Hace apenas unos días tenían una casa, una rutina y planes para el futuro. Hoy duermen bajo lonas, cocinan con los pocos utensilios que lograron rescatar y esperan que las autoridades les digan si algún día podrán volver a sus hogares.
En el estadio César Nieves, convertido en refugio temporal tras los terremotos que devastaron parte de Venezuela, decenas de familias intentan reconstruir su vida entre colchones, sillas plásticas y pertenencias recuperadas de los escombros. Allí, el tiempo parece dividirse entre el antes y el después del 24 de junio.
"Sacamos a mi esposo entre mis hijos y yo"
Maribel y Yadi intentan reconstruir la rutina bajo una lona improvisada en el estadio César Nieves, en La Guaira. Entre colchones, algunas sillas plásticas y los pocos enseres que lograron rescatar, han levantado un pequeño espacio que hoy llaman hogar, mientras esperan respuestas tras el terremoto que cambió sus vidas en cuestión de segundos.
Su apartamento quedó reducido a escombros. Cuando la tierra comenzó a sacudirse, apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Su esposo quedó atrapado bajo los restos de la estructura. No había rescatistas, ni bomberos, ni equipos de emergencia cuando ocurrió el derrumbe.
“Fue todo muy rápido. No había bomberos, no había nada. Sacamos a mi esposo entre yo y mis hijos”, recuerda Maribel, todavía con la voz marcada por el impacto de aquella noche.
Contra todo pronóstico, lograron encontrarlo con vida. Entre familiares y vecinos removieron escombros con sus propias manos hasta liberarlo. A diferencia de otras familias que hoy lloran la pérdida de seres queridos, ellas no tuvieron víctimas mortales entre los suyos. Sin embargo, lo perdieron casi todo: el techo, los muebles y la tranquilidad que acompañaba la vida cotidiana.
Desde el primer día permanecen en el campamento instalado dentro del estadio. Allí comparten espacio con decenas de familias desplazadas que buscan refugio mientras las autoridades evalúan los daños causados por el doble evento sísmico.
A pocos metros de la carpa donde duermen, improvisaron una pequeña cocina con algunos utensilios recuperados entre los escombros. Una hornilla, varias ollas y unos cuantos recipientes bastan para preparar los alimentos del día. Es una muestra de resistencia en medio de la incertidumbre.
Maribel reconoce que muchas de las viviendas de su sector quedaron derrumbadas y otras permanecen en pie, pero gravemente afectadas. Las grietas en paredes y techos son visibles. El temor a un nuevo colapso impide siquiera considerar el regreso.
“Las casas quedaron muy sensibles. Dan miedo. No se puede volver”, afirma mirando a su alrededor donde cada familia intenta encontrar algo de normalidad en medio de la emergencia.
Por ahora, el estadio se ha convertido en refugio, comedor, dormitorio y punto de encuentro para quienes sobreviven entre pérdidas materiales y la esperanza de volver a empezar.
Nos cayó una pared encima
A las cinco de la tarde, Ely González estaba en su casa junto a su esposa cuando sintió que el suelo comenzaba a moverse con una fuerza inusual. Lo que parecía un temblor se convirtió en cuestión de segundos en una escena de caos y destrucción.
“Todo empezó a estremecerse y salimos con mi esposa. Nos cayó una pared encima”, recuerda a Acento.
Lograron apartar los escombros y continuar la huida, pero lo que encontraron al salir de la vivienda fue aún más devastador.
Frente a su casa, una estructura se había desplomado por completo. Ocho personas quedaron atrapadas bajo los restos de concreto. Cuatro de ellas murieron. Eran sus vecinos, las personas con las que compartía el día a día.
“Son los que estaban al lado de mi casa”, dijo con pesar, mientras rememora una tragedia que todavía parece difícil de asimilar.
Después del terremoto, Ely y su familia se sumaron a las decenas de personas que buscaron refugio en el estadio César Nieves, convertido en un campamento temporal para quienes lo perdieron todo o temen regresar a viviendas dañadas.
Desde allí ha visto llegar ayuda humanitaria procedente de distintos países de America Latina y el Caribe. Entre alimentos, agua, medicamentos y artículos de primera necesidad, las donaciones han servido para aliviar parte de la incertidumbre que viven cientos de familias desplazadas.
“Hemos recibido y estamos agradecidos de las donaciones de todos los países que nos han apoyado”, afirma.
Antes de la tragedia, Ely y su esposa tenían otros planes. Esperaban la eliminación del requisito de visado para poder viajar a República Dominicana y reencontrarse con sus hijos. Uno vive en Bayahíbe y la otra en San Pedro de Macorís.
“Estábamos planeando ir a visitarlos”, cuenta. Ahora ese proyecto ha quedado en pausa, aunque no descarta retomarlo cuando la situación lo permita.
Además de madre, su esposa es profesora de nivel inicial. La emergencia también golpeó su vocación. Tras el sismo, recibió la noticia de que la escuela donde impartía clases quedó completamente destruida.
La pérdida material fue acompañada por una noticia aún más dolorosa: varios de sus estudiantes fallecieron durante el desastre.
Entre el duelo por sus vecinos, la incertidumbre por su hogar y el dolor de perder alumnos a quienes veía cada día en el aula, Ely intenta mantenerse en pie desde el refugio. Como muchos de los sobrevivientes, carga con heridas que no siempre son visibles, mientras espera que la ciudad encuentre la manera de levantarse entre los escombros.
"Vi cómo el edificio se desplomó"
Para Morelis Mureto, aquella tarde había comenzado como cualquier otra. Los vecinos regresaban de sus trabajos, las calles mantenían el ritmo habitual de un día común y ella se preparaba para continuar con su rutina. Entre sus brazos sostiene ahora un pequeño perro negro sujeto con una correa azul de flores, uno de los pocos compañeros constantes en medio de la incertidumbre que dejó el terremoto.
“Era un día normal”, repite. Incluso recuerda que ya se acercaba la hora de asistir a la iglesia del sector, un templo que hoy forma parte de la lista de estructuras colapsadas por el sismo.
Minutos antes de la tragedia, su esposo recibió una alerta en el teléfono móvil advirtiendo sobre un posible movimiento telúrico.
“Mi esposo me avisa que el teléfono está dando una alerta de sismo, de que va a temblar”, cuenta.
La advertencia la tomó por sorpresa. Se levantó de la mesa de costura donde trabajaba y caminó hasta el balcón para observar el exterior. Desde allí podía ver el edificio donde vivían varios de sus familiares.
Entonces comenzó el temblor. Lo que ocurrió después quedó grabado en su memoria como una secuencia imposible de olvidar.
“Me paro en el balcón y en ese momento comienza a temblar. Desde ese primer momento veo cómo se derrumba el edificio. Todo cae”, relata.
Frente a sus ojos, la estructura se vino abajo entre nubes de polvo, concreto y gritos. La escena era tan repentina como aterradora. En distintos apartamentos de aquel edificio se encontraban miembros de su familia.
“Yo le grito a mi esposo: ‘¡Cristhian, el bloque!’”, recuerda.
La desesperación tenía una razón. Sus familiares estaban distribuidos entre los pisos cuatro, seis y once. Mientras observaba el derrumbe, comprendió que todos podían haber quedado atrapados bajo los escombros.
“Porque toda la familia estaba entre los pisos 4, 11 y 6 y todo se desmorona”, dice.
Desde entonces, la imagen del edificio colapsando se ha convertido en el recuerdo más doloroso de una tarde que comenzó como cualquier otra y terminó transformando para siempre la vida de cientos de familias en La Guaira.
"En 39 segundos la vida nos cambió"
Roger Puentes, de 53 años, mide el tiempo desde aquel día de una manera distinta. Ya no habla de horas ni de fechas, sino de segundos. Exactamente 39.
“En 39 segundos la vida nos cambió”, dice mientras observa el ir y venir de familias que, como la suya, intentan recomponerse tras el terremoto.
Hasta ese momento, su vida transcurría entre las jornadas de pesca y la rutina compartida con su hermano. Ambos vivían juntos y se encontraban en casa cuando la tierra comenzó a sacudirse con una violencia que nunca habían experimentado.
Lo que ocurrió después parece una secuencia borrosa de ruido, polvo y desesperación. Las paredes temblaron, los objetos cayeron y la sensación de seguridad desapareció de golpe. En menos de un minuto, el hogar que habían construido dejó de ser el mismo.
Roger habla sin dramatismos, pero cada palabra carga el peso de quien ha visto desaparecer la normalidad en cuestión de instantes. Aun así, se aferra a una convicción que repite varias veces durante la conversación.
“Hay que seguir para adelante. La vida sigue”.
La frase no suena a resignación, sino a resistencia. Es la manera que ha encontrado para enfrentar los días posteriores al desastre, marcados por la incertidumbre, las pérdidas materiales y el desafío de comenzar de nuevo.
Como muchos de los sobrevivientes que hoy permanecen en el estadio César Nieves, Roger intenta reconstruir no solo un lugar donde vivir, sino también la confianza de que el futuro todavía es posible, incluso después de que 39 segundos cambiaran todo.
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