Cuando Sanae Takaichi asumió como primera ministra de Japón prometió, sin rodeos, "trabajar, trabajar, trabajar, trabajar". Nadie imaginó que esa promesa implicaba, literalmente, no dormir.
Esta semana, la jefa de gobierno nipona publicó en su cuenta oficial de X un relato minucioso de su fin de semana largo —el lunes se conmemoró el Día del Mar— que dejó a sus seguidores entre la admiración y la alarma. El dato más impactante llegó casi al pasar: "Por primera vez en mucho tiempo pude dormir cinco horas. Desde que asumí como primera ministra, lo normal ha sido dormir de 0 a 3 horas".
Cinco horas de sueño como un logro excepcional. En cualquier manual de salud pública, eso es una emergencia.
Japan's Prime Minister Sanae Takaichi revealed earlier this week that she has been getting between zero and three hours of sleep each night since assuming the role last year, sparking mixed debate in a country with an infamous overworking culture. @InayaFolarin spoke to a sleep… pic.twitter.com/a0AZaIgjqU
— CBS News (@CBSNews) July 24, 2026
Una agenda que no para
En su publicación, Takaichi describió un fin de semana que difícilmente merezca ese nombre. Desde julio, según relató, ha pasado sus días de descanso en la residencia oficial leyendo "gruesos documentos desde la madrugada hasta altas horas de la noche". A eso se sumó la preparación de respuestas para las sesiones parlamentarias, con anotaciones a bolígrafo y "montañas de papeles".
Los días hábiles no son distintos. "Al volver a la residencia oficial, el tiempo privado se me agota por completo con la limpieza de la bañera, el baño, la cena, lavar los platos", escribió. La imagen de la primera ministra de la tercera economía del mundo lavando sus propios platos a medianoche —y sin tiempo para planchar la ropa interior— tiene algo de surrealista y algo de profundamente revelador.
No es la primera vez que Takaichi hace esta clase de confesiones. En noviembre de 2025 ya había declarado ante el Parlamento japonés que dormía entre dos y cuatro horas por día, y trascendió que había convocado a sus asesores a las 3 de la madrugada para preparar una audiencia presupuestaria que comenzaría seis horas después.
Las alarmas que nadie quiere escuchar
La respuesta política no tardó. Toru Kunishige, de la Alianza de Reforma Centrista, advirtió que el estado de salud de Takaichi "podría representar un riesgo para el manejo de crisis nacionales". Yuichiro Tamaki, legislador conservador, fue más directo: "Para los funcionarios, descansar también es trabajar".
Son señalamientos que van más allá de la preocupación personal. Un líder privado de sueño toma peores decisiones, tiene menor capacidad de respuesta ante emergencias y proyecta, sin quererlo, un modelo de gestión que normaliza el agotamiento como virtud.
La ciencia es contundente al respecto: dormir menos de seis horas de forma sostenida deteriora las funciones cognitivas al nivel de no haber dormido en absoluto. En alguien que conduce la política exterior, económica y de seguridad de 122 millones de personas, eso no es un asunto privado.
El precio invisible del poder
Hay, sin embargo, una dimensión que el debate japonés apenas roza: Takaichi es la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en la historia de Japón. Y su relato —planchar pañuelos, lavar platos, quedarse sin ropa interior combinada con sus trajes— expone con crudeza una realidad que las mujeres en el poder conocen bien: la carga doméstica no desaparece cuando se llega a la cima. Se acumula.
Ningún primer ministro hombre ha publicado jamás que no tiene tiempo de planchar su ropa. Eso no significa que no tengan quien lo haga por ellos.
La confesión de Takaichi, leída desde esa perspectiva, es también un documento político sobre lo que el mundo todavía le cobra a las mujeres que gobiernan: que sean imparables en lo público y que resuelvan solas lo doméstico. Que trabajen, trabajen, trabajen, trabajen. Y que, si pueden, duerman un poco.
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