En un país donde el patriotismo suele medirse por la intensidad con la que se ondea una bandera en febrero o por la defensa territorial, un grupo de intelectuales y articulistas del medio Acento ha mantenido, durante casi una década, una postura disidente.
Para ellos, la dominicanidad no es un cheque en blanco firmado al nacer, sino una construcción ética constante.
Al analizar los textos de Miguel Guerrero (2018), Miguel D. Mena (2024) y Gnosis Rivera (2016), surge una respuesta compleja a la pregunta sobre qué pesa más hoy para ser un "buen dominicano".
La balanza de estos pensadores se inclina, no hacia la simbología ni la beligerancia fronteriza, sino hacia el civismo y la coherencia moral.
El espejismo de los símbolos patrios
La tradición dicta que el respeto a la bandera, el escudo y el himno son los pilares de la identidad. Sin embargo, el veterano periodista Miguel Guerrero cuestiona la profundidad de este fervor.
En su artículo de 2018, Guerrero se pregunta si la esencia de la nacionalidad radica en "amar los colores de la bandera, que las instituciones públicas y privadas irrespetan usando indistintamente dos colores azules".
Para Guerrero, el patriotismo de "vitrina" es insuficiente si no está sustentado en la calidad humana de la sociedad. "¿Tiene sentido ser dominicano si ello conllevara la renuncia de los valores… para enseñarnos a vivir en libertad, con respeto al derecho ajeno?", cuestiona el autor, desplazando el foco desde los símbolos inanimados hacia la convivencia diaria.
La nacionalidad: ¿Mérito o azar?
Una de las críticas más agudas al chauvinismo local proviene de la articulista Gnosis Rivera. En su escrito de 2016, Rivera desmantela la idea del orgullo nacional basado simplemente en el lugar de nacimiento.
Su argumento es lógico y contundente: "Aquellas circunstancias aleatorias, donde no tengo absolutamente nada de poder de decisión… no me producen tal orgullo, sino que, más bien, me pueden otorgar un sentido de pertenencia".
Rivera plantea que nadie elige ser dominicano, francés o haitiano; es un accidente geográfico. Por tanto, el "buen dominicano" no es el que se vanagloria de haber nacido en la isla, sino el que construye mérito a través de sus acciones. "Orgullo es no vender su conciencia, ni sus valores, orgullo es ser respetuoso del espíritu de la ley", sentencia Rivera.
Bajo esta óptica, un ciudadano que respeta las normas de tránsito y no corrompe el sistema es más patriota que aquel que canta el himno con fuerza, pero viola las leyes.
La instrumentalización política del "orgullo"
El escritor y editor Miguel D. Mena, en sus reflexiones de 2024 (recuperando textos de 2007), advierte sobre cómo el concepto de "orgullo dominicano" ha sido secuestrado por el marketing político y comercial. Mena critica la desconexión entre la narrativa oficialista, que vende playas y sonrisas, y la dura realidad urbana.
"Cuando pregunto sobre el orgullo de ser dominicano, también inquiero si se está orgulloso de tener un Santo Domingo así… un tránsito que todo lo revienta", escribe Mena.
Para él, el nacionalismo superficial actúa como una venda que oculta las miserias colectivas, promoviendo una vanidad vacía en lugar de soluciones reales a los problemas de educación y desigualdad.
¿Qué pesa más hoy?
Respondiendo a la interrogante central, y basándonos estrictamente en la línea de pensamiento de estos tres autores, la jerarquía de valores para ser un "buen dominicano" se reordena drásticamente:
- El Civismo y la Ética: Para Rivera y Guerrero, la integridad personal y el respeto a la ley superan cualquier gesto simbólico. La "defensa de la patria" se ejerce siendo un ciudadano funcional, honesto y solidario.
- La Convivencia: Más que una defensa militar de la frontera, Guerrero aboga por una "sana convivencia con nuestros vecinos". El verdadero patriotismo no se fundamenta en el odio o el miedo, sino en la solidaridad.
- Los Símbolos y la Tradición: Aunque no se desprecia la cultura, Mena y Rivera advierten que el folclore (el sancocho, el merengue) y los símbolos son adornos vacíos si no existe un fondo de responsabilidad social.
En definitiva, ser dominicano, según esta corriente intelectual, no es un privilegio heredado, sino una responsabilidad adquirida.
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