duplicado sus exportaciones de gas natural licuado desde 2020 y se espera que su cuota de mercado alcance un tercio para 2030. Para los aliados de Estados Unidos, la verdad incómoda es que, aun cuando este crea un mundo más volátil, a menudo lo necesitan más. El Golfo no tiene una alternativa clara. Para Europa, romper este ciclo de dependencia llevará años.
Para los adversarios de Estados Unidos, todo esto presenta un panorama complejo. Para las dictaduras pequeñas y medianas, el efecto es aterrador, ya que decapitar o degradar regímenes resulta casi gratuito, como ha demostrado Venezuela y como Cuba podría experimentar pronto. La lección para ellos es controlar un punto de estrangulamiento, como Ormuz, o adquirir armas de destrucción masiva. Las autocracias que ya poseen armas nucleares y dependen menos de una economía globalizada creen que se avecina una edad dorada de influencia. Dos posibles mediadores para un acuerdo con Irán son el mariscal de campo Asim Munir, de Pakistán, y Vladímir Putin.
Xi Jinping se alegrará de ver al ejército estadounidense alejado de Asia y sus alianzas divididas. Pero China no recibirá con agrado la perspectiva de episodios de uso unilateral de la fuerza estadounidense, carreras armamentísticas protagonizadas por regímenes que se sienten amenazados, ni la transición de Estados Unidos de defender la libre navegación a negociar acuerdos fluidos sobre ella.
China es el mayor importador de petróleo del mundo, y gran parte de ese crudo transita por Ormuz. Pese a un esfuerzo colosal, sus reservas estratégicas solo cubren entre 100 y 150 días. Su comercio de contenedores con Europa utiliza Suez y el mar Rojo. En caso de una guerra por decisión propia sobre Taiwán, sería vulnerable a un embargo energético y enfrentaría una crisis financiera, dado que carece de los efectos de refugio seguro que disfruta Estados Unidos. La tercera guerra del Golfo demuestra que Estados Unidos ha roto con el sistema posterior a 1991, lo que augura un mundo más turbulento. Pero también muestra que gran parte del mundo aún no tiene una alternativa clara a depender de Estados Unidos, y cuánto le falta a China para replicar sus fortalezas únicas.
(Patrick Foulis. El autor es editor colaborador del Financial Times, investigador visitante en la Institución Hoover y autor de un próximo libro sobre globalización. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados).
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